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MITOS NACIONALISTAS E IDENTIDADES ÉTNICAS: LOS INTELECTUALES INDÍGENAS Y EL ESTADO MEXICANO. Natividad Gutiérrez Chon. II

  • Categoría: Biblioteca Tolteca
  • Publicado el Martes, 19 Junio 2018 02:40
  • Escrito por Guillermo Marín
  • Visto: 519


Introducción
La indianidad hace a la nación soberana de México culturalmente
única; asimismo, proporciona continuidad histórica al establecer
la conocida división entre “los indios muertos” y “los indios vivos”
(Benítez, 1968: 47). Los “indios muertos” son la fuente de autenticidad
y originalidad que constituye un pasado histórico excepcional.
La abundancia de restos arqueológicos y la mitología revelan a
Mesoamérica, el área cultural que incluye América Central y parte
de México, como un centro de civilizaciones indígenas con una
antigüedad de más de 2 500 años (del 800 al 400 a. C.).

En contraste,
los “indios vivos” revelan fragmentación étnica y lingüística, falta
de un sentido de unidad nacional, así como constante y penetrante
marginación social, lo cual contradice una agenda nacionalista
de modernidad. Y la modernidad se entiende aquí en su sentido
más amplio de occidentalización e industrialización, que se refieren
a la introducción de innovaciones tecnológicas y a la aceleración del
cambio social y político.
El nacionalismo oficial en México es un proyecto estatal a largo
plazo que intenta construir una nación uniformada en lo cultural y
en lo lingüístico mediante políticas e instituciones de integración.
Sin embargo, esta agenda tiene una ambivalencia intrínseca: por un
lado, las políticas de integración del Estado, en especial el indigenismo
y el sistema educativo implantado por el gobierno, han hecho
diversos intentos desde la década de 1920 por integrar y asimilar
a los “indios vivos” a la nación. Por el otro, la construcción de
una cultura nacional demanda la utilización selecta de elementos

usurpados de la vida cultural indígena y del pasado étnico. Una de
las políticas más importantes derivadas del proceso postrevolucionario
de construcción de una nación es la expansión y desarrollo
de un sistema educativo público y la introducción, en 1960, de la
primera colección de libros de texto, obligatorios y uniformes, para
la educación primaria. Esta política pretende proporcionar e inculcar
un punto de vista histórico oficial, así como una identidad nacional
que deben compartir la mayoría dominante, los mestizos y los 62
grupos de pueblos indígenas.*
Los intentos por identificar las causas y componentes que explican
el nacimiento y desarrollo de las naciones en el mundo contemporáneo
han dado lugar recientemente a un debate académico que se
ha polarizado entre los “histórico-culturalistas” y los “modernistas”.
El punto central de este debate gira alrededor de lo siguiente: ¿tienen
las naciones de hoy orígenes históricos y orígenes étnicos? ¿O son
condiciones objetivas modernas las que han creado este fenómeno,
por lo que los antecedentes históricos carecen de importancia?
La perspectiva modernista tiene un peso considerable, porque
identifica el papel del Estado, sus políticas nacionalistas de integración
y la difusión de la industrialización como las condiciones
objetivas más importantes en la formación de las naciones (véase,
por ejemplo, Deutsch, 1966; Gellner, 1983; Anderson, 1990, y Hobsbawm,
1990). Dentro del punto de vista modernista, el argumento
de Ernst Gellner merece atención, toda vez que se ha enfocado en
un papel muy específico del Estado: organizar y monopolizar la
educación masiva como condición para la formación de la nación.
Tal enfoque ha sido objeto de una serie de argumentos contrarios,
derivados de la investigación histórica efectuada por quienes han


* Nota del editor: Una actualización mínima de la población indígena de México
indica una gran disparidad de criterios al tratar de contabilizar a esta población. De
tal manera que, de acuerdo al Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (inali, 2008)
existen 68 agrupaciones linguísticas en México (definidas como el conjunto de variantes
comprendidas bajo el nombre dado históricamente a un pueblo indígena) que sugieren
la presencia de 68 pueblos indígenas en México actualmente. Por su parte, el Instituto
Nacional de Estadística (inegi, 2010) de acuerdo al Censo de Población y Vivienda
2010, apunta la existencia de 89 lenguas indígenas, mientras que la Comisión Nacional
para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (cdi) registra 62 grupos etnolinguísticos
en el país (cdi, 2008).

concluido que una fuente legítima de la nación moderna puede
rastrearse hasta su historia temprana, así como a la continuidad
de las antiguas expresiones culturales y étnicas mediante la renovación,
la readaptación, las mitologías y el arte (véase, por ejemplo,
Connor, 1973; Armstrong, 1982; Smith, 1986, y Hutchinson, 1987).
Si Gellner sobresale entre los modernistas, Anthony D. Smith tiene
un papel similar entre los histórico-culturalistas. Para Smith, las
condiciones modernas, tales como las revoluciones, el Estado, la industrialización,
las políticas de integración y la educación masiva,
son factores importantes, aunque insuficientes, para explicar el poder
ideológico que convoca el cambio social y político inspirado por la
pertenencia etnohistórica.
Uno de mis propósitos en este libro es demostrar que el debate
actual entre la modernidad y la historicidad en la construcción de las
naciones también puede expresarse en términos de mutua complementariedad.
El modernismo de Gellner y el culturalismo histórico
de Smith son modelos teóricos que reflejan los parámetros de un
enfoque complementario. Primero, se concentran en dos aspectos
universales necesarios para entender el fenómeno del nacionalismo:
la educación masiva y la persistencia y utilización del pasado histórico.
Segundo, ambos autores (pese a que recurren a argumentos
opuestos dentro de la tradición sociológica), han mantenido un
nivel elevado de debate académico, congruente y compatible, que
ha producido un nutrido conjunto de textos especializados.
En la moderna soberanía territorial del Estado mexicano, se
entretejen el pasado étnico, la etnicidad contemporánea derivada de
ese pasado y el sistema de educación pública estandarizada por el
Estado. Desde la perspectiva de Gellner, el Estado moderno induce
el nacionalismo y lo separa de su pasado y folklore. En esta época
industrial, caracterizada por el anonimato, la división del trabajo cada
día más compleja y por la alfabetización, el Estado tiene el papel de
monopolizar la educación pública a fin de propiciar una movilidad
social ascendente. A esta perspectiva subyace el argumento de que el
nacionalismo es concebido como un proceso de “ingeniería social”
cuya función principal es crear una correspondencia entre política,
cultura y territorio como una sola entidad. El supuesto modernista
de que el “Estado crea la nación” indica una invención deliberada

o artificial; sin embargo, la complejidad de los sucesos étnicos e
históricos comprueba el hecho de que el proceso de construir la
nación no es un simple esfuerzo mecánico.
El modelo de Smith difiere de tal perspectiva en un sentido importante:
el nacionalismo, como “ideal de la independencia política
y cultural”, se expresa en la época moderna mediante el sentido
continuo de la etnicidad que se manifiesta cuando se utiliza el
“complejo mito-símbolo”. El sistema educativo tal vez pueda formar
ciudadanos; sin embargo, para Smith, la durabilidad de los “factores
subjetivos” enlazados con el pasado cultural —factores tales como
origen étnico, mitos, símbolos, leyendas y genealogías— es igualmente
penetrante ya que, desde esta perspectiva, el nacionalismo es
una forma de cultura.
La política oficial en México de integración nacional se apoya en
dos mitos étnicos, según el “complejo mito-símbolo” presentado por
Smith: el de fundación y el de descendencia. La cultura de los aztecas
o mexicas es la fuente principal de la historicidad antigua favorecida
por el nacionalismo mexicano, y no se trata de una fundamentación
accidental. En efecto, en los siglos xiv y xv, el imperio azteca —la
“Triple alianza” formada por tres sociedades indoamericanas: los
mexicas, los texcocanos y los de Tacuba— controlaba la meseta central
del México actual en lo militar y lo político; su centro geográfico
y estratégico lo conformaba el Valle de México. En el momento de
la conquista española en 1521, el territorio era un mosaico cultural
y lingüístico, poblado por más de 20 millones de habitantes (Cook y
Borah, 1963: 46), y se hablaban más de 100 lenguas (Ligorred, 1992:
19). Se dice que el efecto de la conquista y la colonización fue más
amplio en la cultura del centro de México, altamente organizada y
auto contenida; así, dicha cultura no solo creó el mito de fundación
y descendencia, sino que también fijó de esta manera un pasado
“heroico” y “glorioso”, como lo señala el discurso nacionalista
contemporáneo. Estos mitos son, primero, la fundación en 1325
de México-Tenochtitlán, la capital azteca que ahora constituye el
asentamiento de la ciudad de México, de la cual surge el emblema nacional
sobre su soberanía; y, segundo, la descendencia racial y cultural
producto de la mezcla (conocida como “mestizaje”) de españoles e
indígenas después de la conquista de México en 1521. Existe, para

terminar, un mito cívico de integración nacional encarnado en el
heroísmo del presidente Benito Juárez (1806-1872), de origen zapoteco.
Este mito simboliza una interrelación de sucesos; en especial,
por un lado, la defensa de la patria y el inicio del republicanismo y,
por el otro, la construcción de una biografía indigenista que enaltece
el origen étnico del presidente de mediados del siglo xix.
Estos mitos, que deben examinarse con cuidado dadas sus
cualidades (ficticias o imaginarias) implícitas, no son invenciones
intelectuales recientes, como tampoco son para el consumo exclusivo
de las elites; más bien, se hallan omnipresentes mediante
el sistema educativo del Estado, en especial por los libros de texto
uniformados y distribuidos en todo el país, los cuales muestran los
esfuerzos del Estado por poner en marcha una política dirigida a
proporcionar una educación pública y masiva, así como un punto
de vista oficial altamente selectivo acerca de la identidad nacional
y de la historia. Los motivos seleccionados y la narrativa respaldan
únicamente la historia y la etnicidad de la mayoría dominante en
la población mestiza. Por tanto, un proceso de exclusión cultural
somete el carácter étnico de los grupos indígenas —por ejemplo,
los mayas en Yucatán; culturas, como la totonaca, a lo largo de la
costa del Golfo de México; los purépechas en el Occidente, y los
mixtecos y zapotecos en el Sur—, cuyos propios conceptos de origen
y descendencia, fuerza centrípeta para localizar la identidad étnica,
son eliminados de la agenda nacionalista.
Estos niveles de análisis, representados por el pasado étnico, los
héroes cívicos y la educación pública, convergen para constituir la
nación contemporánea. En un tercer nivel, el cual constituye la parte
medular del presente libro, establezco que la política de integración
nacional, impregnada principalmente de símbolos mitológicos
aztecas y mestizos conspicuos, asume, primero, una continuidad
histórica común a una población étnicamente heterogénea y, segundo,
una unidad de descendencia racial y cultural compartida.
Benito Juárez, el progenitor del Estado liberal, ocupa un lugar de
importancia sin rival en los cultos cívicos de México como el símbolo
moderno de la unidad nacional. En contraste con las cualidades
míticas otorgadas a este héroe oficial, uno puede encontrar, también,
las controversiales repercusiones que tuvieron las políticas de Juárez

en contra de la perpetuación de las etnicidades y las comunidades
locales. ¿Cuál es la percepción y opinión de las poblaciones indígenas
frente a dichos elementos selectivos culturales de integración?
¿Aceptan los indígenas una descendencia mestiza impuesta, un
héroe indio de unidad nacional? El segundo propósito de este libro
es contribuir al estudio y comprensión de la intelligentsia étnica y su
respuesta organizada a la identidad nacional.
En el México contemporáneo, sin considerar a la mayoría dominante
nacional de mestizos, que asciende a 68 831 078 habitantes
según el censo de 1990, hay 62 grupos étnicos que totalizan 10 millones
de personas en 27 de los 32 estados de la república.* Las culturas
indígenas de la actualidad son el resultado de diversos contactos
culturales y civilizaciones. Entre ellas se incluye la supuesta fuente
cultural del pasado precolombino, la imposición del catolicismo español
y la controversial aceptación de las políticas del nacionalismo.
Los “indios” (la palabra misma representa una categoría semántica
de origen colonial) preservan en grados diversos los conceptos y
sistemas que crean y constituyen su propia imaginación subjetiva,
basados en rituales y creencias practicados en el ciclo de vida del
individuo. Ciertos individuos identificados con grupos étnicos defienden
con igual vitalidad su historia oral, que contiene memorias
relacionadas con los mitos indígenas de origen, descendencia y
fundación. Cada uno de estos grupos, como cualquier otro grupo
étnico, posee un nombre propio común cuyos miembros prefieren
a fin de evitar la connotación despreciativa e hiriente de “indio”. Es
difícil relacionar la definición de un grupo indígena con la posesión
de un territorio compacto en virtud de la fragmentación étnica de
los nativos de América y la distribución actual de la población
en localidades y pequeños poblados (véase el mapa 1). Por otro lado,
las lenguas no europeas y la práctica del simbolismo de la religión
cristiana —con sus respectivos cultos y rituales— son componentes
de la identidad actual de los grupos indios.


* El Censo de población y vivienda de 2010 registra que la población total de la
República Mexicana asciende a 112 322 757. En este mismo censo se incluyó un cambio
en la pregunta de adscripción étnica y como resultado se obtuvo que 15.7 millones de
personas se consideran indígenas, de éstas: 6.6 millones son hablantes de lengua indígena
y 9.1 millones no. inegi <inegi.org.mx> y <www.fondoindigena.org>.

El lenguaje es el indicador central utilizado en la clasificación
étnica de la población indígena. Se han clasificado 78 lenguas,
agrupadas en 15 familias lingüísticas. Puede reconocerse un grupo
étnico por los criterios de “vivo” o “extinto”. Existen, así, 56 lenguas
consideradas vivas y 22 se han reportado como “muertas” (Ligorred,
1992: 220-224).*
La variedad lingüística no siempre coincide con el territorio.
Chiapas, por ejemplo, es el hogar de 14 grupos diferentes, mientras
que la población nahua habita en 10 estados de la República. Los
mayas de la Península de Yucatán habitan un solo territorio aunque
viven en tres estados diferentes: Yucatán, Campeche y Quintana
Roo. Algunos grupos, como los kikapú en Coahuila, o los mayos de
Sinaloa, no comparten su territorio con ningún otro grupo étnico.
El mundo indígena de México no es simplemente un bloque de
población étnica en situación desventajosa. En dicho mundo se
halla una diferenciación social dentro del estrato indígena y no solo
por la diversidad de culturas y ambientes naturales diversos; la gran
mayoría practica actividades primarias de agricultura y servicios,
pero las profesiones modernas no les son desconocidas, aunque las
desempeñan menos personas que en la sociedad no indígena.
La población mestiza, contrariamente a ciertos grupos indígenas,
se presenta como una población más unificada que, por lo menos,
tiene un lenguaje común, a pesar de las barreras geográficas y los
regionalismos. Este grupo dominante habita todos los estados de
la república y ha acumulado recursos culturales significativos e influencia
religiosa por haberse apropiado de los artefactos culturales
de origen prehispánico y por haber adoptado el cristianismo.
La cultura mestiza es el modelo cultural y lingüístico de integración
nacional que supuestamente toda la población indígena debiera
adoptar. El apoyo oficial para superar el ser indígena y adoptar el
mestizaje es una fuente permanente de tensión y desconfianza que
caracteriza las relaciones interétnicas entre la mayoría dominante y


* El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (inali) en su Catálogo de las Lenguas
Indígenas Nacionales considera que en México existen 11 familias lingüísticas (Álgica,
Yuto-nahua, Cochimí-yumana, Seri, Oto-mangue, Maya, Totonaco-tepehua, Tarasca,
Mixe-zoque, Chontal de Oaxaca, Huave) y 68 agrupaciones lingüísticas (inali, 2008).

los grupos indígenas, a pesar de que estos últimos se hallan expuestos
a todo tipo de desventajas derivadas de su situación marginada. La
cultura del mestizo se ha beneficiado al usurpar elementos selectivos
del pasado indígena, razón por la cual se intensifican los sentimientos
de rechazo cultural que albergan los indígenas.
El modelo modernista indica un reemplazo lineal y evolutivo de la
estructura agraria con una matriz industrial urbana auspiciada por el
sistema educativo público; pero dicho proceso, tal como lo demostraré
en este libro, en vez de promover la asimilación de las culturas
minoritarias y el desgaste de la familia, los lazos locales y regionales,
ha logrado abrir un espacio para formar un estrato de intelectuales
indígenas y una intelligentsia, quienes están obteniendo ventajas de
condiciones modernas tales como alfabetismo, acceso a medios
de comunicación, movilidad y división de trabajo, a fin de revitalizar
sus identidades étnicas y sus idiomas. Los nuevos programas, campañas
y movilizaciones organizadas por profesionales indígenas con
el fin de recuperar la herencia étnica usurpada y de utilizar diversos
medios para difundir sus opiniones y proyectos, ofrecen signos
visibles de que prevalece la conciencia étnica a pesar del avance
irreversible de la modernidad.
En este libro, la recopilación y análisis de las opiniones y percepciones
de los pueblos indígenas incluyen el testimonio de una
minoría de indígenas que han tenido acceso a la educación superior y
sin embargo mantienen una clara y definitiva cercanía con su medio
indio. Estos individuos se agrupan en dos categorías: intelectuales y
profesionales, y estudiantes de educación superior.
Los puntos de vista de profesionales e intelectuales indígenas
fueron recopilados en los estados de las regiones central y del sur:
Tlaxcala, Michoacán, Oaxaca, Chiapas, Campeche y Yucatán (mapa 2).
Asimismo, los estudiantes indígenas cuyas opiniones aquí se analizan
señalaron en sus declaraciones como su lugar de origen áreas
del centro y del sur: Puebla, Veracruz, Guerrero, Hidalgo, San Luis
Potosí, Oaxaca y Chiapas (mapa 2). Ninguno de los estudiantes en la
muestra declaró ser originario de áreas del norte del país. La ideología
nacionalista oficial transmite un discurso importante y centralizador
derivado de la noción de que México tiene sus orígenes étnicos en
las herencias azteca y mestiza. De acuerdo con nuestra investigación,

este supuesto ha sido criticado por los indígenas educados de la parte
central y del sur de México. Sería necesaria una investigación posterior
para explorar el grado y dinamismo del sector educado indígena
en dichos estados, así como el efecto del discurso nacionalista en los
cinco estados de la república que hasta finales de la década de 1990
no contaban con población indígena (es decir, Aguascalientes, Baja
California Sur, Colima, Nuevo León y Zacatecas).
El libro se divide en dos partes. La primera trata de los mecanismos
institucionales mediante los cuales el Estado utiliza el pasado
como medio para facilitar la integración de una sociedad étnicamente
diversa; la segunda analiza la respuesta articulada de miembros
educados de los grupos étnicos indígenas a una identidad nacional
impuesta.
En el capítulo 1 expongo y comparo los argumentos principales
postulados por los modernistas y por los histórico-culturalistas. En
el capítulo 2 se encuentra una relación detallada de la composición
social y étnica de los dos grupos de informantes consultados. A
fin de localizar las fuentes de conflicto derivadas de la imposición
de la cultura hispánica de la cual surgió la nacionalidad mexicana
actual, el capítulo 3 se enfoca en la historia cultural del indio y el
mestizo. El capítulo 4 describe el origen y desarrollo del sistema de
educación pública moderno, mientras que en el capítulo 5 analizo
la historia oficial en los libros de texto, los cuales inculcan ideas
uniformes de continuidad cultural, así como la historia nacional que
se centra en las tradiciones de los aztecas, los mestizos y Juárez. La
discusión de diversas políticas de asimilación en el periodo posterior
a la Revolución y el papel asignado a la diversidad constituyen el
tema del capítulo 6. El capítulo 7 explora el rechazo de las políticas
oficiales de asimilación, mediante el examen de la aparición de
movimientos organizados y movilizaciones dirigidos por indígenas
educados. El objetivo del capítulo 8 es demostrar los orígenes culturales
e históricos de los símbolos étnicos más importantes de la
integración nacional: el mito azteca de fundación y el mestizaje. La
construcción de héroes, con especial referencia al papel pragmático
desempeñado por Benito Juárez, así como la importancia que tiene
para las identidades étnica y nacional, son los temas del capítulo 9.
El capítulo 10 se centra en la reciente producción literaria de una

minoría de escritoras indígenas y sus proyectos de reivindicación
cultural y lingüística.
El análisis aquí presentado se ha apoyado en información de
primera mano y fuentes documentales. Los datos de primera mano
se obtuvieron por entrevistas en profundidad, así como por la organización
y aplicación de un cuestionario formulado con preguntas
estructuradas. Se recopiló una serie de 10 opiniones a partir de un
grupo seleccionado de intelectuales y profesionales indígenas que
habitan estados del sur y la región central de la república. Además,
el libro incluye 60 respuestas de estudiantes indígenas que cursaban
estudios de educación superior en dos instituciones de la ciudad de
México y ofrecen capacitación especializada indígena.
El estudio incorpora investigación documental que abarca las tres
colecciones de libros de texto oficiales en Historia y Ciencias sociales,
en ediciones que representan los periodos de 1960-1970, 1970-1991,
y 1992. También se llevó a cabo investigación documental en los
archivos de organizaciones integradas por profesionales indígenas,
tales como la Alianza Nacional de Profesionales Indígenas Bilingües
(anpibac) y la Revista Etnias, sobre todo en relación con los manifiestos
escritos por las elites indígenas acerca de las políticas culturales y
educativas. Para terminar, las variadas publicaciones producidas por
escritores e intelectuales indígenas a partir de la década de 1980 y
hasta la actualidad resultaron una fuente invaluable de información.
Estas publicaciones pueden dividirse en tres categorías: conferencias
y trabajos para seminarios de 1992 a 1993; trabajo periodístico, y publicaciones
literarias editadas por indígenas. Todas las traducciones
y entrevistas grabadas fueron hechas por la autora, a menos que se
indique lo contrario.

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Tomado de:

http://ru.iis.sociales.unam.mx/jspui/bitstream/IIS/4417/1/Mitos%20nacionalistas%20e%20identidades%20etnicas.pdf

 

 

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