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LA MUCHACHA DE LOS ANILLOS

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La puerta se abrió de súbito y sus inmensos ojos tristes se clavaron en mi corazón, como pidiendo desesperada ayuda. Todo fue muy rápido, algunas personas salieron y otras entraron, para que el convoy del metro siguiera su marcha. Ella quedo frente a mí y cuando iba a mirarla de repente desapareció.

Con la rapidez de un siervo se desplomó para sentarse en el piso del vagón. Mi desconcierto aumentó, no entendía como una persona en un espacio tan cerrado y lleno de personas se podía sentarse en el suelo, entre los pies de los estoicos usuarios.

Más adelante el tren se despejó y pude sentarme en un asiento individual que estaba frente a ella. Era una jovencita, no mayor de 20 años, extremadamente delgada. Su cabello era lacio y le llegaba a los hombros. Tenía una belleza maltratada que parecía estar a punto de huir, daba la impresión que su cuerpo era la mazmorra de un espíritu lastimado. Por su ropa se veía que no tenía problemas económicos, pero si de abandono y desamor. Vestía un pantalón negro de pana, una playera llena de caras con diferentes expresiones del “ratón miguelito”, traía una pequeña mochila de donde después sacó un rompe vientos negro, calzaba tenis, en conjunto se veía frágil y vulnerable.

Aunque posteriormente se desocuparon algunos asientos, ella seguía sentada en el suelo. De una posición fetal, donde apretaba las delgadas piernas contra su pecho, pasó a descansar los brazos sobre sus rodillas y a tomarse el cabello y lentamente jalárselo hasta esconder su cabeza entre las piernas. De repente hablaba para sí, parecía que estaba en un dialogo profundo con uno de sus fantasmas.

Tenía manos muy delgadas y finas, cada dedo estaba abrazado por un anillo de plata. De pronto empezó a jugar con sus manos y los anillos. Las alzaba y parecía que los dedos cobraban vida propia y jugaban unos con otros. Después se sacó todos los anillos y los dejó sobre el piso del vagón y empezó a jugar con ellos como si fuera mata tena. Más tarde golpeaba uno por uno los anillos contra el piso, como queriendo oír sus diferentes sonidos imaginarios. Al final del juego recogió todos los anillos del suelo y se los fue poniendo lentamente uno por uno. Cuando terminó, abrió su mochila y sacó una mandarina que empezó a comer gajo por gajo, escupiendo las semillas sin ningún recato.

En este punto, todos los pasajeros veníamos prendidos y azorados observando el comportamiento de la joven. Como ella estaba totalmente ida en su mundo, las miradas sobre ella eran directas y descarnadas.

De vez en cuando los pasajeros se volteaban a ver unos a otros con ojos de admiración y desconcierto. La joven inspiraba al mismo tiempo reprobación y compasión.

Era obvio que la droga tenía mucho tiempo de reinar en su corta vida. No se veía afectada en sus movimientos, su coordinación era normal, tampoco se apreciaba que estaba en un “viaje”; sencillamente la muchacha sufría de una intoxicación permanente.

La imagen en el vagón del metro de la ciudad de México podría ser la misma que la del metro de Nueva York o Londres o la escena de una película donde se describe la degradación de las sociedades postmodernas.

El convoy llegaba a la estación Tasqueña. La esbelta joven se incorporó como lo haría un siervo con sus largas y delgadas patas.

Mientras se detenía el carro se acomodó su pequeña mochila en la espalda y así como de súbito se inició el encuentro, al abrirse la puerta, rápidamente la muchacha de los anillos saltó sobre el andén y se perdió en un río de gente.

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