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Los Yopes, Mbo Xtá Rída. Gente de piel entrecruzada II

  • Categoría: Biblioteca Tolteca
  • Publicado el Viernes, 16 Noviembre 2018 15:53
  • Escrito por Guillermo Marín
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Tomado de Cristóbal Colón, descubrimiento de las Américas, de A. Lamartine, Madrid, 1885
Hubert Matiúwàa
Los historiadores mencionan que la cultura mè’phàà se dividía en dos: los yopes, distinguidos por su resistencia en la defensa del territorio, y los tlapanecos, asentados en Tlapa- Tlachinollan. En la época prehispánica, las culturas fueron nombradas a partir del conocimiento que se tenía sobre cada una, como su actividad económica, las características del lugar en el que residían y los sucesos importantes que acontecían en ellas; fue así como surgieron las toponimias que hoy en día son referencias para entender su territorialización.

El glifo de la antigua Tlapa aparece en el anverso de la foja 3 del Códice de Azoyú, su toponimia se representa con un círculo de color rojo que puede interpretarse como “tierra roja” o “almagre”. Uno de los nombres con los que se le conoce a la ciudad de Tlapa es como “lugar de tierra roja”, que puede referir a la actividad que desempeñaban sus habitantes, es decir, como el “lugar de tintoreros o pintores”. En la lengua me’phàà, Tlapa se traduce como A’phàà; la raíz de esta palabra se ha perdido, sin embargo, A’phàà connota con otras como Àphá, que significa “amplio”, y màtha Àphàà, “río amplio”.

El nombre con el cual se autodenomina la cultura tlapaneca es mbo mè’phàà, que deriva del gentilicio mbo, “gente”. Lingüistas de la región afirman que probablemente la palabra deriva de mix’bàà, misma que se traduce como “sucio”, “pintado” o “tiznado”, característica por la que fueron conocidos los mè’phàà en la mayoría de los documentos antiguos y que corresponde a la toponimia de Tlapa antes mencionada. En la memoria oral, se dice que los antiguos mè’phàà, vivieron de la tierra y que tenían el poder de viajar adentro de ella. Hay dos posibles significados de la palabra mè’phàà, ya sea “gente pintada o gente que pinta” o “gente del río grande”. La definición corresponde al gentilicio del lugar (Tlapa) que se generalizó por su importancia. Actualmente, en la región mè’phàà las variantes dialectales se distinguen por su lugar de asentamiento, característica que permite ilustrar cómo se autonombra cada territorio; por ejemplo: mbo wí’ììn, “gente que habita en el municipio de Acatepec”, y wí’ììn, “lugar de carrizos” (planta que predominaba en la región), el gentilicio en este caso, corresponde a “gente de los carrizos”; de hecho, Acatepec en la lengua nahuatl significa “cerro del carrizo”.

También es el caso del gentilicio mbo mí uíí, gente que habita en el municipio de Tlacoapa; mí uíí significa “lugar de chiles”, seguramente el nombre vino a partir de una actividad económica de la siembra de chiles, el gentilicio corresponde a “gente de la tierra del chile”. Tlacoapa en la lengua nahuatl significa “mitad del gran barranco o lugar en medio del bosque”.

Otro ejemplo es el del gentilicio mbo mañuwìín, gente que habita en el municipio de Malinaltepec; mañuwìín significa “lugar donde se tuercen los cordeles” y hace referencia a una actividad del pasado al que se dedicaron los pobladores, el gentilicio corresponde a “gente de la tierra del cordel torcido”, Malinaltepec en la lengua náhuatl significa “cerro torcido o hierba torcida”.

En Historia General de la Nueva España (libro 10, capítulo 29), Fray Bernardino de Sahagún refiere que los tlapanecos y yopes son una misma cultura:

Estos yopimes y tlappanecas son de los de la comarca de Yopitzinco; llámanles yopes, porque su tierra se llama Yopitzinco, y llámanlos también tlappanecas, que quiere dezir “hombres almagrados”, porque se embixavan con color. Y su ídolo se llama Tótec Tlatlauhqui Tezcatlipuca, que quiere dezir “ídolo colorado”, porque su ropa era colorada; y lo mismo vestían sus sacerdotes, y todos los de aquella comarca se embixavan con color. Estos tales son ricos; hablan lengua diferente de la de México. En la lengua mè’phàà, mbíñùù es “almagre”, que seguramente usaban las autoridades para pintarse la cara, tal como lo señala el Códice Tudela, libro pictográfico realizado por indígenas durante la Colonia, en el siglo XVI. Pintarse la cara probablemente tenía un sentido religioso, sin embargo, en los códices de Azoyú los personajes no aparecen pintados, por esto no podemos afirmar que era una característica generalizada. En algunos códices de la historia náhuatl, el antifaz en los ojos simboliza la estrella del amanecer (Venus), curiosamente el linaje más antiguo de los tlapanecos se relaciona con este símbolo, “llamado Quahiscalera o Tlahuiscalera (señores del “alba” o “amanecer”) que probablemente se remonta en el pasado hasta los gobernantes de Temixlican … este linaje tomó el nombre de Temilitzin”.1

En esta lógica de nombrar, los yopes fueron conocidos por sus rituales de desollamiento, esta actividad la hacían en algún centro ceremonial donde tuvieron asentamiento, probablemente en Tehuacalco —“la casa de los sacerdotes” o “casa del agua sagrada”. La palabra yope es náhuatl, no quiere decir que hablaran un idioma distinto al mè’phàà, sino que los yopes fueron una cultura que estaba asentada en diferentes cacicazgos en el territorio de Guerrero. Respecto a la palabra yope, el cronista Fray Bernardino de Sahagún apunta:

La palabra yopeuhtli o cosa despegada, se deriva del verbo nahua yopehua que significa despegar algo, sinónimo de xipehua, que se traduce como desollar, quitar la piel. Yopitzingo es el nombre prehispánico del lugar que habitaban los yopes.

En el náhuatl actual, las palabras referidas significan lo mismo: xipehua, es “pelar o desollar”, yopehua, es “despegar”, yopeuhtli, es “despegado”; se infiere que Yopitzingo, el pueblo de los yopes, se relaciona con ceremonias de desollamiento, y que además era el lugar en dónde adoraban a Xipe Totec —“está desollada nuestra deidad”—, y que se representaba pintado de rojo: Es factible que la palabra yopi o yopime sea sinónimo de “xipe” (desollado) y que se haya formado por contracción del verbo mexicano “yopehua” que significa despegar algo, que se puede traducir por los que se les despega algo, los despellejados. Es probable pues, que los mexicas hayan bautizado a los pobladores del sur como los “yopi”, los que “arrancan el cuero”, y también ésta puede ser una de las razones por las cuales les tomaron tanto respecto, al grado de considerar que los matrimonios de sus hijas con yopis las elevaban de rango.2

Para la cultura binni záa, en la recopilación que hace Fray Juan de Cordova en Arte del idioma zapoteco, resulta: “Al primero varón llamaban. Yobi vel. piyobi. Vel. Yopi”,3 esto hace referencia a los hijos primogénitos. En la actualidad en Oaxaca, la palabra yope tiene una connotación peyorativa; no la encontramos dentro del vocabulario mè’phàà actual, sin embargo en la memoria oral encontramos elementos que nos orientan que la cultura me’phàà y los yopes son los mismos.

Se cuenta que hace tiempo existieron los mbo xtá ridá (mbó, de “gente”, xtá, de “piel” y ridá de “colgado” o “entrecruzado”, viene de la palabra ridáá, de “enfrente”, el gentilicio es “gente de piel entre cruzada” o “gente que tiene colgada la piel”, quienes hablaban una variante del mè’phàà antiguo), eran gente que tenía el don de estirar su piel y se les atribuyó el calificativo de caníbales. Se crearon innumerables historias de terror sobre ellos, por ejemplo, se cuenta que pedían hospedaje en las casas, al dormir estiraban una oreja y con ella hacían su cama, estiraban la otra y con esa hacían su cobija, pasada la noche, se levantaban para robar a los niños y comérselos. Cuando llegaron los sacerdotes fueron cazando a los mbó xtá ridá hasta exterminarlos. Se dice que los vieron viajando por la montaña en grupos de cinco o diez y atacaban a los viajeros para quitarles sus alimentos. Se afirma que hablaban un mè’phàà con mayor tonalidad, eran altos y las mujeres bonitas, no usaban ropa y a veces se cubrían de lodo y cargaban instrumentos de guerra como lanzas; por las tardes bajaban a tomar agua en los pozos, allí era donde los mataban. Seguramente los sacerdotes crearon las historias de terror para generar miedo y así evitar que las distintas comunidades mè’phàà se pudieran aliar. Esta narrativa tuvo la finalidad de colonizar el imaginario colectivo contra los sobrevivientes del pueblo de Yopitzingo para que de esta manera fueran perseguidos y asesinados por sus propios congéneres. Toda narración tiene una causa y una finalidad, la de transformar la memoria para la acción; el odio hacia los yopes fue alimentándose, satanizando sus prácticas rituales de desollamiento, mismo que se decía cometían con sus rivales en los combates. En el Códice Tudela se describen ataviados de pieles, en los brazos y pies, esta característica dio al imaginario múltiples historias, la piel era un elemento importante en su concepción de la vida y la muerte.


En el pensamiento mè’phàà, la palabra xtá, “piel”, tiene sus propias características de acuerdo al uso del idioma, de donde se derivan las siguientes dimensiones:

1) La función de la piel es cubrir y cuidar aquello de lo que forma parte, como la relación carne y piel. La raíz de la palabra xtá/piel está relacionada con las palabras: xtátsó/cobija, xtáyaa/tallo de árbol, xtìín/ropa, xtíya/panal/ ropa de agua, xtá ga’un/matriz/cuero que alimenta. Todas estas palabras refieren al cuidado, a la ropa que nos protege de la intemperie, a la cobija que nos protege del frío, al tallo del árbol que lo protege, al panal que protege a la miel y a la matriz que protege al feto y lo alimenta.

2) La palabra xtá/piel también denota la característica de la personalidad, el ser de acuerdo al actuar, por ejemplo: a) Phú xtátsíska tàtá tsúkuè/Es una piel floja ese señor/Es muy flojo ese señor, b) Phú xtámbìyá’ a’dià ye’/¿Es una piel llorona tu hijo?/¿Es muy llorón tu hijo?

3) La raíz de la palabra xtá/piel, está en los verbos, estar y vivir. (Ver artículo: Xtámbaa, ser, ser otro, ser territorio, publicado en esta misma columna).

Otro elemento que relaciona a los mè’phàà con los yopes es la danza xtá ra’tsá, “cuero pelado”. Se lleva a cabo en septiembre y consiste en pintarse con tizne, armarse de lanzas, y los bailarines, desnudos con un tapa rabos, bailan con música de tambora como si se tratara de una batalla, se entra a los ayuntamientos y se golpea a las autoridades. En los documentos antiguos se registra que esta danza se hacía en honor a Xipe Totec, para agradecer la abundancia y la renovación de la vida; hoy, este ritual ha sido sustituido por la fiesta de San Miguel. Esta danza se ha ido perdiendo, se le han agregado nuevos elementos, como “la Reyna Azteca”, en algunos municipios como Azoyú es conocida como la danza de la conquista; hay registros de la misma danza en el territorio Maribio en Nicaragua, donde se menciona que la bailaban hasta 400 jóvenes pintados y con instrumentos de guerra. Es necesaria la recuperación de nuestras danzas ya que en ellas estriba la identidad, el filosofar, la ritualidad y las batallas que nos dieron memoria.

Conocer nuestra historia nos permite entender las relaciones de poder por las que nuestro pueblo se forjó una identidad, la razón por la que somos invisibilizados y negados por la historia oficial del vencedor. Nada de nuestra existencia es casual, las historias de la memoria oral nos dicen que aún es tiempo de recordar para reivindicar nuestras luchas actuales contra las empresas extractivistas que nos quitan el territorio y el nombre. Debemos recordar que somos la piel del lugar donde vivimos, por eso hay que cuidarla, es nuestra identidad y sin ella desapareceríamos, por eso, nuestra cultura mè’phàà ha defendido y seguirá defendiendo su tierra reafirmando ser la piel que cubre la vida.

El historiador Francisco Vidal Duarte escribe en Los yopes (1987): Diezmados y con las graves marcas de sus luchas por sobrevivir al hambre y al cansancio de terribles caminatas, algunos lograron encontrar refugio en sitios remotos a su enclave original; unos llegaron a Nicaragua, otros quedaron dispersos en Oaxaca y los que siguieron en territorio de hoy Estado de Guerrero, buscaron protección en lo más intrincado de las montañas y hoy se les conoce con el nombre de tlapanecas.

Nuestros antecesores sobreviven en cada uno de nosotros, en cada acción que hacemos para dignificar la vida, en las voces de la montaña aún late el corazón de los mbo xtá rída, la historia de muchos pueblos que hoy se defienden ante la violencia del crimen organizado y las empresas extractivistas.

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