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¿No es viable una Ilustración decolonial?

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¿No es viable una Ilustración decolonial?






Jorge Polo Blanco y Milany Gómez Betancur
journals.openedition.org
1 julio 2019.

28La obra de Walter Mignolo, en algunas ocasiones, ha recaído en un cierto esencialismo identitario. Pero hipostasiar la propia identidad, aunque fuese para contraponerla de forma defensiva a la identidad forjada por los dominadores, mantendría la estructura binaria construida precisamente por estos. Con tal proceder se habría sucumbido a la lógica profunda con la cual el pensamiento colonial objetivó a los pueblos subyugados; se estaría empleando una misma estructura discursiva (Polo Blanco 2018a). En otros pensadores decoloniales, por ejemplo, en Enrique Dussel o en Santiago Castro-Gómez, podemos hallar posiciones más matizadas, historizadas y antiesencialistas. En cualquier caso, y al igual que todos los pensadores y pensadoras situados en la órbita del ?giro decolonial?, Mignolo sostiene que la ?modernidad Europea? se halla coaligada de modo indisoluble, hasta el punto de ser realidades absolutamente indistinguibles, con la colonialidad. ?Entonces, no es con la modernidad que se superará la colonialidad, pues es precisamente la modernidad la que necesita y produce la colonialidad? (2007, 37). Esta contundente tesis, empero, debiera ser matizada en ciertos aspectos. ¿Acaso no hubo una cierta ?modernidad? que se empleó, precisamente, contra el sistema colonial más criminal? La Revolución de Haití, por tomar un episodio histórico muy significativo, debería hacernos reflexionar sobre la presunta imposibilidad de hallar ?elementos modernos? emancipadores y anticolonialistas.

Es verdad que una lacerante ironía, y lo expresamos así para mantener cierta cautela, ha latido desde siempre en el pensamiento emancipador europeo. Cómo no recordar, lo señalábamos hace un momento, el tremendo ejemplo de Santo Domingo, colonia francesa nada menos que en 1789. La revolución martilleaba con frenesí las calles de París, mientras un deleznable sistema esclavista permanecía en las Antillas colonizadas. Bien es cierto que, en su momento más ardiente y pujante, la Asamblea francesa (la Convención Nacional) otorgó la libertad a los esclavos de las colonias (el 4 de febrero de 1794). Este hito debe ser remarcado, aunque, poco tiempo después, los sectores más reaccionarios (espoleados por la burguesía marítima francesa y por la plantocracia blanca de las colonias antillanas) revocaron dicha liberación. Pero los esclavos de Santo Domingo no permanecieron inmóviles y sumisos, a la espera de una liberación exógena concedida por filántropos europeos; ellos mismos, ?jacobinos negros?, hicieron suyos los ideales ilustrados de la libertad y la igualdad, levantándose en armas contra la tiranía esclavista (James 2003). Bonaparte tuvo que enviar tropas a Santo Domingo, miles y miles de soldados del ejército más poderoso de Europa, para tratar de sofocar la rebelión y restaurar el sistema esclavista.

30Pero los negros vencieron; las tropas napoleónicas fueron derrotadas y expulsadas de la isla. Los exesclavos ganaron su emancipación y declararon la independencia de Haití (en 1804). Y, según parece, los líderes de dicha revolución abanderaban ideales ilustrados de origen europeo hasta el punto de entonar La Marsellesa o Ça Ira en algunas batallas y refriegas; aunque, por supuesto, también se sumergían en músicas y ritmos de origen africano. En la medianoche, celebrando ritos vinculados al vudú, los esclavos bailaban y entonaban canciones que, en algunos casos, contenían esta letra: ?Juramos destruir a los blancos y todas sus posesiones; mejor morir que faltar a este juramento? (James 2003, 33). Mucha rabia contenida expresada bajo percusiones africanas; una incontenible sed de violenta venganza. Porque, ya lo mostró James C. Scott en un apasionante estudio (2000), los dominados siempre tienen un ?discurso oculto?: delante del amo muestran un rostro dócil y sumiso, para después tejer en la intimidad de sus camastros mil y una microestrategias de resistencia cotidiana. Pero indiscutiblemente, los líderes de aquella victoriosa y cruenta revolución de masas (Toussaint L'Ouverture fue el más destacado de ellos) estaban imbuidos hasta el tuétano de los ideales ilustrados de igualdad y libertad.

31Debemos hacernos ciertas preguntas, desde luego. ¿Pudo el pensamiento europeo, incluso en sus momentos más revolucionarios, desasirse por completo de la mentalidad racista y esclavista? En efecto, muchos espíritus abiertamente abolicionistas señalaron con ímpetu la vergüenza ignominiosa de un republicanismo revolucionario que pretendía sostener, incurriendo en nauseabunda contradicción, la esclavización de otros seres humanos. También es cierto que tales espíritus llegaron a tener notable influencia política (hasta el punto de que la Asamblea francesa, como apuntábamos más arriba, declaró abolida la esclavitud en los territorios de ultramar). Pero la mentalidad colonialista y racista permaneció, como un quiste casi inmarcesible, en el pensamiento europeo. Y, cuidado, porque no hablamos sólo del pensamiento reaccionario; también en el pensamiento ?emancipador? perduró aquella herencia racista y colonial. Incluso en el pensamiento europeo más radical, aquel que pretendió liberar a las masas explotadas de todo el mundo, podemos detectar la mencionada herencia. Nos referimos al pensamiento socialista, toda vez que algunos elementos vinculados al colonialismo eurocéntrico permanecieron anclados en buena parte de los discursos marxistas (Polo Blanco 2018b).

32Sin embargo, debemos ser muy cuidadosos y prudentes a la hora de trazar impugnaciones holísticas y enmiendas a la totalidad. ?Provincializar Europa?, como ha sugerido Dipesh Chakrabarty (2008), puede resultar saludable en muchos aspectos, sin duda. Pero, una vez constatado esto, debemos seguir indagando e interrogando, porque parece innegable que sí existieron ?elementos de modernidad? contrarios al despliegue criminal del colonialismo. Podemos plantear serias dudas sobre la tesis fuerte de Mignolo, puesto que ?modernidad? y ?colonialidad? no son enteramente consustanciales; y no nos referimos sólo a los ideales de la Ilustración (utilizados por los revolucionarios negros de Haití contra el imperialismo colonialista francés), sino también a cierto pensamiento español del siglo XVI. Hablamos de la Escuela de Salamanca, cuyos representantes más conspicuos (muy críticos con la Conquista) pusieron los cimientos de lo que luego sería el derecho internacional, al postular por vez primera la existencia de un ?género humano? (Álvarez Uría 2015).

33El propio Mignolo, que fundamenta todo su corpus teórico en la decolonización epistémica, admite incluso lo siguiente: ?Cuando me refiero a decolonizar el conocimiento, entonces, lo hago con y contra Kant? (2007, 80). Es cierto que la matriz colonial produjo una categorización jerárquica de los saberes y un drástico criterio de demarcación para sepultar múltiples conocimientos en el área tenebrosa de lo ?ingenuo?, lo ?supersticioso? y lo ?atrasado?. Las connotaciones racistas que latían en la antropología kantiana, de hecho, han sido estudiadas de manera crítica (Chukwudi Eze 2001). Y es verdad que en muchísimas ocasiones el celebérrimo Sapere aude podría ser traducido, a tenor de lo dicho, como ?desaprende lo que sabes y atrévete a ser europeo?. Estados Unidos y Europa promulgaron grandilocuentes Declaraciones que consagraban derechos humanos inalienables, y sólo un minuto después circunscribían el alcance de dichos derechos a los varones blancos que eran propietarios y heterosexuales; una falsa ?universalidad? que dejaba fuera a todas las mujeres blancas, a los varones blancos pobres o no-propietarios, a todas las mujeres y a todos los varones no-blancos, a todos los no heterosexuales, etcétera. Pero el problema no era la Ilustración; el programa ilustrado no podía ser culpable de lo que algunos (o muchos) hicieron en su nombre. El problema es que las potencias europeas no aplicaron un programa que sólo retóricamente decían sostener. Y no podemos negar el tremendo potencial de dichas ideas, que incendiaron todas las subversiones independentistas del continente americano. Pero no sólo las revoluciones criollas (Bolívar, Sucre, San Martín), puesto que la primera revolución antiesclavista de la historia que salió victoriosa, la de los negros de Haití, también estaba informada y animada en muy buena medida por dichas ideas ilustradas. Dice Mignolo (2007, 80) que aquellos negros no necesitaban a Kant para luchar por su propia liberación, y que, de hecho, apoyarse en las ideas de Kant (en la filosofía ilustrada europea, valdría decir) les jugó en contra a los haitianos, en el sentido de que los llevó a reemplazar su propia creatividad por ideas foráneas. Pero resultan bastante sorprendentes dichos comentarios, porque la revolución devino triunfante y Haití alcanzó, de facto, su independencia.

34De igual modo, las diferentes ?Declaraciones de la Selva Lacandona? de los zapatistas (la primera de ellas, en 1993) se realizan desde el punto de vista indígena (?somos producto de 500 años de luchas?), eso es cierto, y se vindica la memoria de todos aquellos que fueron ignorados y pisoteados por unos y por otros, durante la Colonia y durante los diferentes regímenes del México republicano. En los levantamientos zapatistas, sin duda, sí existió una cierta ?rebeldía epistémica? que se enfrentó a la aculturación violenta que aplastó durante siglos la identidad cultural y los modos de vida de los pueblos indígenas. Pero en aquella Declaración se reclamaban ?trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz?; y lo cierto es que la mayoría de estos elementos no proceden de alguna cosmovisión indígena local, sino de aquel proyecto europeo que conocemos como Ilustración. Que Rafael Sebastián Guillén Vicente (?Subcomandante Galeano?, anteriormente conocido como ?Subcomandante Insurgente Marcos?) sea un mestizo que estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México es lo de menos, aunque tampoco es baladí; lo importante son el discurso manejado por él y los zapatistas, sus objetivos estratégicos. Y cuando se examinan de cerca, comprobamos que los elementos emancipadores allí consignados coinciden en lo sustancial con el programa ilustrado europeo; por supuesto, readaptado a la episteme local de los pueblos indígenas, y reapropiado a través de códigos culturales propios. Pero los zapatistas no estaban pensando o actuando en un plano de absoluta exterioridad con respecto a la episteme europea moderna.

35Por lo tanto, no nos parece del todo prudente la afirmación de Mignolo, cuando de manera contundente sentencia que ?no se puede ser moderno sin ser colonial? (2007, 80). ¿Acaso no existían elementos de ?modernidad? en la Revolución haitiana y en el levantamiento zapatista? Debemos responder que sí, y al hacerlo, constataremos que ?modernidad? y ?colonialidad? sí son elementos distinguibles. Podemos verificar que con ayuda de algunos pensamientos modernos también se combatieron el imperialismo y el colonialismo (que son fenómenos plenamente modernos, al menos en cierto sentido, puesto que ya hubo imperios en la Antigüedad). Los ideales creados por Europa han prosperado a pesar de Europa; es más, en muchas ocasiones han prosperado contra Europa. Se podría decir, empleando un léxico kantiano, que hubo progreso moral de la Humanidad a pesar de Europa y contra Europa. ¿O acaso la épica victoria de los negros exesclavos en Haití, que hicieron morder el polvo a la Francia imperialista, no fue un progreso para la Humanidad? El empleo de las preposiciones no es un mero juego retórico: fue un progreso de los negros haitianos contra Europa; pero al mismo tiempo, ese hecho representó un progreso moral para la entera humanidad.
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Tomado de:
https://journals.openedition.org/revestudsoc/45864




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