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LA IDEOLOGÍA CRIOLLA EN CONFORMACIÓN DE LA NACIÓN MEXICANA

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Desde los primeros días del desembarco, en 1519, el año “uno caña”, año de la profecía del retorno de Quetzalcóatl, se empezó a gestar un sentimiento y una forma de ver el mundo y entender la vida, que, con los siglos, se convirtió en una ideología. Durante los primeros tres siglos, estuvo agazapada, semioculta, pero creciendo de manera persistente.
La fuente de este sentimiento encuentra su origen en la ilegalidad, la codicia y la inseguridad. Desde que Diego Velázquez, Gobernador de la isla de Cuba, impone a su incondicional, Hernán Cortés, unas condiciones injustas y abusivas, para realizar la tercera expedición en busca de oro en las costas del poniente de la isla. Ya habían ido, con poca suerte, Hernández de Córdoba en 1517 y Juan de Grijalva en 1518, y poco era el oro que habían “rescatado”, entiéndase, robado.
Cortés tuvo que vender todo cuanto tenía para adquirir los insumos básicos que requería la expedición. Recorrió la isla, invitando a otros inversionistas y expedicionarios, a que se sumaran a la tercera expedición y que, con él, arriesgaran su hacienda y tal vez su vida, para obtener de manera ilegal el preciado metal.  



Cortés, desde el principio, aceptó las abusivas condiciones del Gobernador, porque ya había decidido traicionarlo. En cuanto estuviera en alta mar, la única autoridad sería él, y desde luego, los representantes de la corona, que tenían como encomienda, tomar el 20% de la riqueza obtenida en el robo, al que le llamaban, “el quinto real”. Los otros inversionistas, a quienes se les llamaba, “capitanes”, eran autoridad en la medida del monto de lo invertido en la expedición para “rescatar oro”.
Debe recordarse que, en el siglo XVI, todavía no existían los ejércitos modernos, como hoy los conocemos, en ese entonces existían “los tercios”, grupos armados y dirigidos por un capitán al que le debían lealtad. Estos cuerpos militares no tenían uniformes, armas reglamentarias ni grados. Funcionaban como mercenarios al precio del noble o rey que los quisiera contratar.
De modo que los “capitanes”, con los que contaba la expedición, no eran militares, más bien, eran “empresarios” que invertían dinero, bienes y hasta esclavos, en las expediciones y arreglaban el monto de lo ganado de acuerdo al monto de lo invertido. La comida, pólvora, curaciones y demás necesidades de la expedición eran aportados por ellos mismos o comprados en la misma expedición.

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