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EL HOMBRE VERDADER

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EL HOMBRE VERDADER
En el antiguo diccionario de Holguín , de 1608, que fue la primera recopilación de la lengua quechua que hicieron los españoles, hay una serie de términos que no tienen paralelo directo en castellano. Exaltan a un tipo de hombre confiable, activo, que no le hace asco al trabajo y que experimenta la verdad en su corazón. Lo llamaban sullul soncco, que fue traducido como ?el hombre fiel y de confianza? o el ?hombre verdader?.
Sullul en quechua quiere decir ?verdad? y soncco se aplica tanto a ?corazón? como a ?entendimiento?, ?entrañas? o ?uno mismo?, dependiendo del contexto del habla. Verdad-uno mismo, corazón-entrañas, entendimiento de uno mismo. Hombre verdader: ?el hombre cuerdo, adulto y de razón, el buen trabajador, el fiel cumplidor de sus deberes?.

EL HOMBRE VERDADEREl sullul soncco practicaba el ayni, una idea central de la cosmovisión andina. ?Todo en el Universo es ayni?, llegaban a decir, queriendo indicar el estrecho vínculo de reciprocidad que conecta a todo lo viviente en un circuito infinito de mutua alimentación y sostén. Ayni es la obligación de dar, recibir y devolver, la ley universal por la cual Todo está interconectado con Todo, depende de Todo y vuelve a Todo. Y esto mucho antes de que el físico David Bohm elaborara su teoría del ?orden implicado?, según la cual, en el mundo sub-atómico, todas las partículas están ligadas.
En el norte de Argentina, en poblaciones collas de Salta, pude observar cómo cada poblador se ocupaba de ayudar a los otros en el trabajo y en la vida, reforzando de manera práctica las redes de solidaridad . El vínculo de ayni se aplicaba tanto a la gente como a las plantas, los animales y las fuerzas que gobiernan la existencia. Por amor a este principio un comunero andino trabajaba para sí, ayudaba a los otros, respetaba a los antepasados, celebraba a la naturaleza y glorificaba a los dioses.
En otro contexto muy diferente, entre los kwakiutl, un pueblo originario de la costa noroccidental de Norteamérica, existía una costumbre que fue muy estudiada por los especialistas: la celebración del potlatch . Su núcleo ritual consistía en la destrucción completa o la donación de una enorme cantidad de bienes útiles y suntuosos, acumulados con gran celo durante el año. Desaparecían en pocos días alimentos, ropas, joyas, adornos, canoas y utensilios. El éxito de la celebración dependía de la cuantía y la calidad de lo que se ofrendaba, en medio de cantos, danzas y algarabía.
Cada unidad tribal se esmeraba por superar a las otras en derroche y generosidad, afirmando así la jerarquía de sus líderes y reforzando las alianzas. El prestigio de los jefes indios aumentaba en la medida de su desprendimiento y la acción se desenvolvía en un clima de jactancia y ostentación. La destrucción de propiedades valiosas implicaba una señal de poder y los invitados quedaban obligados a recompensar al anfitrión en una oportunidad venidera.
Es evidente que no podemos comprender estas acciones si nos ceñimos a nuestros criterios utilitaristas actuales. ¿Quién de nosotros se sentiría deleitado de invitar a sus amigos y, en medio de exclamaciones de júbilo, destruir o regalarles una cantidad de bienes útiles como la computadora, el reproductor de DVD, la cámara de video, el celular o el auto? No encontraríamos significado en este derroche y las alabanzas de nuestros invitados no serían una compensación suficiente.
Pero el ideal de liberalidad y desprendimiento que este ritual implicaba podría servirnos de ejemplo para reflexionar, lo mismo que la amplitud abarcadora del ayni. La mezquindad de nuestros apegos y apetitos consumistas, tan bien administrados por los productores de deseos de las corporaciones, quedarían muy desnudados.
La forma de vida aborigen tradicional manifestaba un sentido sagrado del mundo, muy ajeno a nuestra vivencia desacralizada contemporánea. El mundo profano total, el cosmos completamente desacralizado que caracteriza al hombre no-religioso de las sociedades modernas es una experiencia reciente en el devenir de la humanidad. Esta carencia le impide, y cada vez más, reencontrar las dimensiones existenciales del hombre religioso de las sociedades arcaicas .
El ideal masculino era muy diferente en otras culturas y el estudio de sus diferencias provee ejemplos instructivos. Ahora bien, ¿cómo podríamos servirnos de ellos para descubrir cuál es nuestro ideal de hombre argentino verdader y de qué se compone? Pensemos, ¿qué valores debería poseer, qué cualidades colmarían la suma de nuestras aspiraciones?
A mi modo de ver, el tipo de hombre que buscamos debe contar con ciertos atributos que hoy están en cortocircuito. Por un lado, una visión de lo sagrado, que lo habilite para percibir la existencia como una totalidad. Junto con ella, una base ética real, en la que no se tome a sí mismo como centro del mundo y medida de todas las cosas. Por otro lado, una serenidad confiada en que no tiene nada que temer, ninguna imagen que defender, ninguna hombría que destacar, nada que demostrarle a nadie. Porque el único ?ataque? es el que proviene de la propia sombra.
¿Cómo podría realizarse un hombre así? ¿Bajo qué condiciones e influencias? En primer lugar tendríamos que aislarlo de la televisión y del discurso de los dirigentes. No podría ir a la escuela, porque hoy la educación es un caos. Claro, tampoco podría juntarse con los otros chicos del barrio, porque lo contaminarían. Lejos de los medios, la moda, las competencias deportivas, los vecinos, los parientes? ¡No va a funcionar! No podemos aislarlo y criarlo en una incubadora. Necesita de caricias, contacto, desafíos, necesita del sol y las montañas? ¿Qué hacemos? ¿Cómo diseñamos este improbable experimento?
Ya sé, inauguramos un nuevo tipo de colectivismo que promueva la superación del macho basándose en valores renovados, una especie de kibutz donde los niños sean criados en conjunto e instruidos por? ¿Por quiénes? ¡No!, de ningún modo, lector, no puedo imaginarlo. Me declaro completamente incompetente para establecer las bases de nuestros futuros salvadores criollos.
Lo único que se me ocurre para aliviar este tremendo dilema es aportar mi humilde definición de hombre. Tal vez sea esta mi contribución al bien de todos. Es así: ?Un hombre es alguien que siente, que piensa acerca de lo que siente y que actúa de acuerdo a lo que piensa?. No es una definición ostentosa pero me ha costado bastante. No la saqué de los libros ni de la galera del mago, sino de mi propia añoranza y desengaño. Por eso te pido que no la pases rapidito, que te detengas y que reflexionemos.
Según lo considero lo primero es sentir, porque la clave está en el sentimiento. Pero sentir no es apasionarse por un cuadro de fútbol, una mina o una billetera llena. A mi modo de ver sentir es reconocer la herida. Porque los hombres hemos sido abrumados por una conspiración de silencio respecto de nuestra realidad emocional y estamos anestesiados. Y no hablo del sentimiento barato ni del énfasis puesto en los afectos ?como propone el psicologismo?, sino del sentimiento viril de enfrentar la verdad de lo que sea y tolerarlo.
Lo siguiente es pensar, ¡pensar! que para eso tenemos la sesera. Y pensar, realmente pensar, no es esta maquinita parlanchina que puebla nuestra
modorra, que nos llena de ilusiones o nos agobia. Pensar no es lo mismo que estar a merced de los pensamientos y sus devaneos. Pensar es pensar, es usar el aparato para algo. Como indica originalmente el diccionario: pesar, sopesar, ponderar, examinar. Hablo de desplegar las opciones, establecer prioridades, elegir qué valorar y qué no.
Y, por último, actuar en concordancia con el resultado de nuestro pensamiento, como lo hicieron San Martín y Belgrano. ¡Este es el trabajo de un hombre!, de un hombre de verdad, no de un macho. Quiere decir crecer, enfrentar la realidad, dejar atrás los caprichos y las debilidades. Nada de ?no tengo ganas? o ?lo dejo para mañana, ¿total??, sino aceptar el desafío de actuar ya, de llevar adelante lo que he proyectado, realizando lo que considero bueno y justo para mí y para los otros.
Para obtener algo a través del contraste entre el hombre verdadero y el macho es necesario que apliquemos la fórmula anterior a la situación que estamos estudiando. Cuando un hombre actúa desde su parcialidad de macho muestra una atrofia en la función del sentir, percibe con gran estrechez, no piensa más que en sí mismo y actúa de manera egoísta. Esta es su principal distorsión y el meollo de su auto engaño.
Esta actitud fue designada por los sabios antiguos con el nombre de ?amor de sí? y Belgrano la examinaba como un motivo censurable para escribir su autobiografía. Pero desde hace tiempo ha dejado de existir en el léxico vernáculo y un joven actual sería incapaz de exponer con propiedad su significado. Por esta omisión pedagógica, el amor propio, uno de los rasgos más destacados del macho argentino, permanece en la oscuridad y favorece la fijación del modelo.
Amor propio es lo contrario de amor porque el que se ama a sí mismo no puede amar a otro, o sea que no puede amar. Ya que la esencia del amor es la vocación del amante por entregarse a lo amado y disolverse. Hacia sí mismo un hombre verdadero lo único que ejercita es el cuestionamiento radical, como lo hicieron Belgrano en su autobiografía y San Martín en sus cartas .
Es este cuestionamiento radical el que inaugura la posibilidad del pasaje iniciático, la vía que permite transitar del mundo materno al mundo paterno y, finalmente, llegar a la corte del Rey ?es decir, al núcleo real de sí mismo?. El cuestionamiento permite inspeccionar la herida lo que preanuncia el descenso arquetípico. Pero esta travesía requiere del valor suficiente para enfrentar el dolor contenido en la herida y transmutarlo.
El hombre verdadero no rechaza el dolor, sino que lo integra como parte de la vida y desarrolla paciencia y valentía para tolerarlo. Porque ya no espera una vida perfecta, llena de éxitos y de placeres, sino que sabe que la vida es perfecta tal cual es, es decir, con todas sus imperfecciones incluidas. Y, si bien se esmera dedicadamente para mejorarla, no considera jamás que su bienestar puede estar basado en la desgracia de los otros.
El hombre verdadero se desafía a sí mismo para realizar el descenso hasta el soporte sumergido que le permitirá dar el salto. Porque sabe que el descenso posibilita la lucha con las fuerzas ocultas que tiene que desenmascarar para volver a casa. Y ?casa? es ?yo?, yo mismo, el que soy y no el que aparento ser a costa de tantos sudores. Un hombre verdadero se abisma confiadamente hasta el fondo de su nada.
Siquiera para empezar a pensar de este modo, lector, y llegar alguna vez a comprenderlo, es necesario que establezcamos una nueva narrativa: una nueva narrativa sobre la masculinidad argentina. Una nueva descripción de lo que significa ser hombre, en este tiempo y en este lugar. Una nueva mirada que permita transmutar al macho, que lo encauce y que lo redima.
En esta nueva narrativa el macho es sólo una parte del hombre, una parte pequeña que puede ser transmutada. En esta nueva narrativa ser hombre quiere decir ser lúcido, no dejarse convencer por los discursos de los gobiernos ni de las corporaciones, no tragarse el mejunje de la coctelera fabricado por los hacedores de mentiras que lucran con nuestras debilidades. Esta nueva narrativa permite comprender que para un hombre hay algo más importante que el dinero, el éxito o el consumo, algo que está más allá de los afectos y los negocios.
La nueva narrativa de la masculinidad contiene un diagnóstico de la situación actual y propone una estrategia para llegar al ideal de hombre argentino. Y este ideal responde a la máxima del general San Martín ?que él tomó de Píndaro y tradujo a su modo? ?llega a ser el que eres?. Porque si no somos lo que somos, es decir, nosotros mismos, en última instancia no seremos nada. Nada, que es lo que somos cuando no somos nosotros. ¿De qué nos sirve añorar lo imaginario si en ese acto perdemos lo real?
La nueva narrativa anuncia que el hombre verdadero es lúcido. Es lúcido porque enfrenta la verdad. Puede enfrentar la verdad porque no le teme al dolor. No le teme al dolor porque sabe que es parte de la vida. Sabe que es así porque examina su herida. Examina su herida porque tiene fe. Tiene fe porque acepta que en el fondo de sí mismo está la base que puede sustentarlo. Y esto último lo sabe porque está en contacto con los ancestros, que son los que transmiten el secreto de la iniciación masculina que desemboca en la hombría.
La nueva narrativa se articula sobre tres ejes básicos: a) la aceptación de que el macho argentino es sólo una parte del hombre argentino y de que puede ser transmutado; b) el reconocimiento de que la iniciación masculina comienza con el cuestionamiento de la situación actual y el examen de la herida; c) la confianza en que la inmersión, aunque dolorosa, conduce a la liberación y al cambio.
Como yo lo concibo ?y como colofón a esta primera parte? el hombre está necesitado de amigos, de pares tribales, de otros varones que vibren con él. Que estén dispuestos a quedarse sin dormir para danzar bajo la luna. Que aúllen, que bramen, que bufen, que expresen la potencia de la vida sin remilgos ni convenciones. Que revolucionen el mundo con su rebeldía indómita y desafiante. Que expresen las cualidades masculinas, todas, sin polarizarse. Que se arriesguen. Que sean fuertes y tiernos en su sexualidad. Que se expresen, que busquen ser libres.
El hombre verdadero no anula al macho, sino que lo transmuta y lo eleva. Lo convence de la bondad de servir a un amo justo, es decir, a la totalidad de sí mismo, y lo tiene como aliado. No lo denigra, sino que lo contiene y se hace su amigo. Lo usa para su propio fin, le roba la energía.
¡El hombre verdadero se erige sobre su macho profundo, como un falo que apunta bien alto!
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Fragmento del libro:
El macho argentino.
Reflexiones sobre masculinidad.
De Roberto Pitluk
Editorial Pausa para la reflexión.
Buenos Aires, 2007.



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