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LOS MAREÑOS

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Entre todos los mareños, Donaciano y Martín Catalán, habían hecho una amistad muy especial con Ernesto. En varias ocasiones lo habían llevado a pescar tiburones en la Barra Abierta. En esta época del año los tiburones se acercan mucho a la playa. Dona y Martín eran hermanos y su padre desde temprana edad los enseño a matar al animal con arpón.

Trabajaban en perfecta sincronía. Mientras Dona cuidaba un cable que estaba enrollado en torno a una inmensa estaca que previamente había sido enterrada en la arena de la playa, Martín se metía al mar armado únicamente de un arpón que estaba unido a la cuerda por un cáñamo más delgado. Martín se metía al mar hasta la cintura y al mover sus piernas llamaba la atención del tiburón que se acercaba a la barra abierta en busca de alimento que arrojaba el río al mar.

El tiburón empezaba a acercarse cautelosamente a Martín. Daba tres o cuatro pasadas laterales a unos diez metros de distancia y entonces decidía hacer el primer acercamiento. Martín sostenía con su mano derecha el arpón y aguantaba el primer amago del escualo. Se necesitaba tener la sangre fría para ver pasar la aleta del animal mar adentro y de momento ver como la aleta se enfilaba hacia su persona, para quebrar a escasos dos metros y regresar al mar abierto. Ese era el momento en que Martín tenía que lanzar el arpón con fuerza y con tino, pues el costado del tiburón presentaba un excelente blanco. Martín sabía que no había posibilidad para un segundo intento, pues el animal atacaba en la segunda ocasión.

Cuando el arpón hacia blanco en el animal, se escuchaba un golpe seco y empezaba a correr el cáñamo primero y después el cable. Dona cuidaba habilidosamente de que la cuerda corriera sin interrupción y sólo se escuchaba el zumbido de la línea al correr. Después de un tiempo se le empezaba a detener al animal y entonces venía un largo y desgastante esfuerzo, entre los dos hombres y el animal. Era un arte tirar y dar cuerda, cansar al tiburón sin que se rompiera la línea, hasta que finalmente llegaba a la playa donde era rematado a trancazos por los pescadores que, con polines lo sacaban del mar. Ernesto vivía momentos intensos al lado de los tiburoneros, joven egresado de la universidad nacional y oriundo de la ciudad de México, nunca en su vida habían presenciado la impresionante lucha por pescar a un tiburón. La vida y la muerte en un lance, al menor error puede sucumbir el animal o el pescador, así es la vida en la costa, nomás se atonta uno un poquito y “se muere”.

Así es la vida Ernesto, dijo Martín encendiendo un “tigre”, para darle profundas bocanadas. Allá adentro, los peces grandes se comen a los chicos, en el pueblo los ricos explotan a los pobres y nosotros aquí nos chingamos a los tiburones.

El sol se ponía en el horizonte, la playa se perdía entre la bruma y el reventar de las olas, el azul claro del mar y la luz rojiza del Señor de los Dardos de Fuego al ponerse, creaban una atmósfera cargada de sal y de embrujo. Los peces saltaban escandalosamente sobre el agua y los pelícanos volaban en formación casi rozando el agua.

Ernesto sabía que ese día se quedaría eternamente presente en su conciencia. Jamás olvidaría como aún en la playa el tiburón buscaba instintivamente dar la dentellada final. El nacimiento y la muerte son los dos actos más intensos y por lo mismo intransferibles de los seres vivos, desde una ranita hasta una ballena.

La gente nos hemos tenido que venir a vivir para acá. Los ricos viven en los pueblos, los indios en los montes, los negros en el llano y “nosotros” nos quedamos en Banco de Oro. No es que nos guste, es que no tenemos “plata” para vivir en un pueblo. Ahí se paga renta, luz, agua y tienes muchas cosas que comprar y poco dinero para el gasto. Allá la gente nos paga barato nuestro trabajo.

Aquí con un poquito de aceite, café, azúcar, jitomate y verduras... la haces. Para que tanto ruido si de todos modos nos vamos a morir, sentencio Dona, que escuchaba callado a su hermano. Un día a este pendejo se lo va a llevar un tiburón y yo no tendré con quien pescar.

De regreso a la ciudad de México, Ernesto iba pensativo en “la Flecha Roja”. Las vacaciones habían terminado y se iniciaba otro año escolar. Con el tiempo las cosas se irían olvidando y las pláticas de Donaciano y Martín, quedarían sepultadas por la vorágine cotidiana.

Sin embargo, Ernesto en esta ocasión se trajo un caracol para estar en permanente contacto con el mar.

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