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EL ORIGEN HISTÓRICO Y CULTURAL DE LA VIOLENCIA EN MÉXICO

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Los pueblos que conocen su historia pueden ejercer su soberano derecho a la autodeterminación. La pérdida de la memoria histórica, sea impuesta por la colonización o por la cómoda ignorancia de sí mismo, conduce a los pueblos a la injusticia, la esclavitud y a la violencia.

 

Los cimientos más profundos en los que se desplanta la inusitada escalada de violencia en nuestro país tienen sus primigenios orígenes en la Conquista y en la implantación del Sistema Colonial. Los valores, principios, actitudes, vicios, usos y costumbres en el ejercicio del poder, son una constante repetición de un drama todavía no resuelto por los habitantes de este país.

Durante tres siglos, en lo que hoy es México, se fue construyendo la esencia y estructura del gobierno y del ejercicio del poder. La llamada “Independencia” fue una lucha entre criollos contra gachupines por el poder. Los criollos que traicionaron y vencieron fundaron “su país” con la misma estructura ideológica y cultural que se formó durnte el periodo colonial. Las diferencias fueron solo de forma y de matices, pero no de fondo. México en consecuencia sigue viviendo bajo un régimen colonial hipócritamente disfrazado de democracia.

 

El punto de esta reflexión es, cómo se creó el nuevo orden colonial en la violencia en los extensos territorios del Anáhuac, y cómo, ese mismo orden violento sigue operando hasta nuestros días en lo esencial, aunque haya sido “decorado” sucesivamente por diferentes acontecimientos internos y externos.

 

La violencia ha sido el medio por el cual se ha ido construyendo la realidad histórica y cultural de lo que hoy llamamos México. La violencia es una manifestación universal que esta en todos los procesos históricos humanos y aún de los animales. Toda civilización de una u otra forma han recurrido en ocasiones a diferentes tipos de violencia para ejercer el poder, desarrollar y mantener su propio proyecto. La violencia aceptada por la sociedad es ejercida excepcionalmente desde el poder del Estado, cuando individuos o grupos tratan de lesionar el bien común y atentar contra el Estado en favor de su interés privado o de grupo. Sin embargo, para el caso de los pueblos colonizados y en especial para el del Anáhuac, la violencia ha sido el medio sistemático por el cual se ha ejercido el poder y se ha constituido como razón de Estado. La colonización y neocolonización se construyen y desarrollan a través de la violencia. Quinientos años de violencia, unas veces explosiva, las más silenciosa y subterránea. Algunas veces de carácter nacional, otras de carácter regional, Unas veces colectiva, otras selectivas.  Fue un acto violento la invasión en 1519. Pero la explotación, depredación, exclusión, negación y genocidio, han sido y son la constante en los últimos cinco siglos. Esta violencia como expresión del ejercicio del poder y razón de ser del Estado, tiene muchas y diversas manifestaciones, tesituras y modalidades.

 

La violencia desde 1521 en el Anáhuac ha estado presente en todas las manifestaciones sociales, económicas, educativas, políticas, religiosas y culturales. Hemos aprendido a vivir durante los últimos cinco siglos en un mundo violento en el que para estar en armonía, se requiere ser violento en sus diversas y múltiples dimensiones. Desde la violencia silenciosa hasta los periódicos estallidos de violencia social. Desde la violencia interior y familiar, hasta la violencia económica, cultural y la ejercida por el Estado.

 

Según la Teoría del Control Cultural de lo “propio y lo ajeno” del Dr. Guillermo Bonfil Batalla, podríamos afirmar que el mundo “ajeno” es completamente violento y al penetrar en él, se pueden asumir culturalmente, la actitud activa del violento o la actitud pasiva del violentado. “El Chingón y el chingado”, entendido como la cultura del colonizador-colonizado, que puede tomar indistinta y temporalmente cualquiera de los dos roles, según la circunstancia y el momento. El estereotipo de la violenta villanía o la estoica resignación, la agresividad o la sumisión.

 

El ejercicio de la violencia en contra del pueblo, legalmente siempre ha estado a disposición discrecional del poder económico y político, en el periodo colonial por los gachupines y en el periodo neocolonial por los criollos y su ideología. Sin embargo, en los últimos años, ante el derrumbe del Estado criollo por el crecimiento exponencial de narco, la corrupción, el crimen organizado y la reciente ofensiva de las empresas trasnacionales por los recursos naturales del país, han propiciado el uso de la violencia por grupos independientes, como medio para liberarse de la violencia del Estado, ha empezado a amenazar a los grupos históricamente privilegiados, tanto en sus personas como en su patrimonio y lleva al país en la vía de convertirlo en un Estado fallido.

 

Es urgente detener el deterioro del Estado de Derecho. Otro estallido social u otra intervención extranjera serían un enorme retroceso. Otra devastación como las de 1810 o 1910 producirían mayor sufrimiento para el pueblo y en muy poco cambiarían las actuales condiciones. Se requiere detener la violencia a través de atacar las verdaderas causas que la generan. Y aquí volvemos al principio de la reflexión. Las causas son históricas, estructurales y culturales. Tienen que ver con la explotación, la depredación, la injusticia, la exclusión, la negación de los valores, principios y presencia de la civilización del Anáhuac. Con los derechos culturales, comunitarios e históricos de los pueblos. Así como con los inalienables derechos humanos, a la alimentación, la salud, la educación y la organización comunitaria, entendida como la práctica de los ancestrales usos y costumbres en cuanto al ejercicio del gobierno y la administración de la justicia.

 

En síntesis, al derecho que tienen los descendientes culturales del Anáhuac, indígenas o mestizos, de ejercer la democracia participativa, que es un legado cultural de miles de años, en la que el pueblo organizado logra que las autoridades elegidas por ellos mismos, “manden obedeciendo”, en la procuración del bien común, la justicia y la igualdad.

 

Por supuesto que no es fácil. Se entiende que no puede ser un proceso corto, pero no existe otra alternativa. Recuperar la sabiduría y la experiencia de la civilización del Anáhuac, que ha sido brutalmente excluida pero que vive agazapada en el Banco Genético de Información Cultural de los llamados mexicanos y sumarla a lo que hoy somos como pueblo mestizo, es la única alternativa posible por difícil e imposible que parezca. Desde 1521 los gobernantes no han dejado que el pueblo participe en la construcción de la Nación. Es tiempo de que se le la oportunidad. Debemos construir una nación sin exclusiones culturales, raciales e históricas, para ponerle fin a la colonización y ejercer la libertad y la autodeterminación. Lo difícil no es hacerlo, sino imaginarlo.

 

La violencia en México solo puede erradicarse si se acaba la violencia histórica y cultural que han ejercido las clases dominantes y el Estado desde 1821 sobre las grandes mayorías. La violencia no puede ser combatida con violencia, porque solo se logra acrecentarla y (RECONCENTRADA). La violencia se combate con justica, educación e igualdad para todos.

 

Debemos de ser autocríticos y reconocer que los pueblos originarios y sus culturas, desde 1521 han vivido en un mundo desmesuradamente violento. El hecho que la violencia ahora este llegando a sectores medios y altos de la sociedad, y que sea de espectro amplio y no selectiva como siempre lo ha sido, no indica que la violencia se ha apropiado del país, sino que México siempre ha sido terriblemente violento para la mayoría de sus habitantes.

 

Es urgente erradicar la violencia en México, pero desde sus orígenes. Por más difícil que parezca no es imposible y es la única verdadera alternativa que tenemos. El desafío no está en cómo hacerlo, sino en poder imaginar a un país libre de la colonización mental, cultural, económica, política y social. Una país para todos.

 

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Primero debemos de acotar que la civilización del Anáhuac para 1519 vivía un periodo de decadencia cultural, religiosa y filosófica. Aunque la Triple Alianza y en especial los mexicas vivían un periodo de expansión militar y económica de apenas ocho decenas de años, al interior de la sociedad, tanto en algunas de las más altas autoridades, como en general de los masehuales y sobre todo, de los pueblos y culturas ancestrales que conocían y habían vivido por siglos bajo la filosofía de la Toltecáyotl y la guía espiritual de Quetzalcóatl, rechazaban las reformas ideológicas y religiosas del Cihuacóatl Tlacaélel, que cambiaron el fin supremo de la sociedad de un orden espiritual por un orden material. Esto se manifestaba en el cambio de la dualidad milenaria de Tláloc-Quetzalcóatl de estirpe tolteca, por la nueva dualidad Tláloc-Huichilopztli. Éste último símbolo filosófico-religioso es de origen mexica. En síntesis, los mexicas cambiaron el culto a “la vida espiritual” por el culto a “la vida material”. Esta nueva “razón de Estado”, les permitió a los mexicas convertirse en los “sostenedores del Quinto Sol” y con esta “misión divina” tuvieron el derecho de iniciar la expansión militar y la sujeción de los pueblos ancestrales del Cem Anáhuac.

 

Este cambio estructural de su cosmovisión, filosofía, religión y razón de la existencia de su Estado, los primeros ochenta años permitieron una relativa expansión que en realidad solo fue en el Altiplano Central y parte de las costas de Veracruz, pero que a la llegada de Cortés asumiéndose como el embajador de Quetzalcóatl, desató un cisma religioso, político y social entre todos los pueblos y culturas del Anáhuac, especialmente en las dominadas por la Triple Alianza, que terminó con una terrible y sangrienta guerra civil que la historia oficial del Estado criollo llama “Conquista”.

 

Es falso que los mexicas tuvieran el control del Cem Anáhuac. La zona maya, oaxaqueña, guerrerense, el Occidente desde Michoacán hasta Sinaloa y la gran Chichimeca, es decir, desde Querétaro hasta más allá de lo que hoy es E.U., jamás fueron conquistados. Como se ve, el mito del “gran imperio azteca” es parte de los mitos de colonización mental de los criollos, porque demuestran en su versión oficial de la historia que, un puñado de españoles pudieron vencer y someter a “todo un gran imperio de temidos y poderosos guerreros aztecas”. Totalmente falso.

 

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El nuevo orden colonial inició su construcción con la destrucción y extirpación violenta y total de: LAS LEYES, AUTORIADES E INSTITUCIONES (LAI) que en el Anáhuac se habían constituido a lo largo de siete milenos y medio de desarrollo humano, que produjo una de las seis civilizaciones con origen autónomo del mundo, y la que logró el más alto grado de desarrollo humano para la mayoría de sus habitantes. Ninguna otra civilización alcanzó los logros en alimentación, salud, educación y organización social extendidos a todo el pueblo, como las culturas anahuacas. Esta negación de cualquier valor cultural, científico, artístico y religioso, así como del más mínimo derecho humano, comunitario y cultural, ha permanecido inalterado estos cinco siglos y hoy día es lacerantemente vigente. El gobierno mexicano y los partidos políticos le negaron la autodeterminación a los pueblos indígenas con el cambio de la Ley COCOPA. Actualmente más de la mitad de la población vive en condiciones de pobreza, el 10% de la población de este país de estirpe anahuaca posee el 1% de la riqueza nacional y del lado opuesto, el otro 10% de la población criolla de este país, posee el 41% de la riqueza nacional y el 0.18% de “mexicanos” concentran 42% del PIB. La civilización del Anáhuac, así como sus descendientes culturales han sido total y plenamente excluidos del proyecto “nacional de los criollos” en los últimos doscientos años. Los diferentes gobiernos mexicanos desde 1821 hasta la fecha, han ignorado y excluido a la supuesta base que los sustenta y les da razón de ser, el pueblo.

 

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La primera autoridad surgida de la invasión fue Hernán Cortés. Arquetipo y máximo referente del ejercicio del poder en los últimos cinco siglos. Extranjero, asesino, ladrón, demagogo, traidor, abusivo, mentiroso, inhumano, impostor, intrigante y enemigo de la autoridad, la justicia y el derecho.

 

Hernán Cortés fue español. Mandó asesinar al hermano de Ixtlilxochitl, el tlatuani de texcoco que fue el gran aliado de Cortés y el verdadero estratega y comandante en jefe de los ejércitos invasores. Ordenó la ejecución de los hombres de su expedición que trataban tomarlo preso y entregarlo a las autoridades de Cuba. Mandó asesinar a Cuauhtémoc y a Fray Juan de Tecto, confesor del rey de España que envió a espiar a Cortés y al oponerse al asesinado de Cuauhtémoc (porque era para la cultura española, en ese tiempo, un rey no podía ser ejecutado por un plebeyo). Estranguló a su propia esposa en Coyoacán, entre muchos otras muertes que ordenó y él, personalmente ejecutó.

 

Robó a todos los pueblos indígenas que se aliaron a él. Robó a Moctezuma y a la Triple Alianza. Robó a los pueblos que posteriormente conquistó con la ayudad de los texcocanos, tlaxcaltecas y sus demás aliados anahuacas. Robó a los propios hombres de su expedición en la repartición de los tesoros robados. Robó a la corona española al no entregar totalmente el “quinto real”, es decir, una quinta parte de lo robado a los invadidos. Robó a los patrocinadores de la expedición a los que no les entregó lo que les correspondía del botín. Robó al propio gobernador de Cuba.

 

Fue el primer demagogo, porque usó los principios filosóficos y religiosos de Quetzalcóatl y mañosamente los mezcló con los principios cristianos. Al inicio de la invasión usó la profecía del regreso de Quetzalcóatl y manifestó su interés por restablecer la Toltecáyotl, trasgredida por los mexicas y sus aliados. De esta manera engañó a los pueblos que esperaban el regreso de su maestro ancestral y la restauración de la dualidad Tláloc-Quetzalcóatl.

 

Traicionó a Diego Velázquez al aceptar la concesión de rescatar oro que Diego Velázquez había obtenido de la corona a un interés muy alto, sabiendo que no iba a cumplir y que lo iba a traicionar. Traicionó a los inversionistas que financiaron la expedición. Traicionó a la mayoría de los expedicionarios, al no entregarles la magnitud del botín que se había acordado. Traicionó a los hombres que había mandado Diego Velázquez a tomarlo preso y regresarlo en calidad de prisionero a Cuba, quienes a su vez, por las mentiras de Cortés traicionaron a Pánfilo de Narváez que era su capitán. Finalmente, entre muchas traiciones grandes y pequeñas, trató de traicionar al rey de España al pretender crear un reino independiente en el Anáhuac, motivo por el cual la corona española le instruyó un juicio de residencia, en el que se analizaban las acciones cometidas en la conquista. Este es otro de los puntos oscuros de la primera autoridad colonial que los historiadores hispanistas no han querido investigar y ventilar, pues el criollismo insiste en tener a Cortés como un prohombre de su historia y a los “aztecas” como una poderosa “civilización” que fue valiente y heroicamente vencida por la superioridad racial, cultural y religiosa de Europa, lo que se traduce en la aceptación resignada de que los criollos mantengan el control de la nación. La desaparición de la Toltecáyotl de la memoria histórica de los invadidos-colonizados permite históricamente su esclavización.

 

El abuso permanente y voraz de Cortés sobre los pueblos aliados y en parte de los propios mexicas, quienes durante los tres años de campaña le dieron alimentación, cuantiosos regalos, personal de servidumbre, cargadores, mujeres, recursos naturales, tanto para hacer pólvora como para construir bergantines. Cortés y los invasores fueron tratados como embajadores y, en una cultura tan desarrollada y educada como la anahuaca, (similar a la china o hindú), el trato a una comitiva de alto nivel, como el embajador de Quetzalcóatl –como así se hacia pasar Cortés- merecía todas estas atenciones que cínicamente aceptó y posteriormente exigió recibir Cortés. La autoridad en el Anáhuac, desde entonces se ha mostrado como una divinidad supra humana, fuera el “embajador de Quetzalcóatl, el Virrey, el Emperador, el Presidente o el simple gobernador. El abuso es uno de los distintivos en el ejercicio de la autoridad en México.

 

La mentira y la intriga fueron las principales armas de Cortés y han seguido siendo de todas las autoridades en estos cinco siglos. Cortés le mintió a Diego Velázquez, a sus compinches de expedición, a sus aliados anahuacas, a sus enemigos de la Triple Alianza, a las primeras autoridades que envió la corona, a sus múltiples mujeres. Cortés, con la información que le dio Malinche pudo urdir la serie de intrigas entre los divididos anahuacas que, desde antes de la invasión, tenían profundas desavenencias entre ellos, como los casos de Tlaxcala y Texcoco, y aún en el mismo seno de la dirigencia de la Triple Alianza que ponían en duda la validez del culto a la materia y el sacrificio humano, recientemente creado por Tlacaélel.

 

Cortés mostró sus rasgos psicópatas al ordenar las matanzas de Cholula y del Templo Mayor, que los historiadores hispanistas han tratado de achacar al “malo” de los conquistadores, Pedro de Alvarado pero que, un análisis descolonizado nos demuestra que Cortés fue el que estando en Tenochtitlán, después de consumar la traición a Pánfilo de Narváez en Veracruz, ordenó la matanza del Templo Mayor que desencadenó la sangrienta lucha fraticida entre cientos de miles de guerreros  anahuacas y que culminó con la caída de Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521. La actitud inhumana contra los vencidos, los aliados y sus propios compañeros de expedición caracterizan el ejercicio del poder del conquistador, símbolo de la autoridad en México. Las órdenes de exterminio se han seguido repitiendo impunemente en los últimos cinco siglos.

 

Cortés fue un impostor y es el arquetipo de la autoridad en México. Cortés se hizo pasar por el embajador y capitán de Quetzalcóatl. Su “autoridad” surge de una falsedad y una mentira. Como históricamente la autoridad ha estado separadas del pueblo y nunca han representado sus legítimos e históricos intereses, surge de una falsedad y de una ficción; sea un Virrey, un Emperador o un Presidente, todos ellos han sabido que su “autoridad no es legítima”, razón por la cual siempre han luchado por aparentar  legalizarse desde sus gobiernos ilegales. La herencia leguleya de Cortés sigue persiguiendo a las falsas e ilegítimas autoridades del Anáhuac desde 1521 hasta nuestros días. Desde las “Cartas de Relación, el famoso dicho colonial en el ejercicio del poder  venido de España, “acátese pero no se cumple”, hasta los resultados de las elecciones “democráticas” de los presidentes del México de los criollos, desde Guadalupe Victoria hasta Felipe Calderón.

 

La autoridad en el Anáhuac, desde 1521 hasta nuestros días, llámense Conquistador, Virrey o Presidente  han sido enemigo jurado de “la autoridad, la justicia y el derecho”. En efecto, como su poder no emana de la voluntad del pueblo y sus antiguas leyes, menos de su tradición ancestral, ni procura el bien común. Las LEYES, AUTORIDADES E INSTITUCIONES (LAI) impuestas en la colonia y en el periodo neo-colonial han sido y son, de carácter colonial. Lo que implica la explotación de la mano de obra de los vencidos-invadidos, sea a través de la encomienda o el salario mínimo; y la depredación de los recursos naturales a favor de intereses ajenos al bien común y al desarrollo humano. En el Anáhuac, desde 1521 no ha existido un proyecto compartido de nación entre pueblo y gobierno, solo ha existido una acción sistemática de explotación y depredación desde el poder usurpado a favor de unos cuantos. Sea por los gachupines o por los criollos, que nunca han sentido en verdad a este pueblo y a esta tierra como suya. Que no han amado y respetado al pueblo. Que han rechazado y excluido su historia y su cultura, es más, se han empecinado históricamente por extinguirlas y denigrarla, afortunadamente los criollos –como en todo-, no lo han logrado y han mostrado su total ineptitud e incapacidad. Por su esencia y origen, desde 1521 la autoridad en el Anáhuac es enemiga de la justicia y el derecho, y por lo tanto, de la misma “Autoridad”, entendida como el mandato emanado del pueblo. En el Anáhuac solo han existido bandas criminales organizadas que se han apropiado del poder, y la “historia patria” de los criollos, no es más que las luchas entre ellas y las intervenciones extranjeras aprovechándose de estas luchas fraticidas. Los orígenes de la violencia en México son indiscutiblemente de carácter histórico-estructural y no circunstancial o momentáneo. Por ende, la solución requiere de un planteamiento profundo que contemple los procesos desde una dimensión histórica y cultural, sobre la injusticia y la exclusión sobre los pueblos herederos del la civilización del Anáhuac y la conformación ilegal e inmoral del ejercicio del poder y el mismo Estado colonial y neocolonial.

 

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La violencia fue el método sistemático en la construcción del Virreinato y la formación y desarrollo de la nación mexicana desde 1821. Fue a través de actos violentos que los conquistadores primero y los colonizadores después lograron someter, esclavizar, explotar y deshumanizar a los pueblos de la civilización invadida.

 

Violenta fue la forma en que los anahuacas sufrieron la conquista, independientemente del bando en el que hubieran participado. Los excesos de violencia saturaron los hechos históricos de los europeos y de los mismos anahuacas en sus luchas fraticidas.

 

Violencia en la pérdida de sus LEYES, AUTORIDADES E INSTITUCIONES (LAI). La colonización primero usó las estructuras de explotación de la Triple Alianza, sobre los pueblos tributarios. Conforme avanzó la invasión, fueron supliendo las leyes, las autoridades y las instituciones anahuacas del periodo Postclásico, para implantar violentamente las del modelo colonial vigente hasta nuestros días.

 

Violencia en la pérdida de su libertad y su condición de seres humanos. Los anahuacas pasaron a ser vencidos bajo las tesis filosóficas de Gines de Sepúlveda, de la Edad Media y de la Guerra de Reconquista contra el Islam. Los anahuacas además de perder su condición de hombres libres perdieron la esencial condición de seres humanos y fueron tratados como animales y seres demoníacos. Ahora son nacos, indios, prietos, o “marginados, desprotegidos o en extrema pobreza”.

 

Violencia en la pérdida de su cultura, usos y costumbres. A partir de 1521 se empezó a extender la desvalorización y destrucción de la civilización del Anáhuac. Como una onda expansiva desde la destruida Tenochtitlán, la cultura, usos y costumbres ancestrales empezaron a ser excluidos, negados y borrados en la conformación de la nueva sociedad. El colonizador ha impuesto en la mente del colonizado que debe rechazar lo propio y exaltar lo ajeno, símbolo de progreso, adelanto y civilización. Lo cristiano y “lo de castilla”, fue sinónimo de avance civilizatorio y desarrollo. Lo anahuaca, lo propio, símbolo de primitivismo y atraso.  Los modelos culturales impuestos por la televisión nacional y global destruyen el sentido de pertenencia y orgullo de “lo propio-nuestro”, fortaleciendo un modelo cultural global diseñado para mantener una supremacía ideológica, cultural y económica de los centros de poder neocolonial en el mundo global.

 

Violencia en la pérdida de su religión y autoridades e instituciones religiosas. Uno de los procesos más violentos que han vivido los descendientes culturales del Anáhuac fue la destrucción y negación de su religión. Base y sustento, fundamento y esencia del ser y hacer individual, familiar y colectivo. Razón de Estado de los pueblos del Anáhuac fue el desarrollo espiritual, materializado por los masehuales en su ancestral religión y todo su mundo, totalmente impregnado del sentido místico y sagrado de su religión milenaria. La violenta intervención del clero y la Santa Inquisición en la erradicación de la religión ancestral, es una asignatura pendiente en la reconstrucción de una HISTORIA PROPIA-NUESTRA, que nos explique lo que somos y lo que hacemos en la actualidad.

 

Violencia en la pérdida de su alimentación, salud, educación y formas de organización. La violencia ejercida por los colonizadores y neo colonizadores estos cinco siglos en la destrucción de la alimentación, salud y educación, al convertir a los seres humanos en animales sin valor alguno, a sus necesidades en productos y su cultura en un mercado. La violencia en los últimos dos siglos por usar la alimentación, la salud y la educación como un medio para explotar, someter y enajenar a la mayoría del pueblo que son los herederos sanguíneos y culturales de Los Viejos Abuelos. La comercialización, la voracidad desmedida y el enfermizo afán de enriquecimiento a costa del sufrimiento y empobrecimiento del pueblo, así como la destrucción de la naturaleza, ha caracterizado a los criollos en el ejercicio del poder los últimos dos siglos que han construido “su país”. La verdad es que existen en E.U. 20 millones de mexicanos, entre expulsados y nacidos en el extranjero que han tenido que huir de su país por la violencia histórica y cultural.

 

Violencia ante la condena a la pobreza, la falta de oportunidades, el acceso a la educación, la salud y al bienestar. En los últimos doscientos años los criollos han ejercido una brutal violencia silenciosa en contra del pueblo de “su país”. El modelo de desarrollo ha sido de extracción colonial para un mercado internacional. Los primeros tres siglos la explotación de la mano de obra esclava de los vencidos-invadidos en favor de la corona española y los gachupines enquistados en el Virreinato, y los dos últimos siglos, a favor de los capitales extranjeros y sus socios oportunistas “vende-patrias” de los criollos. En efecto, el modelo económico desde 1821 ha sido y sigue siendo: “que vengan los capitales extranjeros a invertir a México, -nosotros- ponemos la mano de obra barata y entregamos indiscriminadamente los recursos naturales a cambio de pequeñas dadivas y corruptelas”. El pueblo y los recursos naturales del “México de los criollos” han estado al servicio del Mercado externo y los intereses corporativos trasnacionales. El raquítico salario, las escasas prestaciones y la injusticia en materia laboral, es una de las acciones más violentas que ha vivido el pueblo.

 

Violencia ante la pérdida de tener un futuro con dignidad y bienestar. En efecto, ante la imposibilidad histórica de vivir con dignidad y justicia. De tener un futuro con bienestar el pueblo ha sufrido la violencia del Mercado y del Estado. Esta violencia es alimentada por la visión del mundo y la vida impuesta por los amos del dinero de manera global a través de los medios masivos, el capital financiero y el poderío militar.

 

El exceso y desfondamiento de la violencia. La insensibilidad del Estado criollo ante el sufrimiento del pueblo y la histórica incapacidad del criollo por generar riqueza y distribuirla.  El desgaste del Estado criollo y su derrumbamiento hasta convertirse en un Estado fallido ha permitido el surgimiento de la violencia por grupos independientes como medio para oponerse a la violencia del Estado. En efecto, el crimen organizado y el narco ofrecen un espacio de lucha y de oportunidad que el gobierno criollo históricamente les ha negado. Está surgiendo en algunos lugares de la geografía nacional, pequeños “Estados dentro del Estado”. Regiones del país en que es ejercida la violencia institucional por parte de grupos ajenos al poder criollo que imponen sus propias leyes, autoridades e instituciones. Y el pueblo esta en la tierra de nadie, en medio del fuego cruzado, víctima de la doble violencia. Indefenso e impotente vive esta nueva realidad de la histórica violencia en México.

 

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La gran mayoría del pueblo de México no esta de acuerdo con los resultados históricos del gobierno en los últimos dos siglos desde la fundación de México. El Estado colonial se mantiene hipócritamente. La violencia, la exclusión y la negación han sido las pautas reiterativas con que opera el Estado y el gobierno criollo. Son un puñado de familias y empresas las que tienen el poder en México y ejercen la violencia a favor de sus intereses políticos y económicos. De la misma manera, son un puñado de criminales organizados en partidos políticos, carteles o bandas de criminales que ejercen la violencia a favor de sus intereses políticos y económicos. En medio de este desastre esta el inmenso y desolado pueblo poniendo los muertos, los quebrantos económicos, la desintegración del tejido social, los valores éticos y morales, la degradación de la cultura, las tradiciones, usos y costumbres ancestrales.

 

Los actos violentos que estamos viviendo actualmente son la consecuencia de un sistema histórico y culturalmente violento. Sí queremos detener la violencia de las armas necesitamos erradicar la violencia ejercida por un Estado injusto, abusivo e irresponsable. Necesitamos cambiar la visión del ejercicio del poder y compartir un nuevo proyecto de nación en el que participe la sociedad en su conjunto. Aunque parezca increíble, los anahuacas tenemos como herencia cultural el conocimiento de cómo organizarnos, lo hicimos durante más de diez siglos de manera brillante (Periodo Clásico 200 aC. A 850 dC.). Lo hemos sabido hacer en momentos de gran necesidad, como fueron los sismos de 1985 en la Ciudad de México.

 

Necesitamos creer en nosotros mismos. En nuestro potencial cultural, pletórico de experiencia y sabiduría sistematizada y trasmitida por decenas de siglos, en la vigencia de nuestra civilización Madre y nuestra irrenunciable pertenecía a ella. Nuestra civilización originaria no está muerta. Vive en lo profundo de nuestros colonizados corazones y nuestras adormecidas conciencias, en el “banco genético de información cultural” que cada uno de nosotros tiene. Necesitamos recurrir a nuestra herencia ancestral y sumarla a nuestro tímido y limitado mestizaje. Necesitamos recurrir a lo mejor de las civilizaciones que nos conforman, sin exclusiones. Necesitamos hacer la selección de lo mejor que está a nuestra disposición –que es nuestro y nos pertenece por derecho propio-, y con ello construir una nueva sociedad y acabar para siempre la colonización. Con los vencedores y los vencidos, los abusadores y los abusados, con los victimarios y las víctimas.

 

El colonizador abusivo y violento siempre le ha apostado a la pérdida de la memoria histórica, a la auto degradación, a la impotencia y sumisión. Le ha apostado al olvido y la ignorancia de nosotros mismos, y justamente ahí ha encontrado su poder. Pero por más poderosa que parezca la maquinaria colonizadora, es sumamente frágil y vulnerable. El poder de la conciencia, la organización y la sabiduría ancestral es inconmensurable. Es solo necesario hurgar en nuestra historia antigua y descubrirnos a nosotros mismos. Saber de qué estamos hechos, qué es lo que hemos logrado en siete milenios y medio de desarrollo humano endógeno y sabremos qué debemos hacer.

 

La emergencia de esta poderosa conciencia surge desde las telúricas profundidades de nuestra milenaria civilización. La cultura es lo único que nos puede rescatar. Es la sabiduría ancestral que vive en nuestro banco genético de información cultural la que puede cambiar nuestro destino. Lo difícil no es crear una nueva sociedad. Lo verdaderamente difícil –por ahora- resulta imaginarla.

 

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Para erradicar la violencia de nuestra sociedad, primero necesitamos conocer sus origines históricos y culturales. Entender los procesos históricos desde el eje de la violencia impuesta por el Estado desde una perspectiva estructural. No es un problema aislado o que se circunscriba a un puñado de bandas armadas y organizadas, es mucho más que eso. La violencia en México es histórica y cultural, por lo que se deben atacar los problemas históricos y culturales que la colonización ha creado en estos cinco siglos.

 

Por más difícil e imposible que parezca, es el único camino verdadero y definitivo para acabar con el infierno en el que hemos vivido estos cinco siglos. Tener confianza en la sabiduría, grandeza y vigencia de nuestra civilización Madre, es tener confianza en el poder del pueblo organizado y consciente. Por ello lo difícil no es hacerlo, sino concebirlo como una realidad aquí y ahora.     

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