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HAIKÚS, TANKAS Y LA FORMA BREVE TSELTAL

  • Categoría: Notas de prensa
  • Publicado el Domingo, 06 Agosto 2017 14:46
  • Escrito por Guillermo Marín
  • Visto: 44

El pascol, Sierra Tarahumara. Foto: Elizabeth Ross
Alejandro Aldana Sellschopp
Periódico La Jornada, Ojarasca
agosto 2017
Antonio Guzmán Gómez:
Vivir como fuego/Kuxinel bit’il k’ajk’.
Colección Ts’ib-jaye, Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas (CELALI),
San Cristóbal de las Casas, 2016.

La tradición poética del haikú. En Japón se ha escrito bajo esta forma literaria desde hace más de un milenio y las literaturas occidentales llevan practicándolo algo así como cien años. En su mayoría los haijines hispánicos conocen la forma del haikú gracias a las traducciones, por lo que al momento de escribir esos tres versos integran elementos de su propia cosmovisión.

El poeta Basho perfeccionó la escritura del haikú en el siglo XVII, convirtiéndose en el autor por excelencia de esta singular forma poética. Basho conoció mediante la oralidad ciertas formas que en ocasiones se acercaban a las estructuras de las baladas, que se compusieron en los tiempos más antiguos y aún no se habían establecido reglas para su escritura. En el siglo VII la poesía comenzó a tener ciertos elementos de significación propia, se creó la poesía larga o choka, que eran repeticiones de versos de cinco y siete sílabas, rematando con un verso de siete sílabas. A la par surgió el tanka, poesía corta, que en su estructura primigenia constaba de un orden silábico de cinco, siete, cinco, siete, siete. En el siglo XIII la forma poética renga logró popularizarse, con la participación de dos personas al momento de la escritura, aun cuando conservaba la misma estructura silábica del tanka, pero se plasman los versos en formas de cadena sin detener el influjo creativo, por lo que pueden resultar larguísimos poemas. El haikú es la búsqueda de una explosión, un estruendo en silencio. El poeta trata de sumergirse en un centro de significación donde lo espiritual tenga una profunda resonancia mediante el lenguaje. Lo más importante en el haikú es lo no escrito, el subtexto guarda el tesoro de lo sublime.

Antonio Guzmán logra conjuntar elementos aparentemente simples para denotar profundidad significativa. El autor cuida cada palabra para construir un mapa semántico compacto, sin digresiones conceptuales:

Mi fiel espejo

revela la oscuridad

que envuelve mi alma.

En el poema se establece un diálogo, donde el lector se convierte en un coautor; sin la complicidad del lector el poema no consigue su perfección. En tan sólo tres versos el poeta ofrece un universo inconcluso, se insinúa un mundo que solamente podrá ser completado por el lector. La polisemia juega un papel fundamental en el acto último de la escritura, un ejercicio del habla que se individualiza en la contextualidad de quien lee. La economía de recursos lingüísticos se torna en rigurosidad estilística. No es de extrañarse que estemos frente a un haijin que crea su obra en lengua tseltal. Las formas japonesas han interesado durante años a los poetas de todo el mundo; en América Latina podemos mencionar a algunos: José Juan Tablada, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti. Si bien el haikú tradicional tiene fijas las estructuras silábicas, trata de no usar metáforas, expresar un pensamiento concreto, referirse a las estaciones del año y evitar el yo lírico, cuando los poetas no japoneses abordan esta forma poética no cumplen conscientemente con todos estos requisitos, ya que incorporan su propia tradición literaria. José Juan Tablada es reconocido como el introductor del haikú en América Latina; este gran poeta escribió algunos haikús de tres versos y otros de cinco, en ocasiones cambiando los patrones silábicos. En el caso de los poemas de Antonio Guzmán, todos cumplen con la rigurosidad silábica: tres versos estrictamente construidos desde la métrica tradicional.

Antonio Guzmán divide en concentrados conceptuales sus poemas, el primero de ellos refiere a la voz poética desde el yo lírico, una voz que se expresa desde los versos con la afirmación de su subjetividad. Nos habla de la condición del yo lírico y su relación con el mundo:

Me duele el alma

de vivir como fuego

en este mundo.

La segunda sección semántica se unifica en torno a la naturaleza, es la parte más cercana al haikú tradicional japonés. Los fenómenos de la naturaleza, la levedad de los elementos, el ritmo semilento coadyuvan a lograr hermosas imágenes que de tan sencillas nos obligan a la relectura. Un remanso, que en momentos es murmullo o borbotón de agua, nos arrulla mientras leemos. Es en estos poemas donde Guzmán busca dividirlos en dos partes. En la primera realiza la ubicación o espacialización, constituida por un elemento inactivo o semiactivo. Por ejemplo, algunos poemas comienzan: “Arbustos secos”, “cada mañana”, “sabia hojarasca”, “extenso azul”. En los cuatro versos observamos la ubicación, y en ocasiones la referencia a la estación del año se sugiere; además, el elemento estático se logra de manera efectiva, el arbusto es adjetivado con la palabra secos, esa condición lo detiene, nos convoca a imágenes de algo viejo, antiguo, pronto a morir o desaparecer, la quietud. La segunda parte de los poemas se integra por una intención activa, los versos refieren a algo inesperado, eso que imprime dinamismo a la primera parte:

Arbustos secos,

hilos suaves de pájaros

que tejen nidos.

Los arbustos secos, parte estática, se dinamiza de manera paulatina, la levedad se logra de manera excelente, el verso de transición dice “hilos suaves de pájaros”, significa a los pájaros –elemento dinámico– con hilos que son suaves –levedad. Para rematar en el tercer verso “que tejen nidos”. Al confundir los pájaros con los hilos, el movimiento de la acción de tejer nidos es rítmica, suave, y la evocación es profunda.

En la tercera parte del libro, Antonio Guzmán nos habla de la muerte. Los elementos significativos recurren a la caracterización de una condición de luz en contraste. Sombras, oscuridad y luz se funden para establecer una atmósfera que, además de constituir una presencia, se convierte en significación. En estos poemas el poeta logra establecer lo que los japoneses llaman el kireji, elemento que aproxima a las dos partes del haikú. Los poemas de Antonio dejan perfectamente una sensación, son impresiones que gravitan en nuestra experiencia lectora. Guzmán logra hacer de sus textos una verdadera presencialización; los objetos, las cosas, los fenómenos no están expresados desde una estructura discursiva, sino que se revelan, hacen presencia. No busca transmitir abstracciones en la mayoría de sus textos, ni mucho menos plantear conclusiones. Por ejemplo:

Las oraciones

que dedican al muerto

son tristes, vanas.

En los poemas de Antonio Guzmán se observa serenidad y calma. La sencillez del lenguaje, los ritmos perfectamente armonizados, la tranquilidad, la levedad, nos transportan a un estado de contemplación del espíritu. El lector por momentos toca los objetos más allá de las palabras.

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