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Tordesillas: el primer reparto del mundo

  • Categoría: Biblioteca Tolteca
  • Publicado el Martes, 18 Octubre 2016 17:12
  • Escrito por Guillermo Marín
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politicaexterior.com
El Tratado de Tordesillas firmado el 7 de junio de 1494 por los reyes de Portugal y Castilla fue lo más parecido a un acuerdo para dividir el mundo. La ironía fue que dividían un mundo desconocido y aún por descubrir.

¿El reparto del mundo? El tema es recurrente, pero la imagen abusiva. Es cierto, en la Conferencia de Yalta (1945) o en el Congreso de Viena (1815) se fijaron los límites de las zonas de influencia de las grandes potencias, legitimando los “protectorados”, los golpes de fuerza, las intervenciones militares a expensas de Estados en principio soberanos. Sin embargo, los acuerdos más parecidos a un reparto del mundo son los tratados de Tordesillas (pequeña localidad de Castilla la Vieja, entre Valladolid y Salamanca) firmados el 7 de junio de 1494 entre los reinos de Portugal y de Castilla. Estos tratados se basan en una paradoja: se trataba de repartir lo inexplorado, un mundo aún no descubierto. En Tordesillas, Portugal y Castilla no trazan una frontera siguiendo el cauce de un río o la cresta de una cordillera, sino que proponen una línea imaginaria trazada en lo desconocido, sin saber si atraviesa tierra o mar. Es evidente que no podía tratarse de América, porque no se sospechaba, después del primer viaje de Cristóbal Colón, que existía un nuevo continente. Se trataba del reparto del mundo.

¿Cómo se puede explicar el monopolio de Portugal y de Castilla en este reparto de 1494, la ausencia de otras potencias en la mesa de negociaciones? Algunas nociones de geopolítica y un examen de la situación permiten dar una respuesta.

Inglaterra estaba sumida en la terrible guerra civil de las Dos Rosas, que empezó en 1455 y no terminó hasta 1485, acabando con la vida de la mayoría de la nobleza británica. Los armadores de Bristol muestran interés en varias expediciones del descubrimiento: pero a causa de sus medios limitados se quedan en el Atlántico Norte.

Francia, después de curar las heridas de la guerra de los Cien Años (1337-1453), se agota en una lucha despiadada contra el Gran Ducado de Borgoña. La caída y muerte de Carlos el Temerario (1477) no ponen término al conflicto: la boda de María de Borgoña, hija del Temerario, con Maximiliano de Habsburgo desencadena un inquietante proceso dinástico que termina en la constitución del imperio de Carlos V. Además, a pesar del dinamismo de los normandos –sobre todo de los de Dieppe– Francia no está preparada para lanzarse a la gran empresa del descubrimiento.

En cuanto al reino de Aragón, dedica todas sus fuerzas a la expansión mediterránea: después de Sicilia y Cerdeña apunta hacia el Rosellón y Nápoles. Finalmente Venecia, gran potencia económica y naval, sólo se preocupa por la conquista turca que avanza hacia la Europa balcánica. En este contexto, Portugal y Castilla tienen las manos libres: al final del siglo XV son sin duda las dos potencias dominantes en el mundo atlántico. Pero Tordesillas no es el principio. Los dos Estados definen más bien un modus vivendi teniendo en cuenta el balance de los descubrimientos y las ambiciones de cada uno. Es una etapa –importante– en el proceso de las conquistas de ultramar, iniciada varios decenios atrás.

Portugal tenía en este terreno una ventaja indiscutible. No se había conformado con la construcción de barcos rápidos, manejables, ligeros, y bien adaptados a la empresa. Había reunido a los cartógrafos más prestigiosos procedentes sobre todo de Genova y Mallorca, a cosmógrafos, astrólogos y matemáticos. Los portugueses examinaron progresivamente la costa occidental de África y crearon establecimientos y comercios que les permitieron adquirir directamente (por lo tanto con menos gastos) productos muy buscados: la malagueta (pimienta de África), el marfil, el oro, los esclavos. El comercio de Arguin, establecido entre 1400 y 1455 y la fortaleza de San Jorge de Mina constituían importantes enlaces portugueses en el África Negra.

Por otra parte, los portugueses se habían preocupado de que los Papas confirmasen su soberanía sobre las tierras que acababan de descubrir. En la Edad Media, los Papas, especialmente Inocencio III (1198-1216), habían impuesto a los soberanos la idea de una potestas, poder superior al de los príncipes temporales. De esta forma podían ser arbitros en los conflictos que enfrentaban a los príncipes, incluso destituirles, como lo fue el emperador Federico II por Inocencio IV en 1245. Esta doctrina era discutible: el Papa sólo podía, teóricamente, disponer de las tierras de “los paganos, idólatras e infieles” y concederlas en soberanía plena a un príncipe cristiano, con la condición de que éste llevase a cabo la evangelización de los que ahí vivían. Tomás de Aquino (1227-1274), por ejemplo, no aceptaba esta pretensión pontificia: consideraba que el Papa sólo tenía una soberanía “espiritual” sobre los paganos y no podía disponer de sus territorios.

Francisco de Vitoria se basó más tarde en esta tesis para negar el derecho de conquista. Sin embargo, al final de la Edad Media, el concepto de potestas de Inocencio III se había impuesto. Durante el siglo XV los portugueses pidieron a los Papas el reconocimiento de sus prerrogativas en África. Obtuvieron bulas de Martín V (1418), Eugenio IV (1433 y 1436), Nicolás V (1452 y 1455) y Calixto III (1458). Estos precedentes y el de 1481 explican que los Reyes Católicos acudieran al Papa Alejandro VI en 1493.

En efecto, durante la expansión atlántica los portugueses se enfrentaron a los castellanos. Es verdad que ocuparon los archipiélagos de Madeira, Azores y Cabo Verde sin grandes enfrentamientos, pero no sucedió lo mismo en Canarias, Marruecos y en los parajes de Guinea. Finalmente los soberanos de ambos reinos juzgaron que lo más sabio era proceder a una regulación completa de sus litigios: firmaron los tratados de Alcobaça el 4 de septiembre de 1479. Firmaron y juraron capítulos adicionales sobre Guinea y Canarias; los Reyes Católicos en Toledo el 6 de marzo de 1480, y Alfonso V de Portugal y su hijo el príncipe Juan en Évora, el 8 de septiembre de 1480.

Se pueden considerar estos tratados como un prólogo al “reparto del mundo” realizado en Tordesillas quince años más tarde. El capítulo 8 de los tratados de Alcobaça reconocía a los portugueses la posesión de “todos los comercios, tierras y rescates de Guinea con sus respectivas minas de oro, y todas las otras islas, costas, tierras descubiertas y por descubrir, halladas y por hallar: islas de Madeira, Puerto Santo, Desierta, y todas las islas de las Azores y la isla de Flores, así como las islas de Cabo Verde y todas las islas que han descubierto hasta ahora, y todas las que descubran y puedan descubrir desde las islas Canarias hacia el sur frente a Guinea, de forma que todo lo que ha sido hallado o quede por conquistar o descubrir en estos parajes más allá de lo que ha sido ya hallado, descubierto y ocupado, pertenezca al Rey y al Príncipe de Portugal con la única excepción de las islas Canarias conquistadas o aún no conquistadas, que pertenecen a los reinos de Castilla”.

Otro capítulo adicional atribuía el derecho de conquista del reino de Fez a Portugal y el del reino de Tlemcén a Castilla. La cuestión del litoral sahariano entre los cabos Aguer y Bojador no se había zanjado. Pero Juan II obtuvo del Papa Sixto IV la bula A eterna Regís (21 de junio de 1481), que sancionaba los acuerdos de Alcobaça atribuyendo a Portugal todos los territorios “al sur de las Canarias”. En aplicación de los tratados de Alcobaça y de la bula Aeterna Regís, los Reyes Católicos ordenaron a Cristóbal Colón que “siguiese su ruta continuando el descubrimiento desde las islas Canarias hacia el Oeste sin ir hacia el Mediodía”. El diario de a bordo del primer viaje confirma esta orientación hacia el Oeste y todos los marineros que participaron en la aventura sabían que la ruta de Guinea estaba prohibida.

Las circunstancias del regreso obligaron a Cristóbal Colón y a Vicente Yáñez Pinzón a hacer una escala imprevista en Lisboa, y a una entrevista con el rey Juan II. Este empezó reclamando las islas descubiertas, puesto que Colón hablaba de las “Indias”, pero el genovés mostró al rey las instrucciones, muy explícitas, que le habían dado por escrito los Reyes Católicos.

Sin embargo Juan II no se resignaba a este abandono: se propuso organizar una expedición paralela bajo el mando de Francisco de Almeida, que quizás tuvo lugar, terminando en el descubrimiento secreto de Brasil.

Era entonces urgente para los castellanos, que no habían infringido ni la letra ni el espíritu de los tratados, obtener una bula confirmando su soberanía sobre las islas descubiertas. El Papa debía favorecerles, puesto que se trataba del cardenal español Rodrigo Borgia, elegido en 1492 con el nombre de Alejandro VI.

Se explica así la rápida actuación de los españoles: su embajador en Roma, Bernardino de Carvajal, obispo de Badajoz, asistido por el obispo de Astorga, Juan Ruiz de Medina, obtuvo de Alejandro VI, desde el 3 de mayo de 1493, una primera bula, ínter Caetera. Una segunda bula con el mismo nombre fijó la línea de demarcación entre “los dominios portugueses y españoles siguiendo la línea del meridiano situado a cien leguas” al oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde. El Este para los portugueses, para los españoles el Oeste. Esta bula, de 4 de mayo, fue redactada sin duda después del 25 de mayo, fecha de la llegada a Roma del arzobispo de Toledo y de Diego López de Haro, enviados por los Reyes Católicos para prevenir las ambiciones de Juan II en el Oeste. El Papa expidió dos bulas más, Eximí Devotionis y Dudum Siquidem, esta con fecha de 26 de septiembre de 1493.

Las bulas alejandrinas eran de gran imprecisión geográfica. En efecto, ¿cómo establecer la línea de un meridiano a cien leguas al oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde si el archipiélago de las Azores (sobre todo si se incluye la isla de Flores, la más occidental) está situado sensiblemente más al oeste que las islas de Cabo Verde? Por otra parte, desde la promulgación de la bula Aeterna Regis, los portugueses habían avanzado en su empresa africana. Incluso después del viaje de Diego Cao en 1484-1485, Bartolomeo Díaz había llegado en 1487-1488 al extremo sur de África y doblado el cabo de Buena Esperanza. Desde ese momento los navegantes portugueses tuvieron acceso directo a la costa de Malabar y a sus comercios de especias. Sin embargo, la “relación” de Pedro de Covilha, redactada en 1487, hacía esperar magníficas ventajas si se firmaba un contrato directo con el reino de Sofala (o Monomotapa), en el sureste de África (actual Mozambique), suministrador de oro, y con India. Había que asegurarse entonces el control de la ruta de la India, lo que suponía la circunnavegación de África y la vuelta al mar adentro. Para conseguir este objetivo, Portugal no podía aceptar las bulas alejandrinas. Pero Juan II prefirió una negociación directa con Castilla en lugar de intervenir ante el papado.

Fueron unas conversaciones difíciles, interrumpidas una primera vez con la aparición en Tordesillas de la bula Dudum Siquidem, según la cual las islas o tierras no ocupadas por príncipes cristianos “incluso si eran tierras de las Indias” pertenecerían a los reyes de Castilla, una vez descubiertas por sus súbditos. Se reanudaron las conversaciones, que terminaron en los tratados de Tordesillas (7 de junio de 1494), aprobados y firmados por los Reyes Católicos en Arévalo (próximo a Valladolid y a Medina del Campo) el 2 de julio, y por Juan II de Portugal en Setúbal (cerca de Lisboa) el 5 de septiembre. Estas conversaciones se desarrollaron durante el segundo viaje de Colón. El genovés partió esta vez al mando de una poderosa flota –diecisiete barcos y más de 1.200 hombres–, Antonio de Torres fue enviado de nuevo a España por Colón desde “la isla Española” (actualmente Haití y Santo Domingo) y llegó durante las conversaciones con doce barcos. Apoyó con su informe las posiciones castellanas en las Antillas, afectando definitivamente a la solución adoptada en Tordesillas.

En efecto, los plenipotenciarios tenían dos opciones: un reparto norte-sur, teniendo en cuenta el reglamento de Alcobaqa, que atribuía a Portugal todos los descubrimientos desde el sur de las Canarias o un reparto este-oeste. Se adoptó la segunda solución debido a las posiciones adquiridas por los castellanos en los primeros viajes de Colón y a la voluntad portuguesa de consolidar los jalones de ida y vuelta de la ruta de las Indias.

En efecto, algunos años después de Tordesillas, Vasco de Gama realizaba la hazaña que tanto esperaba la corte de Lisboa, el viaje hacia la India por el cabo de Buena Esperanza. Esto explica porqué los portugueses insistían en obtener un desplazamiento importante de la línea de demarcación de la bula ínter Caetera hacia el Oeste. Se fijó finalmente a 370 leguas (2.200 kilómetros aproximadamente) al oeste del archipiélago de Cabo Verde, con la reserva de que las islas ya descubiertas y ocupadas por los castellanos pertenecían a éstos si se situaban entre la línea de las 250 leguas y la de 370, no había ninguna.

La aplicación del tratado resultó difícil. Precisemos que un meridiano suponía entonces un antimeridiano. En la época de Tordesillas se ignoraba aún la existencia del continente americano y del océano Pacífico, así como las dimensiones reales del planeta, por lo que era imposible prever las consecuencias de la decisión adoptada. Sin embargo, los negociadores sabían que era necesario trazar lo antes posible –aunque fuese aproximadamente– la línea de reparto, para que la coexistencia de portugueses y españoles fuese posible.

Parece que los Reyes Católicos se tomaron en serio la ejecución del tratado, e incluso se obsesionaron con la línea de demarcación. En Badajoz, reunieron una comisión compuesta por un astrólogo, dos pilotos y dos capitanes de barco: consultaron al famoso cartógrafo catalán Jaime Ferrer.

Pero como al término de los diez meses previstos para trazar la línea no se había logrado nada, dictaron en abril y mayo de 1495 dos “provisiones” sucesivas –dos textos con el valor de edictos– para prolongar el plazo de ejecución. En cuanto a los portugueses, adoptaron procedimientos dilatorios para conseguir un plazo de tres años, al término del cual sería definitivamente ejecutorio el segundo tratado de Tordesillas relativo a África.

En 1498, el sucesor de Juan II en el trono de Portugal, Manuel el Afortunado, envió a Duarte Pacheco, importante cosmógrafo, al otro lado del océano, “para comprobar con la mayor exactitud los puntos de tierra (islas o continentes) que atravesaba el meridiano de demarcación establecido en Tordesillas. El trazado de Duarte Pacheco aparece por primera vez en el mapa que mandó realizar en 1502 Alberto Cantino, embajador del duque de Ferrara en Lisboa. Se puede leer la mención: “Este he o marco dantre Castella y Portuguall. Juan de la Cosa, cartógrafo y cosmógrafo, que había participado en el primer viaje de Colón como maestro de la Santa María, llevó un ejemplar de este mapa a Castilla.

Mientras tanto, Brasil y algunos territorios explorados por españoles caían en manos portuguesas. Y a la inversa, tres cuartos de siglo más tarde, Filipinas volvía a España. Los españoles habían examinado este vasto archipiélago durante el viaje de Magallanes (que murió), y sus exploradores vascos (Legazpi, Urdaneta) tomaron posesión del archipiélago en nombre de Felipe II –de ahí Filipinas–. Se estableció un contacto regular entre Acapulco y Manila. Según el trazado del antimeridiano, el archipiélago de las Molucas, gran centro de producción de especias, debería haber pasado también a Castilla. Pero su posesión provocó grandes protestas, porque los portugueses habían logrado salir desde Malaca. El destino de estas islas que escaparon a España demuestra la mala aplicación del tratado.

No podía ser de otra forma. ¿Cómo hubiesen podido Portugal y España conservar en su único beneficio territorios inmensos en los que se iban a descubrir en menos de medio siglo las riquezas, pero también la debilidad política y militar? Además, la reforma protestante y la ruptura de la unidad cristiana dejaron sin eficacia la garantía pontificia. Las bulas alejandrinas cayeron en desuso rápidamente.

Portugal infringió el reglamento de Tordesillas lanzando a sus navegantes hacia América del Norte (descubrimiento del Labrador) y, más tarde, a Brasil, enviando los “bandeirantes” dentro de las tierras, sin tener en cuenta el límite de las 370 leguas. Los ingleses realizaron varias exploraciones en América del Norte, y en la época isabelina intentaron establecer una colonia en Virginia. Los hugonotes franceses, al mando de Villegaignon, fundaron en la bahía de Río de Janeiro la “Francia Antartica”, que fue destruida más tarde por los portugueses que no toleraron esta intromisión en el corazón de sus dominios.

En el siglo XVII, los holandeses, ingleses y franceses rompieron el monopolio ibérico en América y Asia. Pero los ibéricos conservaron mucho tiempo importantes dominios en América, África e incluso en Asia.

En el acuerdo de Tordesillas figuraban distintas cláusulas para su aplicación, una de ellas se refería al trazado de la línea de demarcación.

El original se conserva en los archivos portugueses. Hemos consultado la edición española del Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, Secretaría General Técnica, Madrid 1973, p. 58-59.

“Igualmente, con el fin de que la mencionada línea o raya de este reparto sea lo más recta y segura posible, a 370 leguas de las islas de Cabo Verde, del lado de Poniente, los diputados de las dos partes han convenido y decidido lo siguiente: en el plazo de diez meses desde la fecha de esta capitulación los señores contratantes debían enviar dos o cuatro carabelas, o una o dos por cada parte según las necesidades, como será convenido entre las dos partes […] se reunirán en la isla de Gran Canaria, asistidos por pilotos, astrólogos, marinos y expertos enviados por los señores Rey y Reina de Castilla, León, y otras personas competentes, en igual número por las dos partes […] de forma que juntos puedan ver y reconocer mejor el mar, el rumbo (la ruta que se debe seguir), los vientos, grado de latitud norte y sur, el cómputo de las leguas indicadas, con el fin de que todos los que se encuentren a bordo de estos navíos enviados por ambas partes, establezcan juntos los límites”.

“Todos juntos, estos barcos se pondrán en ruta hasta las islas de Cabo Verde y ahí pondrán la proa hacia el Oeste hasta recorrer las 370 leguas, que se medirán según el método establecido por las personas designadas para ello, sin perjuicio para ninguna de las partes. Y que en el lugar correspondiente a las 370 leguas se haga una señal y se calculen los grados sur y norte […]; deben definir esta línea desde el polo ártico hasta el antártico, es decir de norte a sur, como ya se ha dicho […]; una vez trazada, con el voto unánime, debe ser considerada como el límite perpetuo y para siempre, de manera que ninguna de las partes ni sus sucesores puedan contradecirla o cambiarla en forma alguna. En el caso de que esta línea o límite, de polo a polo pase a través de una isla o de tierra cerrada (continente), se pondrá una señal o se levantará una torre en la entrada, y a partir de este punto se continuará la línea, recta, marcándola mediante mojones”. (Extracto traducido del texto original, Archivos Nacionales, Lisboa, Gaveta 17,M2n24).

Ha habido realmente cinco bulas del Papa Alejandro VI sobre los Grandes Descubrimientos y sus consecuencias. Se sabe que estas bulas se conocen por las dos primeras palabras en latín, cuya traducción carece de sentido sin las palabras que las siguen.

Las dos primeras bulas inter Caetera, de 3 de mayo de 1493, fueron redactadas una en abril, la otra en… junio. Esta falsificación de la fecha se explica por la voluntad del Papa, tras su encuentro con el embajador español, de esbozar el reparto entre España y Portugal, que no había previsto en el primer texto, pero dejando creer que ya lo había pensado antes.

En efecto, el primer texto decía: “Os damos, concedemos, y atribuimos todas y cada una de las tierras e islas citadas, tanto las desconocidas como las que ya han descubierto vuestros enviados, y las que quedan por descubrir, siempre que no estén bajo la dominación actual de señores cristianos”.

El segundo texto establece un reparto del Atlántico y de las tierras no descubiertas. Castilla disfrutaba de la soberanía al oeste de una línea imaginaria a cien leguas de los archipiélagos de Azores y Cabo Verde, los portugueses conservaban el derecho de ir hacia el sur usque indos.

Las dos bulas siguientes, Eximí Devotionis y Dudum Siquidem, con fecha de septiembre de 1493, ampliaban las donaciones hechas a Castilla. La primera daba a los castellanos los mismos derechos concedidos a los portugueses en su zona de influencia, la segunda preveía que las nuevas tierras descubiertas por los castellanos les pertenecerían “incluso si formaban parte de la India”. Esta bula casi hizo fracasar las negociaciones de Tordesillas. También reforzaba las pretensiones españolas en las Molucas.

La quinta bula, Piis Fidelium, estaba dirigida al padre Boíl, que dirigía a los religiosos que partieron con Colón en el segundo viaje; le concede grandes poderes, ya que este benedictino tenía la misión de organizar la evangelización de los indios.

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Tomado de
http://www.politicaexterior.com/articulos/politica-exterior/tordesillas-el-primer-reparto-del-mundo/

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