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EL ROSTRO Y EL CORAZÓN NEGADO

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Los habitantes de lo que hoy llamamos equivocadamente “México” (porque no todos somos “mexicas”), hemos vivido casi cinco siglos de espaldas a la sabiduría y experiencia humana de una de las seis más importantes civilizaciones del mundo. Tres siglos en el periodo colonial (1521-1821) y casi dos siglos en el periodo neocolonial llamado con eufemismo “periodo independiente” (1821-2011). Los pueblos y culturas originarias han sido brutal y sistemáticamente excluidos en la construcción de la sociedad y el proyecto colonial “peninsular” y neocolonial “criollo”.

La negación del patrimonio cultural de más de ocho milenios, que implica la pérdida de la sabiduría sistematizada en los milenarios sistemas de alimentación, salud, educación y organización social, entre muchos otros. Esta valiosa experiencia humana desde 1521 ha sido negada, excluida y menospreciada, primero por el colonizador peninsular y luego por el criollo neocolonizador. Los juicios de valor sobre la civilización del Anáhuac, que un día expresaron –en medio de toda su ignorancia y perversidad-, Hernán Cortés y Bernal Díaz, siguen vivos y vigentes hasta nuestros días.

 

La civilización del Anáhuac fue descrita, -para justificar el holocausto que representó la invasión, destrucción y esclavitud en el periodo colonial-, una civilización primitiva, demoniaca, perversa, degradada, caníbal y deshumanizada. Y en el periodo neocolonial, sigue siendo para la ideología criolla una civilización retardataria, primitiva, sin aspiraciones para progresar e incorporarse al modelo económico-político-social del país que los criollos fundaron en 1821.

 

La exclusión de la civilización del Anáhuac en la construcción de México, ha condenado a este proyecto al fracaso desde su nacimiento. La razón: por una parte, excluye el potencial historio-cultural de una de las seis civilizaciones más antiguas y con origen autónomo del mundo. Y por otra parte, excluye el potencial humano de la mayor parte de su población. Esto es como si China y la India, para ser lo que hoy son como potencias mundiales, excluyeran sus civilizaciones originarias y ancestrales, y pretendieran cimentar su desarrollo en una supuesta herencia cultural inglesa, y unos y otros “presumieran a sus abuelitos ingleses” y fueran ignorantes de su civilización Madre. Este es, justamente, el drama que vive lo que hoy llamamos “México”.

 

La ideología criolla ha pretendido borrar de la mente y del corazón la herencia cultural de la Civilización del Anáhuac de los habitantes del país que llaman México. La ideología hace pensar que el 13 de agosto de 1521 calló como un telón la Civilización del Anáhuac con Tenochtitlán, y que con la creación del Virreinato de la Nueva España, nada de lo que “civilizadamente” existe en esta tierra, tiene que ver con la civilización del Anáhuac, lo que es totalmente falso y aberrante. La ideología criolla toma como “antecedente remoto” de “su país”, el periodo colonial, en donde los héroes son Cristóbal Colón y Hernán Cortés. Y para ellos, México inicia su historia con las “gestas heroicas” de los criollos Hidalgo, Allende y Iturvide. La cultura mexica, en la historia oficial criolla, es magnificada en todos los sentidos. Tanto el poder y extensión de su dominio, como en su belicosidad y canibalismo, que da como resultada la supuesta valentía de los conquistadores, así como su noble empresa, la que han llamado con eufemismo rampante “encuentro de civilizaciones”.

 

Con esta mentalidad colonizada de los actuales mexicanos, cuando se trata de recuperar los valores y principios ancestrales de la sabiduría de la civilización del Anáhuac, automáticamente la gente -en general-, desacredita cualquier intento argumentando una serie de burdos sitios comunes, desde que ya no existe la civilización del Anáhuac, que los pueblos anahuacas llamados “indios o indígenas” nada pueden aportar con su atraso a la “modernidad buscada” desde hace dos siglos en el extranjero o que es una utopía “volver al pasado”. La gente acepta que es mestiza, pero su mestizaje lo sitúa en “su abuelito español” y en el color de su piel. México es un país hipócritamente racista y clasista. Y la peor ofensa es decirle “indio” a una persona.

 

Cuando hablamos de la Toltecáyotl (la sabiduría tolteca), no estamos hablando de razas o fenotipos. En cambio, nos referimos a la sabiduría y experiencia existencial de nuestros antepasados sistematizada en valores y actitudes, desde que eran nómadas-recolectores-cazadores, pasando por los que construyeron las ahora llamadas “zonas arqueológicas”, los que vivieron el Postclásico, la Colonia, el Siglo XIX y hasta nuestros días. Una civilización no puede desaparecer y mantiene una continuidad a pasar de la invasión y colonización. Esta experiencia y sabiduría está en el “banco genético de información cultural” en cada individuo de los hoy llamados “mexicanos”, no importa que sea mestizo, criollo o anahuaca (indígena).

 

Resulta tan aberrante y esquizofrénico negar la presencia de la cultura Occidental en nuestro mestizaje cultural, como negar la presencia de la civilización del Anáhuac. Negar cualquiera de las dos partes que nos conforman es nulificarnos. El par de opuestos complementarios requieren de su totalidad para producir el tercero diferente. Sí se excluye la parte anahuaca no se logra la síntesis dialéctica. Por esta razón los mexicanos actuales, “morenitos y güeritos” solo somos mestizos raciales, pero no culturales. Cuando incorporemos a nuestro ser y a nuestra identidad la riqueza humana anahuaca, pletórica de sabiduría y experiencia, entonces iniciaremos la construcción de un mestizaje integral-consciente-trascendente.

 

Por la colonización mental y cultural, existen mexicanos que se violentan cuando escuchan estas ideas y propuestas. Para ellos, el pasado pasó y nada tienen que ver con el universo civilizador anahuaca, aunque no pueden dejar de comer tortillas, frijoles, chiles, tamales, sentir a su familia en las entrañas y amar a la naturaleza, ver natural el “día de muertos” y creer en Guadalupe-Tonatizn. Lo anahuaca está en los subjetivos espacios de la percepción del mundo, la vida y la muerte, en las íntimas profundidades de lo sagrado y de lo divino.

 

Los estadounidenses y europeos tienen paradigmas y arquetipos, la ideología criolla de los mexicanos no. Ellos tienen a Superman, Batman, la Estatua de la Libertad, los europeos vibran con historias de brujos con Harry Potter o fantasías de la “cultura celta”. Occidente finca su “ancestral origen” en la “antigua” cultura grecolatina. Pero por la colonización, los mexicanos no podemos poseer paradigmas y arquetipos nacidos hace miles de años en el Anáhuac. Los modelos en México siempre son extranjeros. Admiramos a Europa y nos despreció, colonizó y explotó. Admiramos a E.U. y nos desprecia y nos explota.

 

Los “mexicanos” no podemos sentir orgullo de nosotros mismos, la colonización nos hace impotentes e inseguros, negando lo propio y exaltando lo ajeno. Tratando de ser lo que jamás seremos y depreciando lo que esencialmente somos. Así les convenimos a la ideología criolla: ignorantes de nosotros mismos, inseguros y violentos, abusivos y corruptos, irrespetuosos y desordenados, flojos y mal hechos. En un país así se puede robar, asesinar, explotar, mentir, defraudar y nadie puede decir nada…porque todos lo hacemos en la medida de nuestras posibilidades de “colonizador-colonizado”. Y en ese tenor, los poderosos en la economía y la política son referentes del “éxito” al explotar y engañar al prójimo, pasando sobre las leyes, las autoridades y las instituciones. Este tipo de personas son el prototipo del éxito, desde Hernán Cortés hasta Carlos Slim, todo están cortados por la misma “tijera colonizadora”.

 

Se requiere “re-pensar este país”. Acabar con el modelo colonial y crear un país que no excluya a la civilización Madre de la que están conformados la mayoría de los ciudadanos, consciente e inconscientemente, tangible e intangiblemente. Los mestizos debemos de recuperar “nuestra otra parte perdida”, para lograr la totalidad y con ello la plenitud, como persona, familia y pueblo. Retomar lo mejor de las dos partes que nos conforman la experiencia y sabiduría humana para la construcción de un país justo y humano.

           

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