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LA ABUELITA MAZATECA. Cuento

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Recientemente tuve la oportunidad de conocer a una "mujer de conocimiento", portadora de los milenarios saberes del México Antiguo.     

Menudita de cuerpo, con todos los años encima, pero con una tremenda fuerza interna, que emana de suyo, serenidad, vitalidad y aplomo.

Ella es simplemente la "abuelita" y no tiene ni nombre ni historia personal, salvo la que la atrapó en el mundo mágico de los hongos. Su misión es curar y ahora que sabe que pronto se irá a la región de los descarnados, busca transmitir sus conocimientos a personas que tengan el don y fundamentalmente, la disciplina de aprender humildemente este ancestral conocimiento.


Este es el principal problema de muchas personas que hemos intentado encontrarnos a un "Chaman" para "recibir sus enseñanzas". Mi caso personal fue patético, pues a finales de los años ´70, buscaba afanosamente a don Juan Matus (de carne y hueso y con todas sus letras), debajo de todas las piedras de Ixtlán, Oaxaca. El problema de los que "buscan" es que están tras una idea preconcebida del chaman y del conocimiento que, se tiene que ajustar a la personal forma "casera y libresca" de interpretar lo inconmensurable. Los que buscan han podido estar toda una vida frente a un ser de conocimiento y nuca lo sabrán,... así es esto.


Pero volviendo a "la Abuelita", en sus profundos ojos se agazapa fugaz, un mundo ajeno a nuestra alocada vorágine citadina. Como dos ojos de venado, como dos lagunas profundas y tranquilas, el espíritu de la abuelita sale y se "prende" al mundo de afuera, tocando sutilmente nuestro corazón. Lo toca tenuemente, con un fluido tibio de ternura amorosa y sin embargo, yo no sé porque, puede sentirse en su mirada un atisbo de melancolía.


Siempre he sentido que los indígenas sabios, en especial los ancianos, nos ven a los mestizos citadinos con una sutil mirada de compasión y ternura. Yo creo que ellos sienten y "ven" los adentros de nuestro corazón tan alocado y extraviado del verdadero sendero de la vida. Su compasión y ternura muchas veces la percibimos dentro de nuestra fatuidad y soberbia, como aparente ingenuidad y sin embargo, siempre recurrimos a ellos, instintiva o atávicamente. No en vano tenemos un banco genético de información y millones de nuestros genes han vivido en estas tierras desde la invención del maíz, hace más de ocho mil años, generación tras generación con los Viejos Abuelos, hasta nuestros días.


"La Abuelita" quiere que yo aprenda. Le "caí bien", pero dice que yo tengo miedo y, eso es cierto. Ya un día conocí a la inconmensurable Serpiente de Cascabel, que me devoró y fundió en lo más profundo de sus entrañas y me "toco" para que le cumpliera un encargo. Pero por supuesto que le tengo miedo, pues con esas cosas no se juega. La mente y el espíritu de los citadinos, además de ser muy irresponsable y atrevida, desgraciadamente es extremadamente muy frágil y vulnerable. En este caso, creo que no existe otra alternativa.


"La Abuelita" quiere que aprenda a curar y yo quiero penetrar al misterioso y aterrador mundo de la sabiduría de nuestros Viejos Abuelos toltecas. Cuando me hablaba de que ella me curaría, en ese momento pensé que ella confundía mi situación, pues yo me creía un hombre medianamente sano. Sin embargo, al otro día del encuentro me dolió en lo más profundo el corazón, al desgarrarse mi mundo de afectos cotidiano y entendí, de la peor manera que, en este cochino mundo en el que vivimos, casi todos estamos enfermos del espíritu.

 
Porque los Viejos Abuelos suponían que el mundo estaba constituido de dos tipos o cargas de energía. La luminosa, que hoy los científicos occidentales llaman átomos y ellos simbólicamente le llamaron "Tláloc", "representación divina de la energía a través del agua", pues simbólicamente, donde hay agua se reproduce la vida molecular al realizarse la fotosíntesis a través de las plantas, es decir que la energía luminosa se convierte en energía vegetal y de ahí comienza la vida. De modo que el ser humano está constituido en parte de una porción de "Tláloc".


La segunda energía es mucho más fina y pura que la energía luminosa, me refiero a la energía espiritual, que los Viejos Abuelos toltecas le llamaron "Quetzalcóatl" y su representación divina y simbólica fue a través del viento. Es precisamente el "soplo divino de la conciencia", el que le da "vida" a la energía luminosa, (el espíritu anima a la materia). De modo que un ser humano no sólo es una carga energética (Tláloc); sino, lo que es más importante, es un "productor" de energía mucho más pura, que la que lo conforma (Quetzalcóatl). Así el ser humano está constituido de Tláloc y de Quetzalcóatl, este soplo divino de conciencia es el que nos hace diferentes (en cuanto su potencial generador de energía) de los demás seres vivos. 

De esta manera los Viejos Abuelos y sus herederos más cercanos, los pueblos indígenas de México, perciben el mundo y la vida de manera diferente, pero no menos eficiente que nosotros, con nuestra "ciencia ajena" (filosofía, medicina alópata, etc.). Por ello los mazatecos piensan que el origen de todas las enfermedades, es de carácter espiritual-energético, (una envidia, un disgusto, una obsesión, una angustia, una frustración y un largo etcétera), este desajuste de la energía espiritual se materializa en las "enfermedades" que nosotros conocemos; pero para ellos las enfermedades son lo mismo que para nosotros los dolores, simples manifestaciones de un trastorno, para nosotros físico, para ellos espiritual y ningún médico o brujo cura simplemente dolores, sino enfermedades.

Cuando la persona de conocimiento logra a través de algún alucinógeno contenido en una planta, introducir al paciente en un "estado alterado de conciencia", el paciente puede "ver" con la ayuda del alucinógeno y la dirección del chaman, el origen energético de su alteración espiritual y con ello encontrar la solución, por lo que más adelante desaparecerá el padecimiento físico y sanará.

Así pues, la Abuelita me untó en el cuerpo una mezcla de hierbas que de inmediato me tranquilizaron y me dieron mucho sueño. La Abuelita me dijo que esa noche soñaría mucho y que apuntara mis sueños. Efectivamente soñé demasiado, pero los dos primeros sueños, creo que fueron los importantes. En un percibí con absoluta seguridad, que una fuerza omnipotente me protegería y que por ello dejaría de sentir miedo. En el segundo sueño supe que viajaría entonces me queda el recuerdo vívido de estar en un puerto del Oriente y al ver la descarga de un barco rojo, gozar la maravilla de conocer remotos lugares que existen a pesar de que no los perciba. Todavía recuerdo el olor salado de la brisa marina y el olor del aceite quemado de la maquinaria portuaria.

La Serpiente me dijo un día que todo cuesta en la vida, especialmente cuando se trata de conocimiento. La Abuelita me dijo que primero me tenía que curar para poder aprender. Creo que me resistí a aceptar que mi espíritu estaba enfermo, tal vez esa fue la primera enseñanza de la Abuelita Mazateca. 

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