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El asesinato del maíz

  • Categoría: Notas de prensa
  • Publicado el Lunes, 12 Febrero 2018 14:54
  • Escrito por Guillermo Marín
  • Visto: 29

Hermann Bellinghausen
Periódico La Jornada
12 febrero 2018.
La ciencia no es una religión, pero es capaz de cometer altos crímenes como si lo fuera. La historia moderna abunda en ejemplos. Aunque todos se originan en meticulosas y hasta geniales razones, cuando cumplen sus propósitos causan un daño inmenso en el blanco elegido. Cuando el fin es explícitamente bélico, de destruir se trata. Cuando suceden en tiempos de paz, con fines se supone que constructivos, los crímenes no lo parecen, obedecen a un bien mayor o son negados como daño colateral bajo montañas de mentira, dinero gratis y propaganda.

La industria farmacéutica ofrece un ejemplo monumental. De las ciencias del espacio a Internet, los grandes avances tienen origen y fines militares. Así la bio y la agrotecnología, cuya base empírica alcanza las últimas fronteras de la mejor ciencia, pero al carecer de ética, las rebasan impunemente, son parte del arsenal de guerra.

El capitalismo en su fase contemporánea, global y quizás ya posglobal, no tiene ética, aunque a veces la invoque con fines publicitarios. La lógica de la ganancia sigue delirantes caminos de sinrazón y azar, sólo que con dados cargados y la casa lleva eterna ventaja. El casino donde el Uno por Ciento mueve su lana acapara casi todas las fichas. Por eso casi siempre gana, es casi invencible, casi perfecto. Estos casi son las grietas de la posibilidad de que las cosas sean de otra manera. Cada casi se debe a una resistencia. Cada casi encierra una razón humanista y ética.

El mundo es gobernado por mandatarios ignorantes o idiotas, parlamentos-burdel, ejércitos desatados y los ganadores de siempre: bancos, corporaciones, grupos criminales. Pareciera tener pocas posibilidades una resistencia en clave civilizatoria distinta al capitalismo (sea estilo chino, saudita, ruso, o el occidental que domina nuestro país y el continente). La meta única es la ganancia, hasta el suicidio llegado el caso. Así que en medio de la catástrofe ártica en curso, ¡vivan los yacimientos potenciales y la nueva ruta de la seda! Al capitalismo le están viniendo de pelos los desastres, las hambrunas, las sequías, los deshielos, los presidentes locos pero suyos. El principal blanco posbélico son los migrantes, el desastre de los otros. Siguiendo la ley del gallinero, México y Grecia se cagan en Centroamérica y Medio Oriente, mientras arriba de ellos Washington y Bruselas hacen lo propio. Todo empieza en los gallineros locales de Honduras, Sudán, Palestina, Siria y mil etcéteras.

En este panorama, la defensa mexicana del maíz adquiere una importancia mucho más que simbólica. Desafía al fatalismo general, aliado involuntario del capitalismo que avanza con sus pozos, sus minas expansivas, sus fracturas hidráulicas, su acaparamiento de agua y tierra fértil. En términos que cualquier mexicano debería comprender si no estuviéramos tan pasivamente colonizados, el maíz es un tesoro alimentario de creación humana (científica en esencia) que define a México más de lo que el sistema dominante puede digerir.

El documental El maíz en tiempos de guerra (Alberto Cortés, 2017) argumenta, sin concesiones colonizadas ni rollo místico, lo vital que resulta proteger los maíces criollos, más bien mestizos, labrados pacientemente por generaciones de campesinos, que han hecho de él su mejor arma de sana sobrevivencia. ¿Por qué México tiene, pese al Estado Nacional 1821-2018, la mayor población indígena de América? ¿Por qué en pleno siglo XXI los pueblos originarios son un ente real en la Nación, venciendo el racismo, la ignorancia, el ciego fundamentalismo económico del gobierno y la corrupción que todo lo anterior incuba? Defienden su maíz para defender el territorio, como concluye en la cinta Eutimio Díaz, campesino wixárika: Y eso es defender a México.

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