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¿Se acuerda usted de los polkos?

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¿Se acuerda usted de los polkos?
José M. Murià
Periódico La Jornada
25 abril 2020.
Recuerdo que cuando estudiaba en la prepa de Jalisco, tenía una amiguita de buena familia que cursaba el mismo año, pero en una preparatoria para gente decente, regenteada por madres mercedarias, y a menudo, cuando no podíamos hacer algo mejor, comparábamos unas enseñanzas con las otras.

Fue así como nos dimos cuenta de que el tema de los polkos, al que le puso mucha atención mi profe y hasta se exaltó cuando habló de ellos, la madre no le hizo el menor caso? De ahí que a mi amiga le llamara polquita, de cariño.

Hago memoria de que, al mediar el siglo XIX, se llamó popularmente así a dos batallones formados por gente de filiación que algunos llamarían hoy fifí.

Se dice que el nombre venía de su gusto de bailar polkas en sus fiestas, aunque hay opiniones acerca de que el sobrenombre les venía de su simpatía por el presidente James Polk de Estados Unidos, quien precisamente emprendió la guerra contra México, y los polkos de nuestro país, mientras nuestras tropas combatían contra los gringos, le hicieron el gran favor a éstos, en febrero de 1847, de levantarse en armas contra el gobierno mexicano, legalmente constituido, que encabezaba en ese momento el vicepresidente Valentín Gómez Farías.

Resulta que Don Valentín quería intervenir en los múltiples bienes eclesiásticos, según una ley promulgada el 11 de enero anterior, para tener con qué hacer frente al enemigo.

Recuérdese que el vicepresidente pidió ayuda al clero de México, siguiendo el ejemplo del de Guadalajara, ofreció hacer muchas misas y plegarias?

En plena guerra, pues, los polkos se alzaron en armas en la propia capital, encabezados por el general Matías de la Peña. Después de casi un mes de hostilidades en el corazón mismo de la Ciudad de los Palacios derrocaron al gobierno que amenazaba con meter las manos en los sagrados intereses de la Santa Madre Iglesia y, consecuentemente, facilitaron el avasallador triunfo de las fuerzas invasoras.

Pero, eso sí, consiguieron que López de Santa Anna se hiciera cargo del mando supremo del Ejército Mexicano y, claro está, no le tocaron un pelo al capital más abultado de la nación.

Para garantizarlo, al momento de alzarse, no podía faltar la publicación de unas Bases del plan para la restauración de los verdaderos principios federativos y, en consecuencia, declararon que los poderes Legislativo y Ejecutivo ya no tenían la confianza nacional.

A fin de cuentas, Santa Anna asumió una vez más la Presidencia de la República y condujo, como todos sabemos, el país al despeñadero.

El resultado fue que los intereses de los polkos quedaron a salvo. Suponemos que no les importó gran cosa el desastre general.

Hace unos días, antes de que nos condenaran al confinamiento, me encontré a la polquita en mi cafetería preferida. Al paso de los años todavía tiene buena prestancia, máxime que casó bien. No duró mucho la plática debido a que pronto me aseguró que, para evitar la debacle económica que sacrificara el futuro del país, su marido decía que era necesario dar un golpe de Estado.

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