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EL DESARROLLO HISTÓRICO DEL NACIONALISMO. Baruc Noel Martínez Díaz

  • Categoría: Biblioteca Tolteca
  • Publicado el Sábado, 19 Septiembre 2015 00:38
  • Escrito por Guillermo Marín
  • Visto: 1183



Ahora, pues, es momento de ahondar, aunque sea rápidamente, en los orígenes y desarrollo histórico del nacionalismo mexicano, no sin antes realizar una serie de aclaraciones. En primer lugar destacar, como lo ha hecho notar Anderson, que los nacionalismos americanos antecedieron a muchos de los europeos y que esto de por sí ya es motivo de admiración y es menester una explicación para este caso en particular.48



 Asimismo, reconocer que no tiene sentido, desde mi perspectiva, el hablar sobre la nación y el nacionalismo mexicanos desde el mundo mesoamericano, puesto que este fenómeno surgió a finales del siglo XVIII y sólo a partir de entonces adquiere significación el tema de este apartado. También hay que aclarar que el presente recorrido histórico se detendrá en el periodo cardenista, pues es éste el momento crucial para la explicación del tema de esta investigación, lo cual no quiere decir que después de este lapso no haya seguido desarrollándose el nacionalismo en tierras mexicanas. En cuanto a la primera cuestión de por qué surgieron los Estados nacionales en  América antes que en el Viejo Continente, se debe reconocer la participación que tuvo un estrato privilegiado dentro de las sociedades coloniales: el criollo. Así pues, el papel que desempeñarán los criollos, para lograr sus respectivas independencias y el posterior surgimiento de las naciones americanas, será fundamental para entender este adelanto con respecto a Europa. Hay que recordar también que muchos de los nuevos Estados nacionales americanos iban a corresponder con las antiguas unidades administrativas coloniales, pero esto por sí solo no explicaría la cuestión arriba mencionada.49

 La explicación que ofrece  Anderson, y que me parece acertada, es la valoración del “viaje simbólico” en su variante de peregrinación. Así los funcionarios virreinales, en sus diferentes “peregrinajes” por sus colonias correspondientes, iban creando una imagen de comunión y unidad, al encontrarse con otros peregrinos como ellos.50

 Al transcurrir el tiempo los criollos iban tomando conciencia de su destino: nunca ocuparían un cargo principal, pues éstos estaban destinados para los peninsulares; no obstante que no les estaba negado el acceso a ciertas funciones en la administración colonial, lo cual, a la postre, les confirió un doble carácter a los criollos: por un lado eran una comunidad colonial y, por el otro, una clase privilegiada.51

 Pero lo que sin duda alguna ayudó para difundir la situación de los criollos, su conciencia como grupo de élite, y la concepción de una identidad compartida, fue la emergencia del capitalismo impreso en las coloniales americanas, que aunado a los elementos mencionados permitió imaginar los Estados nacionales, teniendo como actores principales a los criollos americanos.52

Ahora bien, el primer punto de partida para entender el nacionalismo mexicano es lo que David A, Brading ha denominado el patriotismo criollo, que se fue gestando en la Nueva España a raíz de un sentimiento de desplazamiento que padecieron los criollos a manos de los españoles peninsulares.53

 Esto, desde luego, fue un proceso largo; a principios del siglo XVII se encuentran los primeros gérmenes de este patriotismo, cuando los criollos formaron una imagen de sí mismos como los herederos desposeídos.54

 Uno de los factores que más ayudó a moldear la conciencia criolla fue el pasado mesoamericano, en específico el de la “grandeza azteca”, del que poco a poco se fue apropiando este sector “desposeído”. El primer acercamiento a este pasado “glorioso” fue el que produjo la obra Monarquía Indiana
de fray Juan de Torquemada, en donde se exaltaba a la civilización prehispánica pero sin quitarle, todavía, el tinte demoníaco que se le había achacado al mundo indígena.55

Pero, conforme fueron transcurriendo los años, la desatanización del pasado indígena se fue haciendo más evidente, lo que a la larga permitiría la identificación entre este pasado y la élite criolla. Dos sucesos se volvieron fundamentales para llevar a cabo el exorcismo de lo mesoamericano: el mito de que el apóstol Santo Tomás fue el legendario Quetzalcoatl y la construcción en mito fundacional de la aparición de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.56

 Esto fue muy importante porque elevaba a la Nueva España a un status nuevo: ¿por qué la madre de Dios ha escogido este lugar y no otro en el mundo para aparecerse? Los religiosos novohispanos también hicieron lo propio para consolidar la conciencia criolla, sobre todo hablo de los jesuitas y, en específico, de Francisco Javier Clavijero, quien con su obra Historia antigua de México, contribuyó enormemente para quitarle el tinte demoníaco a la religión y cultura mesoamericanas; esto produjo la identificación de los criollos con el pasado indígena; en pocas palabras Clavijero expropió el pasado mesoamericano para los suyos,57 los criollos, dejando sin historia a los indios contemporáneos de él. Al decir de Guillermo Bonfil Batalla: “Esta expropiación, como el guadalupanismo, era un proceso ideológico necesario para minar las bases que pretendían legitimar la dominación peninsular”58.  

Así las cosas, el patriotismo criollo que servirá fundamentalmente para destruir la dominación peninsular y su base ideológica, será el basamento sobre el cual se erigirá el nacionalismo mexicano de los años de la Independencia y que, inclusive, muchos de sus elementos se han reproducido hasta nuestros días. Por ello afirma Brading: “[…] los intelectuales criollos, especialmente el clero, expropiaron ese pasado para ellos mismos librarse de España. Los temas característicos del patriotismo criollo –neoaztequismo, guadalupanismo y repudio a la Conquista- fluyeron directamente hacia el nacionalismo mexicano”59.

Ya propiamente dentro de la revolución de independencia es menester reconocer las aportaciones de fray Servando Teresa de Mier y de Carlos María Bustamante como sus principales impulsores. Ellos, prácticamente, echaron las bases para que muchos años después la idea de la “nación mexicana” fuera ahondándose en las diversas capas sociales de nuestro país. A través de sus textos también dotaron al movimiento insurgente de una ideología que destruía la legitimidad de los españoles en la Nueva España; sobre todo el primero de ellos contribuyó con la teoría de que Santo Tomás estuvo en Mesoamérica evangelizando a los indígenas bajo la figura de Quetzalcoatl, teoría que demolía las bases ideológicas sobre las que se había justificado la dominación española:

La teoría de la evangelización apostólica, no obstante, ahora confería lo que constituía un bautismo retrospectivo del pasado indígena. Abrió el camino a la completa aceptación de los aztecas como los representantes de la antigüedad mexicana. Más aún, debilitó el derecho fundamental de la monarquía española a la dominación del Nuevo Mundo: su misión de cristianizar a los indios.60
 
De esta forma, los insurgentes encontraron en estos dos personajes la fundamentación a nivel teórico de su lucha. El nacionalismo sentó sus reales entre las filas de los insurgentes, aunque esto no signifique que todos los rebeldes compartieran las ideas de Mier y de Bustamante. Pero a nivel discursivo sí fue importante la participación de ellos, sobre todo porque fueron los primeros en historiar el movimiento insurgente, desde su particular perspectiva nacionalista, y esto le confería un matiz muy específico. Al respecto comenta Brading: “Los insurgentes, herederos de Cuauhtémoc, luchaban para liberar a la nación mexicana de las cadenas que la Conquista le había impuesto. Así quedaba claramente identificado el pasado indígena como pasado mexicano”61.

Una vez formado el país que hoy llamamos México Bustamante seguiría sosteniendo sus ideas: la nación mexicana fue fundada cuando los aztecas se establecieron en Tenochtitlan, la conquista fue el sometimiento de esta nación a manos de unos extranjeros, la independencia permitió liberarla de trescientos años de opresión hispánica y devolverle el gobierno a los verdaderos dueños de él. Sin embargo, no todos los miembros de la élite apoyaban estas ideas, había quienes sostenían que la nación mexicana había sido creada a la llegada de Hernán Cortés a estas tierras, y que el pasado indígena nada tenía que ver con los nacientes mexicanos. El más célebre expositor de esta idea fue Lucas Alamán:

Consistente en su representación del presente y del pasado, Alamán alimentaba la imagen de un México fundado por Cortés y conducido a la independencia por Iturbide. Su México era un México español, católico y aristocratizante. Era también un México borbónico, su prosperidad sería el fruto de la colaboración entre un administración ilustrada intervencionista y la élite minera y mercantil62.

Durante todo el siglo XIX, y también durante el XX, habrá intelectuales que se afiliarán a uno u otro bando para rastrear los orígenes de la nación mexicana. Como sea, lo que aquí interesa, ante todo, es aquel nacionalismo en donde el indio idealizado y su cultura exaltada juegan un papel importante en el andamiaje ideológico de éste. Brading afirma que con la muerte de Bustamante, acaecida en 1848, el proyecto nacionalista que él sostenía (indigenismo histórico, guadalupanismo y republicanismo moderado) también murió en esta fecha, pues en la ideología liberal no tuvo cabida éste,63 afirmación con la que no estoy totalmente de acuerdo pues en la historia de México se pueden rastrear estos tres elementos, sostenidos por otros ideólogos durante el apogeo del mismo liberalismo. Sobre todo hay que repensar la actuación de indígenas liberales, como Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano, quienes sostenían una idea de nacionalismo donde el pasado indígena tenía un peso importante. La participación de este último en la revista El Renacimiento jugó un papel indispensable en la construcción de la nación mexicana, pues a través de ella se publicaron varios artículos sobre la cuestión nacional, vista sobre todo desde una perspectiva artística y cultural,64 en donde además la cuestión indígena poseía un papel fundamental:

Como indígena y mexicano culto, Altamirano afirmaba también la conveniencia de que se prestase mayor atención al estudio de las lenguas aborígenes. Procuraba su estudio como un medio de afirmación nacional y un instrumento para el conocimiento de nuestras antigüedades históricas. Deploraba que fueran extranjeros sus mejores conocedores y aplaudía los trabajos de Faustino Chimalpopoca Galicia, autor de una gramática del náhuatl65.

Pero la cuestión nacional con tintes indigenistas no sólo se manifestó del lado liberal, durante el llamado Segundo Imperio, el de Maximiliano de Habsburgo, un personaje también contribuyó a la difusión del imaginario nacionalista: Faustino Chimalpopoca Galicia, quien desde las filas imperiales promovía la visión de un pasado glorioso azteca, anclando así los orígenes de la nación mexicana en el mundo prehispánico, y en donde también manifestó ser un guadalupano fervoroso.66

 En la ceremonia de coronación de Maximiliano, en la catedral de México, Chimalpopoca Galicia lo recibió con unas palabras en el idioma mexicano que dejaban ver su particular visión sobre la nación mexicana: “Vais, Señor, a ocupar el trono de los aztecas; mas procurad y ejerced en él el imperio de la verdad y de la justicia”67.  

Así pues en diversos momentos de la historia de México hubo quienes se dedicaron al tema de la nación y sus orígenes, dándole preeminencia a lo indígena, en algunos casos, en otros no tanto y, en otros más, desconociendo el componente indio como constitutivo de la nacionalidad mexicana. Pero regularmente se hacía alusión al pasado glorioso azteca, a los indios de bronce, porque los indios vivos de carne y hueso no eran exaltados, al contrario se les quería desaparecer por el medio que fuera. Ya en el Porfiriato la imagen del pasado azteca también va a ser explotada como símbolo de identidad, esto se vislumbró con mayor precisión durante los festejos del primer centenario de la Independencia, en donde varios de los carros alegóricos en los desfiles de esta celebración contenían simbolismos indígenas, como en el caso del dedicado al pulque en donde aparecía la Reina Xochitl, o en otros donde se mostraban danzantes aztecas.68

 Los gobiernos emanados de la Revolución vendrían a fundamentar un tipo de nacionalismo basado en ciertos estereotipos que pretendieron implementar una homogeneidad inexistente en México: el charro, la china poblana, el mariachi, etcétera. A través de los llamados Teatros de revista y con el impulso de la naciente industria cinematográfica, el Estado mexicano y sus intelectuales difundirían, principalmente en los núcleos urbanos, su idea de la nación mexicana, sostenida por un indefinible y escurridizo “pueblo mexicano”, que le sirvió para  justificar su permanencia en el poder y sus proyectos de “desarrollo y progreso” en el marco de un intensivo proceso de producción capitalista en este país.69

 Los artistas harán lo propio, tratando de recuperar estilos pictóricos mesoamericanos, modelos indígenas y hasta creando música con instrumentos que se utilizaron en Mesoamérica, en resumidas cuentas, y como menciona Carlos Monsiváis, “lo indígena es lo nacional”70.  

Aquí es importante realizar un paréntesis. Es menester señalar que no todos los intelectuales mexicanos compartían la “revaloración” del mundo indígena ni la postura nacionalista del Estado. Esto se hizo notar en la polémica que varios escritores sostuvieron en 1932, formándose dos bandos: el de los nacionalistas y el de los cosmopolitas. Si bien existen antecedentes de esta polémica, por ejemplo en el Congreso de Escritores y Artistas convocado por José Vasconcelos en 1923 y en la discusión sobre el “afeminamiento” de la literatura mexicana en 1925. El punto álgido se alcanzó, como ya he dicho, en el año de 1932 cuando un grupo de escritores nacionalistas, afines al Estado mexicano, comenzaron un duro ataque contra el llamado grupo de los Contemporáneos, quienes en sus escritos no incorporaban las ideas nacionalistas que reivindicaban los temas “mexicanos” sobre los “extranjeros” o “universales”. Los puntos básicos en que se centró esta polémica fueron: la concepción de que la literatura debe responder sólo a temas que se consideren propios de México, que la literatura se debe ocupar de “lo nuestro”, es decir de lo que el Estado determine como mexicano, que lo que tiene valía universal es lo original (lo mexicano) y que una literatura que no es nacionalista rompe con la tradición y a la postre se vuelve dañina.71

 Esta lucha nacionalista de la década de 1930 también dejó ver quiénes estaban dispuestos a defender la idea homogeneizadora del Estado mexicano y quiénes no la compartían, al decir de Guillermo Sheridan: “Así pues, la polémica de 1932 no sólo es una lucha por establecerle un catecismo literario y estético al “alma nacional”, sino el estatuto que fija las condiciones ideológicas a las que deberán sujetarse quienes aspiren a convertirse en sus administradores”72.

El Estado fija sus condiciones, el ideal nacional es irrenunciable. Sin embargo, existe un punto muy importante para lograr la unificación de la nación mexicana: las comunidades indígenas. Es en estos momentos cuando ya no se puede soslayar tampoco la imagen del indio vivo, se le reconoce como parte de la nación mexicana, pero no se le acepta tal cual es, se le niega su especificidad histórica y cultural. Ahora lo que conviene es incorporarlo a la cultura nacional, y a través de ésta a la civilización universal; de esta tarea se encargarán, entre otros, los arqueólogos y antropólogos fundando así el clásico indigenismo que promueve la desindianización de los grupos indígenas.73

 Una figura muy importante dentro del indigenismo mexicano y de hecho el fundador del mismo es Manuel Gamio. Sus primeros trabajos los realizó en el área de la arqueología pero más tarde se concentró exclusivamente en su labor indigenista hasta su muerte; Gamio construyó un sistema de estudio integral para las comunidades indígenas, que él mismo aplicó en Teotihuacán, como medio para incorporarlas a la “vida nacional”, pues él pensaba que “[…] el fin eminente de la antropología social es la construcción de la idea de nacionalidad”74.

Así pues, dedicó todos sus esfuerzos para estudiar a los grupos indígenas y proponer los métodos adecuados para su pronta incorporación, lo que a la postre significó su desindianización. Otro personaje crucial en el tema del indigenismo mexicano fue Moisés Sáenz, quien llegaría a ser subsecretario de educación pública y más tarde, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, fundador del Departamento de Asuntos Indígenas.75

 Sáenz escapa a los postulados clásicos del indigenismo, llegando a promover inclusive el uso de las lenguas indígenas en la propia enseñanza de las comunidades autóctonas o revalorando ciertos aspectos que él considera positivos del mundo indio. A diferencia de Gamio, Sáenz no hablará de la incorporación del indio sino de su integración; la utopía de este indigenista será el formar un México íntegro: “[…] el ideal es un México íntegro, no únicamente por su unidad material y política, sino también por la homogeneización racial, por la comunidad espiritual y por la calidad ética (que supere de una vez por todas), el estado atómico de nuestro nacionalismo”76.

Ahora bien, para lograr la integración de las comunidades indias a la nación mexicana son necesarios cuatro factores, según el enfoque de Sáenz: la construcción de vías de comunicación para logar un rápido acceso a las regiones indígenas, el cambiar la economía tradicional india, el servicio militar obligatorio, que acelerará el amestizamiento y la escuela.77

 Este último punto resultará, sobretodo, muy importante para la integración del indio; pero no se trata de cualquier modelo de escuela, aquí Sáenz es influido por las ideas de John Dewey y su escuela de la acción, en donde la práctica cotidiana tiene mayor peso que el difundir conocimientos que no tengan una utilidad inmediata. Este personaje llegó a plasmar sus ideas en un proyecto piloto en la comunidad india de Carapan, Michoacán, empero, éste tuvo una corta duración y las actividades de Sáenz poco a poco se irán reduciendo sólo a la teorización del quehacer indigenista. Durante la presidencia de Lázaro Cárdenas se va a promover una intensa labor indigenista; dentro de sus discursos Cárdenas negaba que su política, dirigida a los grupos indígenas, tuviera como finalidad la “incorporación del indio a la civilización”, afirmaba que no se trataba de desindianizarlo y acabar con las lenguas indígenas, sino sólo de acercarle la técnica, la ciencia y las artes universales.78

 Ciertamente el periodo del general michoacano dio mayor preponderancia a los temas indígenas, motivado por la necesidad de legitimar su estancia en el poder a través del apoyo de este importante sector de la población, condición que permitió la entrada de los grupos restauradores a las estructuras de gobierno y desde donde impulsaron su particular visión de lo que para ellos era la multimencionada “nación mexicana”.

Con respecto al actuar nacionalista de los gobiernos posrevolucionarios, comenta Guillermo Bonfil:
Pero si bien el indio existe y el México profundo es real; si bien poseen valores positivos y rescatables, lo que el México de la Revolución se propone es, por una parte, “redimir” al indio, esto es, incorporarlo a la cultura nacional y a través de ella a la civilización “universal” (es decir, occidental); y, por otra parte, apropiarse de todos aquellos símbolos del México profundo que le permitan construir su propia imagen de país mestizo. […] En lo que atañe a la población india y a todos los sectores que forman el México profundo, el proyecto de la Revolución planteaba reivindicaciones condicionadas a que los beneficios que se otorgaban a esos mexicanos fueran al mismo tiempo los instrumentos para su integración, esto es, para su desindianización.

En este contexto particular es cuando salen a escena los intelectuales nativistas, es precisamente esta coyuntura la que habrán de aprovechar los neoaztekah para difundir su visión del mundo indígena y para tratar de imponerla en diversos sectores de la sociedad mexicana.

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Notas:
47 Íbid., pp. 70 y 75. (Benedict Anderson)
48 Íbid., p. 81 (Benedict Anderson)
49 Íbid., p. 84.
50 Íbid., pp. 89, 90-91.
51 Íbid., p. 93.
52 Íbid., p. 96 y 101.
53 David A. Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, Soledad Loaeza Grave (tr.), México, Secretaría de Educación Pública, 1973, 223 p., (Sepsetentas 82), pp. 14-15.
54 Íbid., p. 16.
55 Íbid., p. 26.
56 Íbid., pp. 32-34.
57 Íbid., p. 51.
58 Guillermo Bonfil Batalla, México profundo, una civilización negada, 2ª. Edición, México, Consejo  Nacional para la Cultura y las Artes, Grijalbo, 1990, 250 p., (Los Noventa), p. 147.
59 David A. Brading,op. cit., p. 58.
60 Íbid., p. 75.
61 Íbid., pp. 117-118.
62 Íbid., p. 173.
63 Íbid., p. 198.
64 José Luis Martínez, “México en busca de su expresión”, en Historia general de México, 3ª. Edición, 2 t., México, El Colegio de México, Harla, 1987, t. II, 1017-1071 p., pp. 1047-1061.
65 Íbid., p. 1050. Las cursivas son mías.
66 Faustino Chimalpopoca Galicia fue un indígena culto hablante del náhuatl, originario de San Pedro Tláhuac, en donde había nacido a principios del siglo XIX. Es curioso que tanto Chimalpopoca Galicia como Estanislao Ramírez, ambos nativos de Tláhuac, jugaran un papel importante en la construcción del nacionalismo mexicano en dos etapas históricas diferentes.
67 Felipe Teixidor, “Maximiliano, los primeros indios y el último”, en Diego Ángulo Iñiguez,
et. al., Retablo barroco a la memoria de Francisco de la Maza, Clementina Díaz y de Ovando (presentación), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1974, 301-308 p., p. 307. Las cursivas son mías.
68 Paz Xóchitl Ramírez S. y Eduardo Nivón Bolán, “El indio y la identidad nacional desde los albores del siglo XX”, en Raquel Barceló, et. al, (coord.), Diversidad étnica y conflicto en América Latina, el indio como metáfora en la identidad nacional, 3 vol., México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Sociales, Plaza y Valdés Editores, 2000, vol. 2, 127-146 p., p. 134.
69 Véanse los textos de Ricardo Pérez Montfort al respecto. Ricardo Pérez Montfort, “Un nacionalismo sin nación aparente. (La fabricación de lo típico mexicano 1920-1950)”, en
Política y Cultura, No. 12, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, 1999, 177-193 p. Y Ricardo Pérez Montfort, Las invenciones del México indio. Nacionalismo y cultura en México 1920-1940, en www.prodiversitas.bioetica.org/nota86.htm
70 Carlos Monsiváis, “Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX”, en
 Historia general de México, 3ª. Edición, 2 t., México, El Colegio de México, Harla, 1987, t. II, 1375-1548 p., pp. 1420-1421.
71 Véase Guillermo Sheridan, México en 1932: la polémica nacionalista, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, 506 p., (Vida y pensamiento de México), p. 60.
72 Íbid., p. 62.
73 Un caso típico de este indigenismo es la obra de Manuel Gamio, quien fue el principal promotor de esta ideología. Véase Manuel Gamio, Arqueología e indigenismo, Eduardo Matos Moctezuma (intr. y selección), México, Secretaría de Educación Pública, 1972, 234 p., (Sepsetentas 24), pp. 152-175.
74 Gonzalo Aguirre Beltrán, Crítica antropológica. Hombres e ideas. Contribuciones al estudio del  pensamiento social en México, Félix Báez-Jorge (estudio introductorio), México, Universidad Veracruzana, Instituto Nacional Indigenista, Gobierno del estado de Veracruz, Fondo de Cultura Económica, 1990, 343 p., (Obra antropológica XV), p. 275.
75 Sobre la vida y pensamiento de Sáenz véase José Antonio Aguilar Rivera, “Moisés Sáenz y la escuela de la  patria mexicana”, en Moisés Sáenz, México íntegro, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2007 [1939], 11-30 p., (Cien de México).
76 Moisés Sáenz citado en Gonzalo Aguirre Beltrán, “El indio y la reinterpretación de la cultura”, en
 Antología de Moisés Sáenz, México, Ediciones Oasis, 1970, IX-XLVIII p., (Pensamiento de América, II serie, volumen 18), p. XXVIII.
77 Gonzalo Aguirre Beltrán, Crítica antropológica…, p. 153.
78 Lázaro Cárdenas, Ideario político, Leonel Durán (selección y presentación), México, Ediciones Era, 1972, 378 p., (Serie Popular 17), p. 173.

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Tomado de: https://www.academia.edu/6928009/AZTEKAYOTL-MEXIHKAYOTL_UNA_APROXIMACI%C3%93N_HIST%C3%93RICA_AL_MOVIMIENTO_DE_LA_MEXICANIDAD_1922-1959_
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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
COLEGIO DE HISTORIA
AZTEKAYOTL-MEXIHKAYOTL

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