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LOS OJOS ALUCINADOS. Cuento.

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Al ritmo de los inmensos tambores, todos los jóvenes bailaban en torno a tres círculos excéntricos.

 

Eran las ocho de la noche y el centro de la ciudad de México, poco a poco, se iba quedando solo; sin coches, sin gente, sin prisas. Las potentes luces alumbraban a los antiguos edificios, que como monstruos mitológicos, sobresalían pétreos, entre la luz mortecina que filtraban el esmog.

 

 
El tam tam de los tambores, marcaba un ritmo extrañamente contagioso. Parecía que las células y neuronas de los atónitos espectadores, hacían una danza en sus extraños y antiquísimos sentimientos.  

 


Luís bailaba con toda la energía que tenía su delgado y correoso cuerpo moreno. Escasamente estaba en el quinto día, y ya se sabía los "pasos" básicos de la danza "Azteca". Apenas el sábado pasado, cuando salió a ligar chavas al Zócalo con sus compañeros de la vecindad, se acercó a ver a los danzantes. A pesar de las bromas de sus amigos, sobre los "indios azotados y emplumados", Luís quedó extasiado.

 

  

 

Algo lo aferró por dentro y lo ancló al círculo de espectadores. Por su cuerpo fluía una energía antigua, que destapaba barreras ancestrales y lo conectaba con lo más profundo de su ser.
No se dio cuenta, pero en un momento, instintivamente estaba bailando. Su cuerpo se movía por sí sólo y su mente se había perdido en el cielo. Salió rebotando de entre las inmensas fachadas de la catedral, el Palacio Nacional y los enormes edificios que rodean la plaza. Su espíritu empezó a hablar con el firmamento.

 

 

 


Regresó de súbito, cuando escuchó la voz de un hombre, que le hablaba a corta distancia. Cuando Luís aterrizó en el Zócalo, entendió que aquel hombre lo estaba invitando a sumarse al grupo de danzantes. Al dar las gracias y prometer que estaría puntual el lunes por la noche, se dio cuenta de que casi todos los bailarines se habían marchado y los pocos que quedaban, platicaban mientras arreglaban sus cosas; el tiempo había dejado de existir.

 

 
Luís regresó caminando y pensativo a su vivienda en la colonia Morelos. Caminaba con un sentimiento de pureza y equilibrio. Cuando llegó a su vecindad, no lo inmutó las burlas de sus amigos que ya estaban tomando cervezas en el portón; ni le molestó la televisión a todo volumen y las disputas entre los ocho miembros de la familia, que vivían hacinados en tres míseros cuartitos. Directamente llegó a su catre y se tendió a dormir profundamente.

 

 
Esa noche, como todas las de la semana siguiente, soñó con los guerreros águilas y los guerreros tigres. Caminó por la antigua Tenochtitlán, entre calzadas, plazas y mercados. Lo extraño de su sueño era que los personajes que veía, eran sus propios amigos y familiares. Todos los rostros eran conocidos, eran los personajes de su colonia. Pero eran diferentes, en tanto eran plenos, vitales y alegres. No había miseria y marginación, no existía en sus rostros odio y rencor. Todo era bienestar, eran los mismos, pero no eran los jodidos, los mugrosos, los resentidos; eran seres humanos llenos de alegría y dignidad.

 

 
De esta manera, todos los días, después de chambear lavando carros en un estacionamiento, Luís se dirigía emocionado al Zócalo a reunirse con sus nuevos camaradas, pese a la burla constante de sus familiares y amigos. Le encantaba escuchar al "Tlamatinime", un viejo que les contaba a los danzantes las historias de los Viejos Abuelos.

 

 

En pocos días había aprendido que ellos eran los descendientes del antiguo y noble pueblo mexica. Que la danza Azteca era una herencia y un medio energético de estimular la conciencia sin el uso de la razón; y que él debía convertirse en un guerrero del espíritu y florecer su corazón. Que muy pronto la madre tierra, desataría sus fuerzas telúricas para despertar las conciencias del nuevo Sol, que alumbraría un mañana más justo y humano para todos. Que los ancestrales dioses regresarían a proteger a los hijos de los hijos de los Viejos Abuelos para formar una nueva sociedad.

 

 

 

Alguien del grupo le regaló una banda tejida a mano y le permitieron ponérsela en la cabeza y bailar con ella. La danza era una escuela muy estricta y jerárquica, a través de la enseñanza, poco a poco se ganaría el derecho a usar plumas y el atuendo correspondiente.
Luís ahora entendía el significado de su hasta ahora, insignificante vida. Dejaría de ser un condenado al salario mínimo y a ser una copia de tercera de los gringos.

 

 

Luís ahora aspiraba como nunca a ser un mexicano de primera; estaba decidido a forjarse "un rostro propio y un corazón verdadero".

 

 

El conocimiento de su luminoso pasado, le daba otra perspectiva de su presente y le delineaba un futuro propio, en tanto tenía una misión en la vida. El jefe de los guerreros, el Tlacatecatl, lo había bautizado con el nombre de Brillo de Luna. Para Luís ahora; el "Pelos", jefe de la banda de ladrones de accesorios de automóviles, el "Tamal", madrina de la judicial, el grupo "Bronco" y "Siempre en domingo" con todas sus estrellas, habían quedado totalmente en el pasado. Tenía nuevos valores en la vida que le eran extrañamente muy propios y que lo hacían sentirse pleno y consciente. Tenía una nueva forma de ver y entender el mundo y la vida. Había brotado misteriosamente en su ser, una inconmensurable fuerza interior.

 

 
Sin embargo, el sábado fue un día muy especial para Luís. Cuando termino la danza en el Zócalo, se quedó hasta muy tarde platicando con su maestro. Estaba emocionado al saber que la palabra México tenía un significado mágico. El Talmatinime le dijo que: -Me- venía de Meztli, "Luna" en lengua Náhuatl; -xi- de xictl "ombligo" y -co- era el locativo "en". En síntesis, que la ciudad en la que él había nacido, era un lugar muy especial para la tierra y que estaba ligada eternamente a las fuerzas cósmicas de la Luna. Que la tierra era un ser vivo y consciente, que sufría ciclos en su larga existencia. Que esta tierra en especial, era una parte muy sensible de este inmenso ser vivo; que estaba próximo un cambio trascendente para la humanidad y que los hijos de esta parte de la tierra, tenían una responsabilidad muy importante y que por eso, él ahora estaba con ellos.

 


Cuando dieron las dos de la mañana, todos se dispersaron a descansar a sus casas. A la mañana siguiente el Tlamatinime llevaría a los más distinguidos principiantes a Teotihuacan, la ciudad donde los viejos abuelos se habían convertido en Luz. Luís caminaba emocionado hacia su casa.

 

 

La luna llena, inmensa y luminosa, seguía a Luís por todas las calles. De repente se escondía entre los vetustos edificios coloniales, de de repente aparecía, grande y sonriente en medio de la calle. Luís la contemplaba con asombro, como si nunca hubiera visto toda su belleza y majestuosidad. Sentía como que la luna estaba viva, y en ella, se depositaba el espíritu de sus viejos abuelos. Su corazón latía con velocidad y él sentía que su vida entraría próximamente a una nueva dimensión.


Mientras tanto en las cercanías de la Plaza de Garibaldi, unos patrulleros habían estado libando desde las ocho de la noche. Le cayeron a un provinciano que borracho se le ocurrió sacar su pistola y tirar unos balazos al aire de pura alegría. El pobre no sólo perdió la pistola y su cartera con todo su dinero; sino que, quedó tirado en una de las obscuras callejuelas de la Merced, brutalmente golpeado, después de haber sido "paseado” en la patrulla por un largo rato.
En la euforia del alcohol y la prepotencia del "poder", al dar vuelta en una calle, la patrulla con las luces apagadas atropelló a Luís, quien venía sumido en sus pensamientos.

 

 
El golpe no fue muy fuerte; Luís se levantó enojado y le dio una patada a la patrulla, que ya se había detenido; gritando -! Órale cabrones!
De la patrulla se bajó en seguida el sargento Sánchez, con los ojos rojos, inyectados de ira y con la pistola en la mano, y le dijo al muchacho:

 


- ! A quienes les dices cabrones, hijo de tu pinche madre!, y sin mediar más, le soltó a quemarropa tres tiros en el vientre. Luís al sentir los impactos se desplomo lentamente y calló boca arriba en un charco de sangre. En sus ojos abiertos, la luna entraba silenciosa a recoger el espíritu del muchacho moribundo.

 


- !Chale, mi sargento, ya se cagó en el chavo!,- dijo el operador de la patrulla.
-! Pélate Martínez,.... Al cabo que fue en defensa propia.
-Ya vez que ojos de alucinado traía este pendejo.... ¡seguro que era del PRD!

 

 

 

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