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Sacralizar la existencia y volvernos un reflejo de lo divino Reflexiones frente a la crisis y el cambio

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Sacralizar la existencia y volvernos un reflejo de lo divino
<br>Reflexiones frente a la crisis y el cambio
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¿De qué se trata la situación que estamos viviendo?
Desde mi estrecha perspectiva, que por supuesto tienes las limitaciones de un ser humano individual con todas sus deficiencias, el foco central de lo que estamos viviendo tiene que ser pensado como un cambio de ciclo cósmico de la humanidad.
Pero, ¿qué significa esto? ¿Cómo entenderlo? En general no tenemos una mirada amplia sobre la vida, ni sobre la vida del planeta ni sobre la humanidad. En general ni siquiera pensamos en la humanidad como un todo. Tampoco pensamos en la existencia como un todo ni en el universo como un todo y no nos vemos como una pequeña parte de él. Así que tenemos que recurrir al conocimiento que nos brindan las tradiciones ancestrales, muy antiguas y mucho más lúcidas que nuestra tradición actual.
En la India, por ejemplo, hace 5000 años ya se concebía la idea de los ciclos cósmicos por los cuáles la humanidad pasa continuamente, intermediados por cataclismos que marcan el pasaje de uno a otro en un circuito sin fin. La doctrina de los ciclos del Vedanta nos informa que hay cuatro etapas en cada ciclo y que estamos viviendo el último período oscuro, dominado por la diosa Kali.

Sacralizar la existencia y volvernos un reflejo de lo divino
<br>Reflexiones frente a la crisis y el cambio
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<br>Según la tradición ancestral americana existen cinco ciclos o soles y a cada uno le corresponde una humanidad distinta. Y ya cuando los europeos llegaron a América hace 500 años se sabía que estábamos viviendo el final del Quinto Sol. Posteriormente en toda América se registraron relatos de esta concepción.
Para ambas tradiciones ancestrales tan lejanas en el espacio y en el tiempo, el final de la presente era se corresponde más o menos con la época actual, al cambio de milenio. Para los mayas, que fueron muy precisos, se cumplió en el solsticio del 21 de diciembre de 2012. Para los hindúes más o menos también.
Claro que debido a nuestro condicionamiento cultural no tomamos muy en serio a las civilizaciones del pasado ni a su conocimiento trascendente. Entonces, si hablamos de cambio de ciclo, lo tomamos muy a la ligera, como una superchería o una creencia mágica. O lo llamamos profecía. Pero no aceptamos que somos muy ignorantes y que hemos sido condicionados en una cultura basada en la mentira.
En realidad el conocimiento de los ciclos es el resultado de una investigación muy rigurosa, llevada a cabo durante milenios a lo largo de generaciones. Se basa en una observación minuciosa de la naturaleza y de la dinámica celeste, registrada, sistematizada y transmitida hasta llegar a comprender los patrones recurrentes sobre los que se ordenan esas informaciones. Es así que se pueden anticipar las fechas de los acontecimientos, tanto celestes como climáticos y sociales. Entonces no se trata de profecías, sino de cálculos.
Este es el caso de los mayas, que eran una pieza de la cultura general del Anáhuac. Allí existen todavía cientos de construcciones piramidales que eran en esencia observatorios astronómicos de gran sofisticación, tal como lo eran también las pirámides de Egipto.
Sea como sea podemos reconocer por la experiencia directa que una civilización que abusó tanto de un desarrollo unilateral -tan mercantilista, tan egocéntrico y materialista- tenía que culminar tarde o temprano a causa de las debilidades que ese mismo sistema de vida genera.
Pero una cosa es hablar de un cambio de ciclo y otra cosa es vivirlo. Porque la vivencia de un cambio de esta envergadura sólo puede tener un significado dramático para quienes lo experimentan. Todos los cambios nos cuestan porque nos obligan a revisar nuestros patrones de pensamiento y nuestra forma de vida.
Según Gurdjieff la humanidad actual ha desarrollado una forma de existencia ordinaria completamente anormal, ajena al propósito para el cual fue creada. Una humanidad que se adjudica capacidades de las cuales carece, tales como voluntad, consciencia y capacidad de acción independiente y autónoma.
Si miramos a nuestro alrededor y nos observamos a nosotros mismos, ¿qué es lo que vemos?
Un ser humano dominado por el hipnotismo y la sugestión, una máquina que reacciona sin pensar a los estímulos exteriores, que no tiene una mente independiente sino que está gobernada por condicionamientos. Un ser humano que no siente, sino que esta alejado de su verdadera conciencia moral, lo que le permitiría sentir lo bueno y lo malo en cada momento. Que tiene un cuerpo maltratado y perezoso, incapaz de hacer esfuerzos. En suma lo que podríamos llamar un hombre dormido.
Por supuesto que un hombre así es muy útil a las corporaciones y a los gobiernos, ya que es fácil de ser llevado y traído por la publicidad e impulsado a un consumo irracional. Un hombre así no crítica con suficiente intensidad una forma de vida anormal que transgrede las leyes mínimas, que destruye el planeta y a otras culturas diferentes. Y que se vanagloria de pertenecer al súmmum de la civilización, sin tener en cuenta que todo esto es falso, puesto que han existido en el pasado y existen todavía culturas mucho más lúcidas y conscientes que la nuestra.
Ahora bien, si esto es así, ¿que nos queda a nosotros, personalmente hablando? ¿Qué podemos hacer? En principio, exteriormente, muy poco, porque no tenemos el poder de cambiar el curso de los acontecimientos. No dependen de nosotros. Lo primero que necesitamos hacer es reconocer nuestra completa impotencia respecto de los sucesos cósmicos generales. Porque somos pequeñas células en un Universo vivo que tiene un destino propio y está sometido a leyes.
Si fuéramos capaces de hacer este reconocimiento de manera intensa, íntima, visceral, entonces tendríamos una actitud muchísimo más humilde respecto de la existencia en su conjunto. Seríamos capaces de experimentar una gratitud profunda por el hecho de estar vivos. No seríamos negligentes en relación a la realidad de nuestra muerte personal, del tiempo limitado de nuestra existencia y la impermanencia de las cosas. Nos haríamos responsables de nuestros actos, pagaríamos por nuestros errores y pediríamos perdón.
Humildad, gratitud, solidaridad, generosidad serían las consecuencias naturales de una comprensión como la que estamos describiendo. Nos volveríamos incapaces de sacar algún provecho del sufrimiento de otros. Seríamos muy respetuosos de las diferencias. Sabríamos que no estamos en este mundo para una satisfacción egoísta. No iríamos enloquecidamente detrás del consumo. Sabríamos que nuestra felicidad es incompleta sin la felicidad de los demás. No nos dejaríamos manipular por las convenciones sociales ni por los patrones de pensamiento y conducta que generan otros. Nos volveríamos muy reflexivos. Compartiríamos con nuestros allegados nuestro pensamiento y estaríamos sumamente interesados en conocer el pensamiento de los otros. Estaríamos sinceramente convencidos de estos valores.
¿Será todo esto posible?
No podemos ser ciegos a que hay intereses muy mezquinos y oscuros encarnados en el mundo. A que los poderes que han dominado la civilización hasta el momento tienen una distribución muy desigual y no van a dar el brazo a torcer muy fácilmente.
Entonces ¿hay algo que podamos hacer? ¡Sí!
Revisar, honestamente, nuestra vida. Nuestros patrones de comportamiento, nuestros anhelos, los valores que defendemos. Revisarlos con toda sinceridad, cuestionarnos, criticarnos a nosotros mismos por nuestra debilidad, nuestra pereza, nuestra complacencia. Y recurrir al conocimiento que es el legado legítimo de la humanidad y que nos brindan tantas enseñanzas y tradiciones que nos llegan del pasado y que están hoy disponibles para todos nosotros.
Los caminos de conocimiento de sí mismo y de transformación interior están hoy a la mano del que esté interesado. Es necesario distinguir el trigo de la paja y dejar de ver la paja en el ojo ajeno para ver la viga en el propio. Es necesario volver a la raíz, a la esencia de lo humano, al motivo por el cual fuimos creados. Ayudarnos los unos a los otros, sacralizar la existencia y volvernos un reflejo de lo divino.

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