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TONATZIN NUESTRA MADRE QUERIDA

Todos los pueblos del mundo tienen dentro de sus mitos de origen, la figura de la “Madre Tierra”, como uno de los más importantes. El  sentido de pertenencia al planeta y la visión de que es un ser vivo, femenino y generoso, es la constante en estas historias antiguas de todas partes del mundo.

 

La desacralización de la vida y el mundo por la cultura occidental, la imposición del pensamiento cientista y la actitud fundamentalista para el culto al Becerro de Oro y a la materia, han afectado enormemente esta actitud de valores y principios, místicos y espirituales ante la Tierra como un ser consciente y a los seres humanos como sus hijos.

 

Especialmente en los últimos dos siglos por la hegemonía de la cultura occidental a nivel planetario.

 

En las seis civilizaciones con origen autónomo del mundo y las más antiguas, esta actitud es coincidente y se repite de manera general en todas las culturas que emanan de estas seis civilizaciones generadoras.

 

En el llamado Continente Americano, sorprende encontrar en las dos civilizaciones asombrosos paralelismos sobre el concepto de “La Madre Tierra”, que nos invitan a pensar que en vez de ser dos civilizaciones diferentes, es solo una, con múltiples variantes en tiempo y espacio.

 

En efecto, para las civiizzaciones originarias del continente: El Tahuantinsuyu (América del Sur) y del Anáhuac (América del Norte), los conceptos de “Pachamama y Tonatzin, son muy similares y una piedra angular para entender la cultura y la religión de estos pueblos ancestrales.

 

Para las culturas que nacieron en la cordillera de Los Andes, Pachamama era una entidad femenina generadora, que tenía su contraparte masculina en Inti, entidad asociada al Sol.

 

De esta manera la Tierra era femenina y tenía a su pareja contraparte con el Sol. En la civilización del Anáhuac, de la misma manera se encontraba Tonatzin como entidad generadora, entendida como una figura femenina que representaba a la Tierra y en Tonatihu a su contraparte masculina representado simbólicamente por el Sol.

 

Para los antiguos mexicanos, la vida era la oportunidad para trascender espiritualmente el mundo material. En su religión, especialmente del periodo Clásico perteneciente a la cultura tolteca, el Dios supremo no tenía nombre, ni se le podía representar. Metafóricamente se le llamaba de diferentes formas: Aquel por quien se vive, Noche viento, El dueño del cerca y el junto, etc.

 

Esta inconmensurable divinidad tenía muchas advocaciones diferentes presentes en diversos aspectos del mundo y de la vida. De la misma manera que en la religión Católica, existe una solo Virgen, con múltiples advocaciones. De esta forma, no existían “dioses” como los europeos han insistido en afirmar. Las diferentes advocaciones de la divinidad suprema los españoles las interpretaron como “dioses”, pero jamás se tuvo es idea en el México antiguo.

 

Por esta razón aparece “Tonantzin, nuestra madre querida”. Que en principio no es una diosa, sino una advocación de la divinidad suprema, que era invisible, impalpable e innombrable. Asociada a La Tierra como “ser vivo y con conciencia”. La Tierra al igual que todos los seres vivos tiene tres cosas que los iguala: que está viva, que siente y que se va a morir. Por ello la Tierra nos siente y nos presiente. Ella es la madre generadora de la vida y su generosidad no tiene límite. Como el amor de una madre a sus hijos pequeños.

 

La diferencia de la cultura occidental con la del Anáhuac es que, mientras para la primera La Tierra ha sido entregada a los hombres para su “explotación, transformación y dominio”, para los antiguos mexicanos La Tierra era nuestra “madre querida”. El objetivo del ser humano y las sociedades del México antiguo era “integrarse”, buscar el equilibrio, humanizar al mundo y coadyuvar con las fuerzas superiores para mantener el desarrollo del planeta.

 

De manera que la responsabilidad del antiguo habitante del Anáhuac era doble. Por una parte era de carácter espiritual y por otra de carácter físico.

 

Este sentido de responsabilidad estaba presente, no solo en las altas autoridades, que cuando tomaban el cargo de Tlatuani tenían que prometer que velarían por el orden espiritual y material de La Tierra. El “mantenimiento” del Quinto Sol, así como la responsabilidad de asegurar el ciclo de lluvias y la prevención de las catástrofes naturales competían al Tlatoani en turno.

 

Pero también al hombre común, quien también tenía que sostener el mundo en que vivía, tanto en el aspecto espiritual-religioso, así como en el de cuidar físicamente de las tierras que se le asignara el Taltocán en su Calpulli respectivo.

 

Y precisamente esto nos lleva a comentar la forma de tenencia de tierras de los antiguos mexicanos, que intrínsecamente podemos encontrar los valores y principios en los que se sustentaba la relación de La Tierra con los seres humanos.

 

La Tierra era una expresión de la creación divina. La parábola de la creación del Quinto Sol nos confirma el hecho de los dioses se tuvieron que sacrificar para que surgiera el mundo en el que vivimos.

 

Como los dioses se sacrificaron para que naciera la Tierra y los seres humanos, de la misma forma los seres humanos se tendrían que sacrificar espiritualmente para sostener el mundo. Esta es la razón por la cual los seres humanos del Quinto Sol se les llamaban “masehuales”, que significa en lengua náhuatl, “merecedores del sacrificio de los dioses”.

 

Así, la tierra era considerada sagrada y por ende un bien común. La tierra no la poseían en el sentido occidental, por el contrario, los seres humanos son hijos de la tierra y el Taltocán les otorgaba “en préstamo” un terreno para su mantenimiento y cuando no lo trabajaban, era recogido por el calpulli.

 

Los Viejos Abuelos tenían una responsabilidad, no solo con la tierra que se les asignaba, sino a través de las formas de organización comunitarias, como el tequio o la Guelaguetza, compartían responsabilidades por el bienestar de las tierras comunales. La Tierra como generadora y sustentadora del mundo material y del mundo espiritual. Esta es la razón por la cual, desde 1521 los occidentales no han comprendido el por qué, las culturas originarias no tienen el frenesí explotador y depredador de los recursos naturales.

 

Las culturas originarias de ayer y de hoy, herederas de la milenaria civilización del Anáhuac, veían y ven en el cuidado de la tierra una forma de mantener su cultura, su partencia y su significado existencial.

 

El desarrollo de la agricultura en el México antiguo se nos revela como la base del cimiento con el que se desplantó el impresionante desarrollo cultural. La vinculación de la tierra y el “proyecto abstracto civilizatorio” es irrefutable para una visión descolonizada de nuestras raíces.

 

No pudo existir la cultura olmeca y sus sorprendentes testimonios en la materia en La Venta en el Periodo Preclásico, o la cultura tolteca y sus impresionantes testimonios en Teotihuacán en el Periodo Clásico y mucho menos la cultura mexica con la ciudad de Tenochtitlán, la más grande y moderna del mundo de aquellas épocas, sin un eficiente sistema alimentario que se basaba fundamentalmente en la agricultura.

 

Más allá de la visión sagrada y mística que sostuvieron con la tierra Los Viejos Abuelos del Anáhuac, los conocimientos científicos y tecnológicos desarrollados a lo largo de siete mil quinientos años de desarrollo humano, representan uno de los grandes aportes de nuestra civilización al mundo y nos revelan el grado de adelanto que poseían en su vinculación material con Tonatzin.

 

La invención del maíz, la milpa, la chinampa, los sistemas de regadío. Los aportes a la cultura universal como el chocolate, la vainilla, el chicle, por citar unos cuantos, nos revelan la fructífera relación del ser humano y la Tierra en nuestra Cultura Madre.

 

Estos valores y principios han sido sistemáticamente negados y rechazados. Primero por los conquistadores y luego por los colonizadores extranjeros, hasta el siglo XXI, que no han querido entender y valorar las aportaciones y la riqueza de sabiduría de la civilización invadida.

 

El paradigma de la cultura occidental está en inminente quiebra. El modelo económico y la visión que se tiene de La Tierra, nos ha llevado por el camino de la depredación y contaminación. La Tierra está sufriendo una severa crisis y está al borde del colapso. Bajo el modelo occidental, ya no existen posibilidades de un futuro a mediano plazo para la humanidad.

 

Acaso será necesario voltear al pasado e investigar “descolonizadamente” la relación del ser humano y La Tierra de los pueblos ancestrales. Quizás el futuro de México y la humanidad sea su pasado.

 

Devolverle a La Tierra su sentido sagrado y divino, tal vez no sea tan descabellado para reorientar el desarrollo de la humanidad. A final de cuentas la ciencia más avanzada de occidente, empieza a reconocer en La Tierra a un ser vivo. Y como todo ser vivo tiene derechos y prerrogativas para su supervivencia, dado que nuestra forma equivocada de vivir y entender el desarrollo la está amenazando de manera creciente.

 

Nada nuevo ha inventado en lo esencial desde hace diez mil años la humanidad. Al fragmentar y parcializar el conocimiento la cultura occidental ha confundido la sabiduría por la información y ha sumido al planeta en un crisis de dimensiones insospechadas.

 

Nunca como antes la humanidad ha tenido tanto “conocimiento” e información, y sin embargo, nunca la humanidad había estado tan desquiciada y La Tierra tan amenazada. El conocimiento y la información sin el sustento espiritual no nos hacen mejores personas. Una ciencia sin sabiduría nos conduce a la destrucción y a la muerte, sea de los pueblos o de La Tierra.

 

Es por ello que el volver a revisar y replantear nuestra relación con La Tierra es fundamental para diseñar un mundo mejor. Conocer e interpretar los mitos y leyendas de los pueblos ancestrales resulta un excelente camino para retomar la milenaria sabiduría humana, que se ha ido decantando a través del tiempo. La construcción de una vida mejor estará sustentada en la “humanización” de la relación con La Tierra y todos los seres vivos que comparten con los humanos el mismo derecho de vivir.

 

Desde esta perspectiva la vida es un derecho divino y su preservación una responsabilidad que humaniza nuestra existencia, como lo afirma las civilizaciones originarias del continente.

 

 

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