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Profecías de la mexicanidad: entre el milenarismo nacionalista y la new age. Francisco de la Peña

  • Categoría: Biblioteca Tolteca
  • Publicado el Domingo, 20 Septiembre 2015 18:12
  • Escrito por Guillermo Marín
  • Visto: 2768

Escuela Nacional de Antropología e Historia, inah

Resumen:

Las profecías asociadas a la espera de un cambio radical de la sociedad son un componente destacado dentro del sistema de creencias de los grupos que integran el movimiento de la mexicanidad. A grandes rasgos, estas creencias se dividen en dos tipos: aquellas vinculadas a una ideología nacionalista nativista y revitalista, y aquellas asociadas al universo pararreligioso de la new age. Si las primeras corresponden a las corrientes más radicales y populares del neoindianismo mexicanista, las segundas son compartidas por las agrupaciones más elitistas y eclécticas. En ambos casos, la llegada de una nueva época histórica, dominada por el ethos civilizatorio prehispánico o por una espiritualidad autóctona, es prevista bajo diferentes formas. En este trabajo se describen y se analizan algunas de estas profecías, mostrando los principios simbólicos que las ordenan, así como los fantasmas ideológicos en los que se soportan las posiciones subjetivas de las corrientes de este movimiento: la mexicanidad radical y la neomexicanidad.

 

Palabras clave: profecías, milenarismo, nativismo, mexicanidad, new age, neoindianismo

Abstract: The prophecies associated with awaiting a radical change in society are an important component within the belief system of the component groups that make up the Movement of Mexicanism. Broadly speaking, these beliefs are divided into two types: those linked with the nativist and revitalising nationalist ideology, and those associated with the para-religious universe of the new age. If the former belong to the most radical and popular Mexican neo-indianism, then the latter are shared by the most elitist and eclectic groups. In both cases, the arrival of the new historical age, dominated by the ethos of pre-Hispanic civilization, or a pre-Hispanic indigenous spirituality, is provided in two different forms. This paper describes and analyzes some of these prophecies, showing the order of the symbolic principles, as well as the ideological ghosts which support the subjective viewpoints of the different currents of this movement: radical Mexicanism and neo-Mexicanism.

Keywords: prophecies, millennialism, nativism, Mexicanism, new age, neo-indianism. 

Introducción

Elementos esenciales en el interior de los movimientos nativistas y revitalistas son las tendencias milenaristas y el discurso profético. La creencia en el retorno a un pasado idealizado en el que la cultura nativa será restaurada, o en la llegada de una era que verá el renacimiento de la cultura ancestral, asociado en algunos casos a la presencia o a la acción de uno o varios líderes mesiánicos, está presente por doquier en el seno de esta clase de movimientos, lo mismo en Oceanía que en África, en América que en el medio o el lejano Oriente. Algunos de los movimientos nativistas y las utopías de los pueblos indios en México han sido objeto de investigaciones importantes [Gruzinski, 1985; Barabas, 2002]. En este texto, empero, nos ocuparemos menos de los movimientos indígenas que de los movimientos indianistas, y del lugar que en ellos tiene un cierto número de profecías que alimentan su imaginario utópico.

En el llamado “movimiento de la mexicanidad”, una de las manifestaciones más conocidas del indianismo en nuestro país, el corpus de profecías que preconizan la restauración de la civilización autóctona juega un rol estratégico en la creencia en la “autoridad de la tradición” que los líderes de este movimiento dicen representar.

Las diversas corrientes que integran el movimiento de la mexicanidad, conformado en su mayoría por mexicanos mestizos de origen urbano ávidos de reencontrarse con lo que consideran sus auténticas raíces, se caracterizan por la promoción de distintas actividades que tienen como finalidad despertar y revitalizar la civilización ancestral. La danza, las ceremonias y rituales de inspiración nativista, el aprendizaje de las lenguas originarias de nuestro país, el rescate de la terapéutica tradicional, la interpretación de códices o monumentos, la reescritura de la historia del país en una perspectiva nativista, son sólo algunas de las prácticas que llevan a cabo los activistas de este movimiento. En este sentido, el movimiento neoindio en nuestro país, dada su compleja composición y la diversidad de las prácticas a que da lugar, puede ser analizado desde muy diversas aristas: históricas, políticas, económicas, psicológicas, religiosas. Pero en todos los casos, e independientemente de cuál o cuáles actividades sean privilegiadas por algún grupo en particular, las profecías ocupan un lugar destacado, permeando y legitimando estas prácticas.

Aunque muchos adeptos a las doctrinas mexicanistas no gustan hablar de profecías (un término que en su opinión suena demasiado “religioso” y asociado a la Iglesia) y prefieren referirse a ellas como “predicciones científicas” o “mandatos”, lo cierto es que, en gran medida, ellas constituyen un Profecías de la mexicanidad: entre el milenarismo nacionalista y la new age 129 número 55, septiembre-diciembre, 2012 fundamento destacado de la utopía mexicanista, un conjunto de creencias que justifica, explica y elabora ideológicamente la necesidad, tanto subjetiva como histórica, del renacimiento del mundo autóctono, y que le da legitimidad política al combate por esta causa. Describiremos en lo que sigue las principales profecías de la mexicanidad (recogidas a través del trabajo de terreno y de las investigaciones llevadas a cabo sobre este movimiento desde mediados de los noventa), muchas de las cuales conocen una amplia difusión dentro de las dos corrientes que atraviesan este movimiento, que hemos convenido en llamar mexicanidad radical y nueva mexicanidad [De la Peña, 2002]. Posteriormente, propondremos una breve interpretación de este corpus desde una perpectiva etnopsicoanalítica.

El fantasma de Cuauhtémoc

Entre las profecías más populares, destacan aquellas vinculadas a la figura de Cuauhtémoc, el último gobernante del imperio mexica. Dos de los personajes más importantes en el seno de la mexicanidad radical, la doctora Eulalia Guzmán y el licenciado Rodolfo Nieva, están relacionados con la promoción del culto a Cuauhtémoc dentro de este movimiento, un culto que se alimenta de diversas creencias que vinculan el retorno de Cuauhtémoc con el renacimiento de la cultura autóctona.

La señora Guzmán, arqueóloga y controvertida investigadora, está en el origen de la polémica suscitada por el descubrimiento de los restos que se atribuyen a Cuauhtémoc en 1949, en el pueblo de Ichcateopan, Guerrero.

En esta polémica, uno de los argumentos que sirvieron a Guzmán para sostener la autenticidad de sus hallazgos fue la tradición oral de Ichcateopan que, según ella, se remontaba a la época prehispánica. Una de estas tradiciones, que explica la aparición de los restos de Cuauhtémoc, habla de la existencia de diez cartas vivas, es decir, de diez generaciones de celosos guardianes del secreto sobre la tumba de Cuauhtémoc, depositarios de la verdadera historia sobre la vida y la muerte de este personaje, y que son sus descendientes [Olivera de Bonfil, 1980].

El señor Salvador Rodríguez Juárez, quien dio a conocer el lugar en el que se encontraban enterrados los restos de Cuauhtémoc, era considerado por Guzmán y por los mexicanistas como el descendiente directo del último tlatoani azteca, y la última “carta viva” que había preservado el secreto sobre Cuauhtémoc y que le habían transmitido sus ancestros.

Según Rodríguez Juárez, la legendaria historia de su familia, digna de una novela, remontaba a la época de la conquista, y tenía su origen en una esposa de Hernán Cortés, Catalina Juárez, y un príncipe chontal (pariente de Cuauhtémoc), que Cortés tomó por esclavo y envió a Cuba para que sirviera a su esposa. A la caída de Tenochtitlan, Cortés hizo venir a su esposa a México y descubrió que estaba encinta. Poco después, Cortés asesinó a su esposa, pero el padre del niño huyó con éste a su tierra de origen, el señorío chontal de Zompancuauhtin, en el actual estado de Guerrero. Dicho niño, llamado Juan, daría inicio a la genealogía de los Juárez y a la tradición secreta sobre la historia de Cuauhtémoc, que sus descendientes preservaran hasta el siglo xx.

Según la historia “oficial”, cuando Cortés salió rumbo a las Hibueras (Honduras) para combatir la sublevación de uno de sus subalternos, llevaba consigo al tlatoani Cuauhtémoc. Acusándolo de una conspiración contra él, Cortés había ordenado la muerte de Cuauhtémoc, en un lugar situado en el actual estado de Tabasco. Sin embargo, según la historia de la familia Juárez, los restos de Cuauhtémoc habían sido trasladados en secreto hasta su lugar de nacimiento, en Ichcateopan, por algunos de sus más fieles servidores.

El confesor de Cuauhtémoc, fray Juan de Tecto, había sido asesinado por Cortés por no haber accedido a revelarle lo que habló con el tlatoani azteca antes de su muerte. Fray Toribio de Benavente, conocido como Motolinia, fue nombrado por los franciscanos para investigar la suerte de Juan de Tecto, y sus pesquisas lo llevaron a Ichcateopan y a los restos de Cuauhtémoc. En 1529, Motolonia había inhumado los restos del héroe azteca para darles “cristiana sepultura”, grabando una placa en cobre y erigiendo una iglesia sobre el sepulcro, la actual iglesia de Santa María de la Asunción de Ichcateopan.

Después del entierro de los restos de Cuauhtémoc hecho por Motolinia, éste tomó a dos jóvenes chontales llamados Juan y Cruz para iniciarlos en la doctrina cristiana en la ciudad de Puebla. A su regreso a Ichcateopan, Juan era portador de un sobre y un relicario con un mensaje de Motolinia sobre los restos de Cuauhtémoc. A raíz de estos hechos, en torno a la tumba de Cuauhtémoc se había creado un grupo de ancianos, consejeros de Juan, y una “Guardia de los siglos”, que conservarían con el nombre de José Amado o Amado Amador, el sobre cerrado, el relicario y la tradición oral, que sería aprendida como una oración y transmitida al hijo primogénito de generación en generación.

Es así como Salvador Rodríguez Juárez, descendiente de las nueve “cartas vivas” y de la dinastía “Moctezuma-Chimalpopoca”, dice haber recibido en herencia los documentos, los objetos y la tradición oral sobre Cuauhtémoc, dándolos a conocer a la luz pública el 2 de febrero de 1949, junto con el presbítero de la iglesia de Ichcateopan, el señor David Salgado.

Con todo, la historia de la familia Juárez no sabría explicar el porqué de la revelación del lugar en el que se encontraron los restos de Cuauhtémoc sin tomar en cuenta la existencia de un elemento profético. En efecto, el señor Rodríguez se decidió a revelar el lugar donde se encontraron los restos del tlatoani azteca a fin de que se cumpliera una profecía que hablaba de su regreso, profecía aparentemente escrita por Motolinia.

Transmitida de generación en generación, la profecía decía algo así como: “Cuando el rostro del señor Cuauhtémoc aparezca en un valor de cinco, el tiempo habrá llegado” o “Si un día el rostro del señor Cuauhtémoc aparece en un valor de cinco, digan que su cuerpo yace aquí”, y ésta se habría cumplido en 1949, año en el que apareció la imagen de Cuauhtémoc en la moneda de cinco pesos. En este sentido, los hallazgos de Cuauhtémoc han sido vistos por los mexicanistas no como un simple descubrimiento histórico o arqueológico, sino como un signo que anuncia la llegada de una nueva época. Una nueva época que, por lo demás, habría sido anunciada personalmente por Cuauhtémoc.

En efecto, Rodolfo Nieva pretendía obedecer a una consigna que había proclamado el Consejo Supremo del Anáhuac a través del último gobernante azteca, Cuauhtémoc, el 12 de agosto de 1521, día en que la ciudad de México-Tenochtitlan fue tomada por los españoles. Según Nieva, los llamados “guardianes de la tradición” se la habían revelado durante los años cincuenta. Desde entonces, la profecía ha sido largamente difundida dentro de los grupos de la mexicanidad, hasta convertirse en una suerte de manifiesto del movimiento.

La consigna, que es conocida como “consigna de la mexicanidad” o mexicayotl, y que es ampliamente reproducida y difundida entre los adeptos a este movimiento, dice lo siguiente:

Nuestro sol se ha puesto, nuestro sol se ha ocultado y nos ha dejado en la más total obscuridad. Pero sabemos que él se elevará de nuevo para iluminarnos.

Mientras él permanezca ahí, en el Mictlan, debemos unirnos y ocultar en nuestro corazón todo lo que amamos. Ocultemos nuestros templos (teocaltin), nuestras escuelas (calmecah), nuestros terrenos de juego (telpochcaltin), nuestras casas del canto (cuicacaltin). Dejemos las calles desiertas y encerrémonos en nuestras casas, ahí estará nuestro teocaltin, nuestro calmecah, nuestro telpochcaltin y nuestra cuicacaltin. A partir de ahora y hasta que el nuevo sol aparezca.

Los padres y las madres serán los maestros y los guías que llevarán de la mano a sus hijos mientras vivan. Que los padres y la madres no olviden jamás decir a sus hijos lo que ha sido hasta hoy Anáhuac, protegida por los dioses y como resultado de las buenas costumbres y la buena educación que nuestros ancestros nos inculcaron con tanta perseverancia. Que no olviden tampoco decir a sus hijos cómo se elevará lo que un día será de nuevo Anáhuac, el país del nuevo sol.

Nieva afirmaba haber recibido esta consigna a través del señor Estanislao Ramírez, un ingeniero nativo del pueblo de Tláhuac y supuesto depositario de la consigna a través de la tradición oral. Pero, según otra versión, la consigna secreta había sido guardada por un anciano de nombre Atilano, del pueblo de San Lorenzo Tlacoyucan, lugar en el que todavía se tiene memoria de él, que la transmitió en náhuatl al señor Clemente Alvarado, octogenario de Santa Ana Tlacotenco, quien a su vez la comunicó al señor José González Rodríguez, vecino de Santa Cruz Acalpixcan.

En cualquier caso, la aparición de los restos de Cuauhtémoc y la consigna de Anáhuac se han convertido en dos de los principales motivos que alimentan la utopía mexicanista. Una curiosa variante de la creencia en el retorno de Cuauhtémoc es la que sostiene la señora Bernardina Green, dirigente de una agrupación mexicanista y quien se considera a sí misma como profetisa. Ella ha elaborado una versión a propósito de la imagen de la Virgen de Guadalupe, cuyo simbolismo interpreta según el código mexicanista.

Como es sabido, la colina del Tepeyac, donde la virgen hizo su aparición en los inicios de la época colonial, es el lugar donde en la antigüedad era celebrado el culto a Tonantzin Coatlicue, diosa de la tierra, de la muerte y de la fertilidad, y madre de Huitzilopochtli, dios tutelar de los aztecas. Desde su nacimiento, el culto guadalupano ha conservado este sustrato indígena y la imagen de la virgen ha sido considerada como un producto sincrético en el que se afirma tanto el triunfo del cristianismo como la resistencia indígena a la dominación.

Según la señora Green, la imagen de la virgen representa a una mujer indígena encinta y adormilada (su estado está indicado por unos brazaletes de conejo, símbolo de fertilidad, y por un lazo negro atado a su vientre), rodeada de rayos solares. Ella está de pie sobre una luna negra en cuarto menguante (símbolo femenino que reenvía a la tierra, la noche y la memoria) que sostiene un curioso ángel infantil con alas de águila. La imagen guadalupana alude a la espera de un salvador asociado a Cuauhtémoc, y la virgen sería la representación de la madre tierra (la patria mexicana) que duerme y que debe dar nacimiento a un redentor (el ángel con alas de águila) que será quien anuncie el Sexto Sol (la profecía que deriva de la imagen de la virgen guadalupana tiene una estrecha relación con otra profecía mexicanista, la de “la mujer dormida debe dar a luz”, que comentaremos más adelante).

El retorno de Quetzalcóatl

Entre las profecías más conocidas de la mexicanidad encontramos, al lado de las referidas a Cuauhtémoc, aquellas asociadas al retorno de Quetzalcóatl, inspiradas en la concepción prehispánica del tiempo. Se sabe que Quetzalcóatl era no sólo una deidad sino también un personaje histórico que nació en el pueblo de Amatlán, Morelos, en el año 843 (hemos visto que este pueblo es uno de los santuarios más importantes para los mexicanistas).

Se considera también que el nombre de Quetzalcóatl era una suerte de título que simbolizaba el conocimiento, el poder político y religioso, y que pudieron haber existido diversos personajes históricos que lo llevaron.

Los mexicanistas afirman que, de acuerdo con el calendario azteca, existían dos grandes ciclos temporales que se sucedían entre sí, un macrociclo diurno de 678 años y un macrociclo nocturno de 468 años. Según esto, el macrociclo de 678 años, que comprendía a los 13 señores del día y estaba regido por Quetzalcóatl, comenzó en 843 (fecha en la que nació Ce-acatl Topiltzin Quetzalcóatl) y terminó en 1521 (fecha en que fue destruido el imperio mexica). Dicho ciclo fue sucedido por un macrociclo nocturno de 468 años, que comprendía a los nueve señores de la noche y estaba regido por Tezcatlipoca, y que culminó en 1989. Cada uno de los señores del cielo representaba un ciclo de 52 años, a cuyo término del cual se realizaba la ceremonia del fuego nuevo por medio de la cual se renovaba el universo así como el pacto que unía a los dioses con los hombres.

Según la mitología prehispánica, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca encarnaban la dualidad cósmica que oponía y al mismo tiempo unía al cielo y la tierra, el sol y la luna, la luz y la oscuridad, la inteligencia y la memoria. El combate entre ambos dioses, hermanos-enemigos y creadores de la humanidad, explica la sucesión de las diferentes eras y las diferentes civilizaciones en el mundo antiguo. Como, de acuerdo con la concepción del tiempo prehispánica, habían existido ya cuatro eras o soles, el Quinto Sol, aquel en el que nació y fue destruida la civilización azteca, para los mexicanistas debería iniciarse a partir de 1989 un nuevo ciclo diurno, el Sexto Sol regido por Quetzalcóatl.

Sin embargo, aunque, en teoría, en 1989 se termina la era de Tezcatlipoca y da inicio el Sexto Sol, la danza de las cifras se ha convertido en un motivo de debates intensos entre los mexicanistas, quienes no se ponen de acuerdo sobre la fecha exacta y en particular sobre los “signos” que anuncian la llegada del Sexto Sol. Al igual que en la mayor parte de los movimientos profetistas, los grupos de la mexicanidad están marcados por un espíritu adventista atento a toda clase de eventos que puedan anunciar el fin del Quinto y el comienzo del Sexto Sol.

Para algunos, el Sexto Sol se inició en 1987, pues establecen su cálculo a partir de 1519, año en que llegó Cortés a México. Otros hacen comenzar el Sexto Sol en 1988, año en el que las elecciones por la presidencia de México vieron aparecer a un político que lleva el nombre del último gobernante azteca, Cuauhtémoc Cárdenas, o en 1996, año en que dicho político fue elegido gobernante de la capital de México y del antiguo Anáhuac, la ciudad de México-Tenochtitlan. Hay quienes sostienen que el Sexto Sol comenzó en el año 2000. Finalmente, hay quienes ven en el levantamiento armado de los indios mayas de Chiapas, en 1994, el signo más claro del nuevo sol de Quetzalcóatl.

En cualquier caso, la llegada del Sexto Sol es asumida como un hecho por casi todos los mexicanistas (independientemente del momento preciso en el que sitúen su inicio), y como el marco desde el cual los más diversos signos del renacimiento de la civilización autóctona adquieren todo su sentido.

De sitios y objetos sagrados

Existen otras creencias en la restauración de la cultura de Anáhuac asociadas a la reaparición de lugares o al retorno de ciertos objetos ligados al pasado prehispánico. Entre ellas destacan aquellas relativas al descubrimiento de Aztlán, la cuna mítica de los mexicas. Muchos miembros del movimiento de la mexicanidad piensan que tal lugar se encuentra en la isla de Mexcaltitán, en el estado de Nayarit. Mucho se ha especulado entre historiadores o arqueólogos sobre la semejanza que la traza de este pueblo insular tiene con la ciudad-isla de Tenochtitlan [Tibón, 1995].

Sin embargo, ha sido la decisión política de un gobernador de este estado atraído por las doctrinas mexicanistas, el señor Celso Delgado, la que transformó una simple coincidencia en una verdad histórica oficial.

En efecto, Mezcaltitán fue declarada en 1986 como el asiento de la antigua Aztlán sin ningún fundamento serio y con un fin puramente comercial y turístico. Jêrome Monnet ha hecho el análisis crítico de este fenómeno de utilización política de un mito [Monnet, 1995]. Evidentemente, muchos grupos de la mexicanidad han visto en esta decisión la confirmación de las profecías de restauración, y las concentraciones con fines rituales en la isla han aumentado considerablemente en los últimos años. La celebración oficial del primer encuentro de la mexicanidad en 1989 en esta isla demuestra hasta qué punto los políticos mexicanos alientan las actividades de los grupos de la mexicanidad.

Las excavaciones arqueológicas que condujeron al rescate de las ruinas del Templo Mayor, en 1978, en el centro de la ciudad de México, han tenido también un gran impacto en el imaginario mexicanista, y para no pocos la reaparición del más importante templo o Teocalli azteca es el signo más claro del renacimiento cultural que se avecina. El objeto más conocido encontrado en el transcurso de las excavaciones, el monolito de Coyolxauhqui, deidad lunar y hermana enemiga de Huitzilopochtli, se ha convertido en uno de los monumentos más venerados y motivo de toda clase de análisis e interpretaciones entre los mexicanistas, quienes le atribuyen los más heterogéneos significados.

Y la toma del Zócalo en 1982 por parte de los grupos de danza de inspiración prehispánica, un evento considerado capital por los adeptos del movimiento de la mexicanidad, ha hecho de este el lugar privilegiado para la realización de toda clase de ceremonias mexicanistas (frente a las ruinas del antiguo Templo Mayor), y el espacio en el que, dada su importancia turística, los más diversos grupos mexicanistas difunden sus ideales, hacen proselitismo y venden sus publicaciones. Por lo demás, la probable existencia de otros monumentos prehispánicos enterrados debajo de la catedral o en otros lugares del Zócalo de la ciudad, monumentos a los que se les atribuye la custodia de toda clase de misteriosos secretos sobre el pasado autóctono, alimentan las más diversas fantasías de restauración cultural entre los mexicanistas.

El retorno de objetos de origen prehispánico que se encuentran en distintos países extranjeros es otro rubro asociado a las profecías mexicanistas.

Así, la donación del papa Juan Pablo II a México del Códice Badiano o la repatriación del Códice Aubin, o Tonalamatl Aubin, que estaba en la Biblioteca de París, han sido celebrados por los mexicanistas como importantes signos de restauración. Asimismo, la devolución del Pantli, o emblema bandera de Anáhuac, que se encuentra en el Vaticano, es esperada como un signo anunciador del resurgimiento de Anáhuac.

Con todo, el objeto cuya repatriación despierta más expectativas entre los mexicanistas es el llamado penacho, o Quetzalcopilli, de Moctezuma, el máximo gobernante azteca a la llegada de los españoles, considerado por muchos como la corona de México. Uno de los activistas mexicanistas más polémicos y mediatizados, llamado Xoconochtle, alienta la iniciativa de su solicitud al gobierno austríaco y reclama como suya esta causa, de la que afirma ser promotor desde 1986 no sólo en México sino también en Europa, donde es muy conocido. Xoconochtle, cuyo verdadero nombre es Antonio Gomora, se inició en la práctica de la danza mexica como discípulo del general Felipe Aranda, y durante mucho tiempo fue guía de turistas en el Museo Nacional de Antropología. Partidario de la mexicanidad radical, Xoconochtle publicó en 1988 un libro (traducido también al alemán) titulado Juicio a España. Testigos… Aztecas, en el que defiende las ideas de autores como Rodolfo Nieva e Ignacio Romerovargas sobre el mundo prehispánico. Como ellos, niega la existencia de sacrificios humanos, afirma que los aztecas no tenían una concepción religiosa sino científica del universo, que las fuentes de la historiografía del mundo prehispánico están plagadas de calumnias, que el náhuatl es la lengua más armónica que existe, etc. [Xoconochtle, 1988; Romerovargas, 1995; Nieva, 1991].

Establecido en Europa desde hace muchos años, Xoconochtle, quien dice ser poliglota (afirma hablar el alemán, el inglés y el italiano, aparte del español y el náhuatl), promueve en este continente las doctrinas de la mexicanidad no sin cierto éxito. Él ha creado un grupo llamado Yancuicanáhuac, que radica en Austria y que se dedica a realizar ceremonias frente al Museo de Etnografía de Viena, así como a recabar firmas entre los austríacos a fin de hacer pasar a las cámaras la propuesta de devolución de la corona del gobernante azteca a México. Las danzas y los rituales que Xoconochtle y su grupo realizan frente al museo, demandando la devolución del penacho, forman ya parte del folklore local de esta ciudad.

En nombre de los indios de México, Xoconochtle ha encabezado diversas manifestaciones en Europa y ha participado en diversos foros internacionales sobre derechos culturales, con lo que ha logrado atraerse la simpatía de muchos europeos y la hostilidad de las autoridades (el 12 de octubre de 1993, a raíz de una manifestación dirigida por Xoconochtle, él y su grupo fueron objeto de una severa golpiza por parte de la policía austríaca).

Según Xoconochtle, Moctezuma habría regalado este penacho a Hernán Cortés, quien lo habría enviado al rey Carlos V, y afirma que el penacho original estaba completamente recubierto de oro (Cortés habría arrancado el metal precioso para convertirlo en barras, por lo que hoy día sólo puede apreciarse la belleza del trabajo plumario de este penacho). Xoconochtle y sus partidarios piensan que la restitución de este penacho será el signo del retorno de Moctezuma entre los mexicanos y del arribo del Sexto Sol. En todo caso, las acciones de Xoconochtle no han sido ineficaces.

En julio de 1996 el presidente austríaco propuso al gobierno mexicano la restitución del penacho. La idea era que se tratara de un regalo en agradecimiento por la oposición del gobierno mexicano a la ocupación de Austria por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y de un gesto de generosidad en el aniversario de los mil años de existencia de Austria.

Desgraciadamente, la oposición del parlamento austriaco a esta iniciativa impidió su concretización, y lo más probable es que el penacho no sea devuelto en el futuro al gobierno mexicano.

Eventos astronómicos y naturales como destinos cósmicos

En lo que concierne a los fenómenos naturales que los mexicanistas consideran como signos anunciadores de la restauración de la civilización autóctona, podríamos mencionar varios acontecimientos astronómicos, desde la alineación de los planetas que se suscitó en marzo de 1982 hasta el paso del cometa Halley en agosto de 1986, el acercamiento del asteroide Ícaro en 1988 o el eclipse lunar de 1993.

Un lugar especial ocupa el eclipse solar del 11 de julio de 1991, importante para los mexicanistas porque su trayectoria no sólo atravesó el continente americano desde el océano Pacífico hasta el océano Atlántico, sino porque el trayecto del eclipse, yendo desde Nayarit hasta la ciudad de México para continuar hacia Centroamérica, coincidió, según los militantes de la mexicanidad, con el recorrido histórico de los antiguos pueblos nahuas, desde Aztlán hasta México-Tenochtitlan.

Además, este eclipse coincidió con la conmemoración, 666 años después, de la fundación de México-Tenochtitlan, en julio de 1325, fecha en la que también hubo un eclipse total de sol. Por esta razón, las ceremonias conmemorativas de la peregrinación de los aztecas y de la creación de la capital de su imperio, confundidas con aquellas para recibir la llegada del Sexto Sol, se multiplicaron este día en muchos de los sitios por los que atravesó la sombra del eclipse (en particular en la ciudad de México y en las costas de Nayarit, estado en el que muchos mexicanistas creen que se encuentra localizada la mítica Aztlán).

Más recientemente, es sabido que existe una gran expectativa entre los grupos de la mexicanidad de inspiración mayista, aunque no sólo entre

ellos, por lo que sucederá en el año 2012, ya que, de acuerdo con las cuentas del tiempo de los antiguos mayas, ese año termina un gran ciclo cósmico y da inicio otro, que para muchos constituirá una nueva era de grandes cambios. La llamada “profecía maya”, la más popular profecía de la mexicanidad en nuestros días, ha sido objeto de toda clase de interpretaciones, y los libros, videos y programas televisivos sobre el tema se han multiplicado vertiginosamente conforme se acerca ese año. Los medios de comunicación y muchas figuras del espectáculo han hecho suya dicha profecía, promoviendo con ese motivo una suerte de espiritualidad mexicanista y new age que amalgama conciencia planetaria, ecologismo y pacifismo.

Junto a los fenómenos astronómicos, otros fenómenos naturales importantes para los mexicanistas son las erupciones volcánicas y los terremotos.

Para muchos de ellos, el Sexto Sol comenzó en 1985, a partir del terremoto que asoló a la ciudad de México, pues el símbolo del Quinto Sol (Nahui-Ollin o 4-Movimiento) supone que el fin de este sol coincidiría con un fuerte terremoto. Otros han visto los signos del fin del Quinto Sol en la erupción del volcán Chichonal en el estado de Chiapas, en 1983, y, sobre todo, en la reciente reactivación del volcán Popocatépetl, volcán que ha generado en los últimos años una verdadera inflación del imaginario colectivo de los mexicanos. Los mitos asociados a la famosa pareja de volcanes, Iztaccíhuatl, la mujer blanca o “mujer dormida”, cuyo sueño eterno cuida su amante Popocatépetl, resurgen junto con los temores por el sorpresivo enojo del temperamental “Don Gregorio”, nombre con el cual es conocido el volcán Popocatépetl por los campesinos que habitan en sus faldas. [Glockner, 1996 ; Villa Roiz, 1997].

La nueva mexicanidad y el profetismo new age

Para completar este recuento, nos referiremos ahora a las profecías sobre la restauración de la cultura prehispánica vinculadas a las doctrinas de la nueva mexicanidad, una corriente de este movimiento estrechamente ligada a la subcultura new age. Una creencia que subyace en las profecías de esta corriente es aquella que se refiere al nacimiento de una civilización antimaterialista e inspirada en valores “espirituales” a causa del cambio de la era de Piscis a la de Acuario.

Interpretada y asimilada al universo de la mexicanidad, esta creencia, que forma parte del arsenal de postulados de la new age, ha adquirido un fuerte acento indianista. La nueva civilización de la era de Acuario es vista como el resultado del despertar de las civilizaciones prehispánicas, y las profecías de inspiración prehispánica asociadas a los ciclos cósmicos (el retorno de Quetzalcóatl en México o el retorno de Pachacutec en Perú) se confunden en este contexto con el arribo de la era de Acuario. Las variantes de esta creencia son diversas, pero todas parten del principio de que el cambio de eras ha acarreado el cambio de los centros depositarios de las energías cósmicas en nuestro planeta, desde el Tíbet hacia América Latina.

Según el venezolano Domingo Días Porta, portavoz en el interior de la nueva mexicanidad de las doctrinas de la Gran Fraternidad Universal (gfu) y de su creador, Serge Raynaud de la Ferriere, si en la era de Piscis dominó la polaridad Oriente-Occidente, en la era de Acuario lo hará la polaridad Norte-Sur. Por ello, si el Tíbet fue el centro de la más alta espiritualidad en la era de Piscis, actualmente las energías planetarias se están concentrando en la cordillera de los Andes, columna vertebral de la Tierra y región de donde nacerá una nueva civilización iniciático-indianista que se extenderá primero a todo el continente y después al mundo entero. La unión del norte y del sur es la principal tarea de los misioneros de la nueva era, que deben promover todas las actividades rituales necesarias para unificar a las culturas ancestrales del continente americano.

Para Ayocuan, un personaje clave en el nacimiento de las doctrinas neomexicanistas, las energías cósmicas se concentran no en la cordillera de los Andes sino en México, país que está llamado a ser la cuna de la nueva civilización. Ayocuan, pseudónimo con el que un escritor (del que no es muy clara la identidad) publicó un muy popular libro de tema mexicanista titulado La Mujer Dormida debe dar a luz, en la década de los años setenta, recurre a una supuesta profecía tibetana para afirmar que a partir de 1982, año en el que México alcanzó una población de 70 millones de habitantes, se han creado las condiciones para el nacimiento de la nueva civilización, nacimiento representado con la metáfora del parto de “la mujer dormida”, que no es otra sino el volcán Iztaccíhuatl, cuyo parto consiste en el despertar de la conciencia autóctona entre los mexicanos.

Arturo Velasco Piña, por su parte, ha creado a Regina, título de una novela muy exitosa y personaje literario que se ha convertido en objeto de culto entre los adeptos de la nueva mexicanidad. En dicha novela, en torno al personaje de Regina se amalgaman la idea de la era de Acuario con la profecía tibetana de Ayocuan y con el mito político de 1968, dotando al imaginario mexicanista de un poderoso símbolo. Hábilmente, Velasco Piña, ideólogo y líder de una corriente importante en el seno de la nueva mexicanidad, reescribe la historia del movimiento estudiantil del 68 hasta transformar a éste en un movimiento milenarista y nativista, un movimiento creado y dirigido por su personaje, al que atribuye poderes sagrados y una misión divina. Regina es a la vez la misionera de la era de Acuario, la encarnación de Cuauhtémoc, la depositaria de la sabiduría tibetana y la guía espiritual del movimiento del 68 en el país, cuya finalidad ha sido menos la democratización de un régimen autoritario que el despertar de la “mexicanidad” y el renacimiento de los valores autóctonos.

Otras profecías neomexicanistas se relacionan con la civilización maya, que junto con la azteca o mexica es el fundamento del nativismo de este movimiento. En su versión de la llegada del nuevo sol, José Argüelles, autor de origen méxico-norteamericano, del bestseller El factor maya, propone una interpretación de las cuentas del tiempo cósmico entre los antiguos mayas, concluyendo que el “quinto mundo”, que se confunde fácilmente con la era de Acuario o la nueva era, ha sido anunciado por los calendarios mayas, y comenzará en 2012. Según Argüelles, el calendario sagrado maya era una matriz galáctica, más que planetaria, que permitía registrar la información que a través de los ciclos de las manchas solares llega a la tierra desde las Pléyades. Este indicador galáctico no sólo permite comunicarnos con la inteligencia cósmica; también explica los ciclos civilizatorios de la humanidad, que se producen por la resonancia mórfica que vincula a la tierra con la galaxia. De ahí que las cuentas astronómicas mayas se extiendan por miles de años y que, de acuerdo con el último gran ciclo cósmico (que consta de 5 125 años divididos en 13 baktunes) que se inició en 3113 aC, éste terminará en 2012. En el tránsito a este nuevo ciclo, 1987 y 1992 han sido años claves, por lo que Argüelles y sus seguidores han organizado las llamadas convergencias armónicas, concentraciones masivas en los más diversos sitios prehispánicos del país, con el fin de permitir que la tierra y nuestro sistema solar entren en resonancia armónica con la “inteligencia” galáctica, o Hunab Ku. La convergencia armónica, según Argüelles, llevará a la humanidad a ingresar a una civilización postecnológica, ecológica y planetaria, inspirada en el ejemplo de los antiguos mayas.

Por su parte, Humbatz Men, cercano a la gfu y uno de los más conocidos representantes de la mayafilia en el interior de la mexicanidad, recurre a la tesis según la cual los iniciados mayas recorrieron la India y el Tíbet hace dos mil años, en la búsqueda de conocimiento, y hace referencia a una profecía según la cual “el pueblo maya se despertará cuando arriben unos seres vestidos con hábitos del color del sol”, en alusión a los lamas tibetanos que han visitado México y han participado en distintas ceremonias organizadas por los mexicanistas. La combinación de nativismo y orientalismo es un rasgo presente en el discurso de la nueva mexicanidad, que ha justificado los intercambios con los monjes budistas tibetanos y con el Dalai Lama, quienes han visitado nuestro país en varias ocasiones para participar en ceremonias conjuntas con los grupos de la nueva mexicanidad.

Alberto Ruz, hijo del célebre arqueólogo Alberto Ruz Luhier, es un destacado activista de la nueva mexicanidad, quien, después de un largo itinerario en búsqueda de espiritualidad, se incorpora a una agrupación indianista llamada Los Guerreros del Arcoiris, nombre que alude a una profecía que se encuentra presente en un mito que supuestamente existe en la mayoría de las culturas autóctonas. Dicho mito habla de la aparición de un ejército de guerreros impulsados por el amor y cuya misión será curar y salvar a la madre Tierra cuando ésta sea amenazada con la destrucción por parte de los hombres. Los guerreros del arcoiris constituyen una tribu internacional cuya misión es la difusión de todos los mensajes de paz, las profecías y la sabiduría de las culturas ancestrales, a fin de crear la ecotopía, una nueva cultura planetaria basada en una relación armónica y pacífica con la naturaleza, que evite la destrucción del planeta.

Fantasía ideológica y sutura simbólica

La diversidad de profecías sobre el renacimiento de la cultura prehispánica nos demuestran que la espera milenarista y en algunos casos mesiánica son componentes muy destacados del imaginario mexicanista. Sin duda, los elementos escatológicos y adventistas están presentes de diversas formas en el movimiento mexicanista. La espera de una nueva civilización o una nueva era, la obsesión por los cómputos del tiempo o por los signos que anuncian su llegada, los arquetipos del Paraíso perdido, la Edad de Oro o el Reino milenario, el igualitarismo y la transformación integral de la sociedad, la llegada o el retorno de un redentor o guía espiritual, así como el medio carismático que favorece su transmisión, todos estos motivos son recurrentes en el imaginario profético que permea al movimiento de la mexicanidad.

En este sentido, la mexicanidad puede ser vista como un movimiento nativista con un fuerte acento milenarista y mesiánico, nativismo que podríamos concebir, siguiendo dos definiciones clásicas, como una “acción colectiva motivada por el deseo de restaurar una conciencia de grupo comprometida por la presencia de una cultura extranjera, gracias a la evidencia masiva de un aporte cultural propio”, o en la definición clásica de Linton, como una “tentativa consciente y organizada de parte de los miembros de una sociedad para reactualizar o perpetuar ciertos aspectos determinados de su cultura, según la idea que se hacen de ellos” [Muhlmann, 1968:15].

Con todo, se trata de un nativismo sui géneris y complejo. Sui géneris porque su corpus profético no sólo es nacionalista, ya que reenvía a un proyecto a la vez nacionalista y planetario, a un imaginario que, apelando a lo autóctono, aspira a transformar radicalmente el perfil espiritual, cultural y político de México, pero también del mundo. Complejo, porque se trata de  un nativismo que no sólo se nutre de las esperanzas milenaristas, pues no es ajeno al utopismo moderno y a las ideologías revolucionarias, con su tendencia a la invención racional, el cálculo y la planificación de un nuevo orden.

En este sentido, el corpus profético de la mexicanidad, así como las cosmologías individuales que inspira y de las que es el resultado, nos invitan a distinguir en el seno del universo mexicanista la presencia tanto de un milenarismo religioso, inminentista y disruptivo, como de un milenarismo secular, inmanentista y evolutivo, es decir, la coexistencia en su interior tanto de un milenarismo utopista como de un utopismo milenarista [Desroche, 1973:184]

En cualquier caso, desde una perspectiva etnopsicoanalítica, se puede constatar que el fantasma ideológico que anima el sueño del retorno de un pasado idealizado o la creación de un nuevo mundo inspirado en la civilización prehispánica, es el de la sociedad sin falla. Como afirma ŽiŽek, la apuesta del fantasma ideológico es, en efecto, construir la imagen de una sociedad sin escisión, de ahí que su forma fundamental sea la de la sociedad orgánica. Fantasma del vínculo armónico (con la naturaleza, entre los hombres), de la relación social sin falta, del equilibrio y la sabia distribución de los recursos, de la pacífica convivencia exenta de cualquier clase de violencia (entre hombres y mujeres, entre generaciones, entre pueblos).

Si, como sostiene Lacan, el fantasma neurótico pretende negar la castración y la falta-en-ser; es decir, si pretende rechazar la no-relación sexual, el fantasma ideológico apunta a reprimir la no-relación social, el malestar en la cultura que es el correlato de la inscripción del hombre en el orden simbólico. Fantasma que, en el contexto del imaginario de la mexicanidad, sólo puede manifestarse proyectado en un idílico pasado ancestral o sobreviviendo y abriéndose paso en el presente gracias a la memoria genética, los arquetipos arcaicos o la herencia filogenética [ŽiŽek, 1993].

La operación de sutura simbólica que vehicula el ideal profético es, en este sentido, el mecanismo ideológico por antonomasia del que se vale el relato escatológico para capturar la imaginación de sus adeptos, prometiéndoles un acceso privilegiado al goce de Das Ding, de La Cosa nacional.

Porque La Cosa freudiana, objeto original que sólo en tanto perdido ejerce sus efectos, Otro materno evocador de la fusión simbiótica con el todo, causa ausente que alimenta los deseos, apunta aquí a lo real de la nación, a lo auténticamente mexicano, a aquello que el fantasma profético promete a los hombres.

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Tomado de: http://www.redalyc.org/pdf/351/35128270015.pdf

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