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LAS HUELLAS DEL MAL

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La casita era de cuento. A las orillas del pueblo, en medio de esa exuberante naturaleza, las tejas rojas, su pequeño corredor, dos habitaciones, un baño y su cocinita, la hacían en verdad salida de un sueño tropical. Pero lo que más les gustó fue que la rentaron totalmente recién pintada, porque encontrar una casa así en un pueblo de la costa grande era una verdadera suerte. Todas las paredes estaban perfectamente pintadas de un color crema, con un franja color ladrillo del piso a un metro de altura sobre las paredes. La casita tenía unos arbolitos y un platanar en el patio donde apenas cabía el bochito, una cerca de madera de color blanco enmarcaba la casita costeña.

Yolanda y Mario habían terminado la carrera y estaban haciendo el servicio social. Se conocieron en la brigada de pasantes que tenía encomendado el apoyo a los ejidatarios del Carrizal, donde el gobierno federal les había construido un complejo turístico ejidal, los jóvenes habían decidido vivir como pareja y decidieron rentar la casita en el pueblo de Coyuca y dejar el ejido del Carrizal para gozar su intimidad.

 

El espléndido conjunto de 8 bonwalus, con un restaurante y una alberca a la orilla del mar, más una carretera pavimentada que los conectaba a la carretera costera habían representado una gran inversión. Eran los tiempos donde el populismo cabalgaba a todo galope y los jóvenes habían sido cooptados por un encendido discurso nacionalista y antiimperialista, el país entero viajaba vertiginoso “arriba y adelante” en una borrachera de despilfarro y locura.

 

Sin embargo, el “gato estaba encerrado” pues los ejidatarios tendrían que pagar más adelante, de las “ganancias” del complejo turístico, el inmenso crédito con el que se construyó y equipó las impresionantes instalaciones. El gobernador y sus achichincles tenían planeado quedarse no sólo con el complejo ejidal sino fraccionar sus tierras que estaban al lado de las instalaciones turísticas.

 

Eran tiempos violentos en la sierra de Guerrero. La guerrilla de vez en cuando bajaban a Coyuca y a cada rato subían los soldados a la sierra. La atmósfera estaba cargada de expectación y violencia. El pueblo contaba increíbles historias en la que los “huachos”, morían como hormigas a manos de los heroicos guerrilleros y se decía que de noche bajaban de la sierra los inmensos camiones verdes llenos de cadáveres de federales. La mítica costeña encontraba cause de expresión en su centenaria vocación insurgente.

 

Yolanda y Mario habían conquistado la confianza de los costeños, quienes para sobrevivir han sabido ser recelosos y agresivos, impenetrables. Pero lo cierto también es que cuando entregan el corazón, entregan la misma vida. El complejo turístico tenía un año de haber sido transferido a los ejidatarios, nunca les dieron asesoría y capacitación y en cambio, periódicamente llegaban “misteriosos” camiones del gobierno que descargaban equipo y material, que muchas de las veces se echaba a perder y se descomponía pues nadie los sabía instalar o manejar. El gobierno paga, decían los del camión, ustedes nomás firmen y ellos firmaban hasta que llegaron “los licenciados”.

 

Mario y Yolanda empezaron a organizar y administrar el complejo turístico, se hizo por primera vez promoción en Acapulco y se pusieron grandes letreros en la carretera a Zihuatanejo, para que el turismo de desviara y conociera esa maravilla turística al lado de la laguna y la Barra del Río Coyuca que desemboca en el mar abierto. Las cosas empezaron a cambiar, no tanto por los escasos ingresos que empezaron a llegar a los ejidatarios, sino fundamentalmente porque los “licenciados” habían iniciado en las asambleas el análisis del acta constitutiva, en donde descubrieron que en la última cláusula se estipulaba que si los ejidatarios resultaban incapaces de administrar el negocio, se integraría una junta de notables que administrarían el complejo hasta pagar la deuda y “entonces sería devuelto a sus dueños”.

 

Primero muertos que entregar las instalaciones resolvió la asamblea. Ahí había comenzado el problema generado por los licenciados.Una semana antes, en una noche de regreso de Acapulco fueron tiroteados desde un vehículo que los estuvo persiguiendo en la carretera. Habían sido amenazados de muerte y urgidos a salir de la comunidad.

Una noche al salir de la asamblea del pueblo que duró hasta muy entrada la noche y en donde se confirmó que los licenciados estaban en verdadero peligro, pues los matones del gobernador andaban merodeando el pueblo, por lo que se les pidió que se regresaran a vivir al Carrizal donde serían protegidos por la comunidad.

 

De regreso al pueblo los jóvenes vieron sospechosamente desierto el pueblo, al llegar a su casita se dieron cuenta que les habían cortado la luz pues desde que habían llegado a vivir no habían reparado en el pago de la energía eléctrica. Con unos cerillos y un cabito de vela pudieron prepararse para dormir. La casa estaba completamente vacía, sus muebles eran un catre de lona y unas rejas de madera que habían comprado en el mercado que les servían de buró y de guarda ropa.

 

La noche estaba caliente y húmeda. Mario se desnudó y antes de que se extinguiera el cabito de vela, tuvo tiempo de preparar una pistola que los costeños le habían prestado desde el incidente de la carretera. Cada noche la limpiaba y la dejaba en el buró improvisado, muy a la mano por lo que pudiera ofrecerse.

 

Yolanda por su parte también se preparó a dormir. Extrañamente en esa noche no hubo ni amor ni palabras. Cada uno por sí solo vivía su preocupación y de algún modo al llegar a la casa, algo los atrapó, una fuerza que tomó el control de la habitación al momento que se extinguió el cabito de vela.

 

Era una noche obscura, cerrada y sin luna. La oscuridad de la casa era total, pues no existía alumbrado público y menos a las afueras del pueblo. Mario intento dormirse pero una fuerza extraña y repulsiva se iba expandiendo en toda la habitación. Para Mario, Yolanda había caído dormida al momento de acostarse, llevaban más de una hora en el catre y ella no se había movido para nada. Su cuerpo húmedo por el calor era atraído por el peso de Mario en el catre de lona.

 

Todo se inició como una sensación de molestia. Mario empezó a sentir molestia que luego se convirtió en enojo y después se transformó en un verdadero odio hacia su amada Yolanda. Comenzó a sentir molestia por el contacto del cuerpo de Yolanda que se le encajaba en el costado. Sintió el deseo de matarla y sin pensarlo se volteó de lado dándole la espalda y de frente a la pistola que estaba sobre la caja de madera.

 

Una misteriosa y maligna fuerza impulsaba la mano de Mario para acariciar el arma. Tenía una necesidad inexplicable por sentir el arma en su mano. No pudo vencer esa fuerza y se sintió desahogado cuando acariciaba la escuadra sobre la caja de madera. Así inició una lucha contra esa fuerza que no sólo lo obligaba a acariciar el arma, sino de sentir con el dedo índice el gatillo de la escuadra. Una inmensa pasión, una satisfacción indescriptible, un extraño poder experimentaba al empuñar el arma.

 

Pero al mismo tiempo crecía el odio que sentía sobre la indefensa Yolanda, que dormida se pegaba a su costado. Un sentimiento se empezó a apoderar de Mario, el deseo de asesinar a Yolanda se convirtió en una obsesión. Algo lo impelía a tomar el arma y dispararle. Inexplicablemente, sin razón alguna, su amada compañera se transformaba en un ser odiado al que había que matarle de inmediato.

 

Mario luchaba en medio de esa pesadilla que bien parecía el mismo infierno, no sabía que estaba sucediendo, pero “algo” se estaba apoderando de él y lo estaba empujando violentamente a cometer un absurdo e inexplicable crimen.

 

Al pasar el tiempo las fuerzas de Mario enflaquecían, cada vez era más difícil vencer el impulso de tomar el arma y dispararle a Yolanda. Cada vez se sentía más indefenso y temeroso, pues al mismo tiempo sentía mucho miedo de morir, pues entró en una obsesión de estar asechado por los matones del gobernador, quien según él, deberían estar rodeando la casa.

 

Infinito miedo y profundo odio llenaban todos los espacios de la casa. La oscuridad era total, la maldad casi se había apoderado de Mario y este en el último momento antes de ser vencido por las malignas fuerzas que se había apoderado de la casa, logró descargar el arma y arrojar el cargador al fondo del pasillo, ¡el arma estaba descargada!

 

Al momento escuchó el tenue llorar de Yolanda que temblando se acurrucaba contra su cuerpo. De inmediato Mario le preguntó que le pasaba. La respuesta de Yolanda aterrorizó definitiva y totalmente a Mario. Tengo mucho miedo porque se que me vas a matar, dijo sollozante Yolanda. En ese momento Mario se dio cuenta que no estaba alucinado y que en verdad “algo maligno” se había apoderado de la casa y se dirigía en contra de ellos. No era una alucinación de Mario, Yolanda al mismo tiempo estaba sintiendo todo lo que a Mario le estaba pasando, pero su terror y desolación eran tal, que sólo podía callar y contener el llanto, pues temía la molestia de Mario.

 

Tenemos que vencer esta maligna fuerza, pensó Mario, eran aproximadamente las tres de la mañana. No podían salir, no tenían luz y no podían dormir, de modo que decidieron ponerse a recordar las mejores cosas de sus vidas. De esta manera, Yolanda y Mario, uno y otro platicaba las cosas que a lo largo de su vida habían significado los momentos más luminosos de su existencia. Los recuerdos iban pasado, así como el tiempo, poco a poco la tensión fue cediendo hasta que de pronto empezó a entrar la luz matinal por entre las tejas y los pájaros empezaron a cantar.

 

Al iluminarse la habitación el par de jóvenes cayeron exhaustos y durmieron hasta más de medio día. Al salir lo primero que hicieron fue ir a buscar la oficina de la Comisión Federal de Electricidad para pagar y que les conectaran la luz de inmediato. Al dar la dirección sorprendido el empleado les dijo, ¡Qué ustedes viven en la casa de la difunta Mercedes!

 

Ahí se enteraron que tenía muy poco en que Mercedes inexplicablemente había sido brutalmente macheteada por su enloquecido marido. Había sido un crimen cruel e inexplicable, pues eran un matrimonio bien avenido. Una noche don Cipriano, su marido, después de perseguirla y machetearla por toda la casa le cortó la cabeza y el se mató después con su pistola. Las paredes de la casa quedaron salpicadas de sangre, el rastro rojo de la infortunada víctima que no pudo escapar, quedo embarrado por todas las paredes de la casa. Los dueños la tuvieron que pintar todita y nadie quiso vivir en ella hasta que llegaron ustedes, dijo el empleado.

 

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