MUJERES INDÍGENAS, PATRIARCADO Y COLONIALISMO: UN DESAFÍA A LA SEGREGACIÓN COMPRENSIVA DE LAS FORMAS DE DOMINIO

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Aura Estela Cumes                                                                                                                                                           Investigadora Maya-Kaqchikel de Guatemala                                                                                                                                    RESUMEN                                                                                                                                                                                  Con  este  artículo  argumento  que  las  mujeres  indígenas  tienen  una  experiencia  de dominación  con múltiples  aristas  que  reta  la  comprensión  monista  de  entender  la  estructura social  bien  sea  a  partir  del  patriarcado,  de  la  dominación  étnica  o  de  clase  social.  Están cuestionando un sistema mundo opresivo e interconectado. Esta misma condición les permite aportar a la construcción de sujetos colectivos no ensimismado en la etnicidad, en el género o en  la  clase  social,  sino  creadores  de nuevas  formas de  vida  liberadoras  que  trasciendan  las miradas  unilaterales  de  los  procesos  de  emancipación.  Su  voz  es  importante  porque  no  es  lo mismo  cuestionar  el  poder  desde  el  centro  que  desde los  márgenes,  y  estas  voces  desde  los márgenes dan contribuciones fundamentales para tener otras lecturas del ejercicio del poder y sus desafíos.

Palabras    clave:  patriarcado, colonización, mujeres indígenas,    conocimiento, experiencia, poder.

1. Introducción: El lugar de mujeres mayas en Guatemala Lo  colonial  es  un  escenario  que  define  el  lugar  material  e  intelectual  de  las  mujeres mayas  en  Guatemala.  Cotidianamente  no  se  ve  a  las  mujeres  como  sujetas  pensantes  sino como  hacedoras  “por  naturaleza”  del  trabajo  manual “no  calificado”.  En  otros  términos,  el lugar social de las mujeres indígenas es el de sirvientas. Esto se mezcla con un tratamiento de su  imagen  como  ornamento  en  tanto  “objeto  turístico”.  Es  tan  profundo  este  imaginario  que las prácticas que lo reproducen conviven con discursos que lo critican. Pero lo colonial no se reduce a una dominación étnica, sino cubre otros campos de diferenciación, como el género y la clase social a través de las cuáles se inscriben las desigualdades. Por lo mismo, cuando las mujeres  hablan  de  sus  experiencias  de  discriminación  evidencian  la  interconexión  o  difícil separación  entre  las  variables  de  etnia/raza,  sexo/género  y  clase  social.  En  las  vivencias cotidianas   es   difícil   separar   que   cosas   sufren   exclusivamente   como   mujeres   y   que específicamente   como   indígenas.   Pero   las   luchas   políticas   que   se   sintetizan   en   las organizaciones sí hacen esta separación. Así, hay mujeres indígenas que también escogen un lugar,  al  que  le  dan  mayor  preponderancia.  Algunas por  ejemplo  lo  hacen  reivindicando fuertemente su ser maya, sin perder  el hecho de ser mujeres, pero otras le dan centralidad al ser  mujeres  sin  perder  el  hecho  de  ser  mayas.  Otras más,  bien  sea  que  participen  en  ambas organizaciones o se sientan al margen de ellas pues no las convocan completamente. 

Las mujeres mayas, muy a pesar de su lugar en el contexto de colonización patriarcal, o quizás por eso mismo, tienen una fuerza importante Esta potencia está asociada a la vez con su heterogeneidad, que muy poco quiere verse porque se la entiende como debilidad. Implica que  no  tienen  una  sola  voz  y  no  piensan  en  una  sola línea.  Es  decir  junto  a  sus  palabras transgresoras,  están  sus  aciertos,  contradicciones, sueños  y  aportes  en  distintos  campos.  En este  pequeño  artículo  me  concentraré  no  en  hablar  de  su  trabajo  diverso  y  sus  posiciones heterogéneas, sino en verlas como sujetas cuya experiencia de opresión y lucha interroga a un contexto  complejo  de  dominación,  mostrando  otros  lados  perversos  del  poder  desde  su posición  en  los  márgenes.  Es  decir,  reivindico  su  calidad  de  autoridades  epistémicas  y productoras de conocimiento desde su experiencia múltiple no uniforme. 

 

Esta posición de humanizar a las mujeres indígenas, me parece políticamente necesario, pues  ayuda  a  desentrampar  el  otro  tratamiento  que  se  les  ha  dado:  el  verlas  como  “reserva cultural” o como “piezas de museo” no tocadas por la realidad circundante. Humanizar a las mujeres  indígenas  puede  ayudarnos  a  entender  que  no son  igualitas  como  en  ocasiones  se quiere verlas, que no son un grupo homogéneo y que no tienen el deber de pensar en una sola línea.  Si  bien  políticamente  la  cohesión  es  importante,  esta  solamente  es  sólida  cuando  ha habido  un  diálogo  interno  que  permita  construir  ese “nosotras”  que  queremos  ser.  Una cohesión   forzada   por   la   imposición   de una   sola   línea   de   pensamiento,   porque   es estratégicamente  útil  como  imagen  exterior,  es  solamente  aparente  y  además  es  suicida  pues mata la creatividad, la innovación y la posibilida de construir en libertad lo que queremos ser.

Ver  a  las  mujeres  indígenas  como  una  masa  sin  individualidades  ha  sido  la  tradición  del pensamiento  colonizador,  el  término  “maria”  que  se usa  en  las  calles  de  la  capital  para denigrar a las mujeres indígenas encierra esta negación al derecho a un ser seres individuales y con nombre propio.  Por el contrario, ver las formas tan heterogéneas en que están pensando las  mujeres  mayas  permite  visualizar  que  lejos  de  ser  nada  más  la  “reserva  cultural”,  están presentes en  el campo intelectual-político que es la arena en donde  finalmente se decide qué  tipo de sociedad, nación, pueblo o cultura queremos ser. Es frente a esto mismo que reitero la idea  de  analizar  cómo  la  experiencia  de  las  mujeres indígenas,  no  reta  solamente  la composición  de  los  espacios  en  que  participa,  sino modifica la forma en que  se  piensan las relaciones de poder y de dominación, y aporta nuevas formas de construir sociedad.

  

2. Retando la segregación comprensiva de las formas de dominio Durante algún tiempo he venido insistiendo en que el fraccionamiento de la producción de conocimiento en los espacios políticos y  académicos en Latinoamérica y en Guatemala en particular,  tiene  altos  costos.  En  el  caso  de  los  movimientos  sociales,  son  muy  raros  los intentos  en  que  buscan  encontrarse,  comprenderse  para  caminar  juntos  o  por  lo  menos  en paralelo.  Más  que  reconocerse  y  armarse  cual  rompecabezas,  cada  cual  piensa  su  existencia como la más importante. Paradójicamente   pareciera que dirigen su crítica al mismo sistema de dominación, pero, comúnmente solo interpelan aquello que les afecta o aquello con lo que comulgan:  las  mujeres  cuestionan  al  patriarcado  y  al  sexismo,  los  indígenas  y  negros  al racismo  y al colonialismo, y otros, a la dominación por clase social. Los mismos parámetros se  repiten  dentro  del  quehacer  de  las  ciencias  sociales.  Es  muy  frecuente,  encontrar  una academia  elitista  no  interesada  en  interrogar  las  estructuras  heredades  del  colonialismo  y  el patriarcado como entidades que adquieren características particulares en nuestro medio.

A  partir  de  pensar  esto  me  surgen  muchas  preguntas, pero  dos  de  ellas  son  ¿Por  qué tanto la política como la academia, expanden sin mucho cuestionar explicaciones fraccionadas de  una  realidad  compleja?  ¿Por  qué  siendo  estos  espacios,  plataformas  emancipatorias  son incapaces  de  construir  una democracia cotidiana  que  les  lleve  a  caminar de  forma  paralela?,

¿Por qué si todas estas formas de opresión forman parte de un marco más amplio de dominio relacionado  a  la  civilización  occidental  capitalista,  nuestro  cuestionamiento  es  reducido?  Al respecto  tengo  tres  supuestos.  En  primer  lugar  el  sexo/género,  la  clase  social,  la  raza/etnia, entre  otras  situaciones,  no  solo  siguen  determinando  las  condiciones  para  crear,  sino  afectan el  mismo  conocimiento  (político-académico)  generado.  Se  universaliza  o  generaliza  la experiencia  de  un  sujeto  o  sujeta.  En  segundo  lugar,  los  privilegios  que  cada  sujeto  o  sujeta tiene en la cadena de poderes, no permite cuestionar su propio poder en la reproducción de las estructuras. Preocupados por entender una realidad, por interpretarla y por proponer como los otros  deben  cambiar  desde  el  lugar  epistémico  que  le  da  su  experiencia  única,  olvida preguntarse  qué  posición  tiene  en  la  sociedad  y  como  ha  llegado  a  ella.  En  tercer  lugar,  el medio se ha convertido en el fin. La identidad política (de género, etnia o clase) ha sido más importante que el cuestionamiento del sistema mundo que ha dado lugar al hecho de que ser diferentes  significa  ser  desiguales.  Es  decir,  que tanto  mujeres,  como  indígenas,  negros,  o clases  populares,  más  que  verse  como  sujetos  construidos  por  los  procesos  históricos,  se convierten en sujetos esenciales, reivindicando características culturales, sociales y biológicas como algo naturalmente dado. Así las identidades se convierten en incuestionables.

 

En  la  lógica  anterior  aprendemos  a  ver  la  dominación  de  clase  sin  el  sexismo  y  el racismo; el patriarcado lo vemos sin el racismo y dominación de clase; y el colonialismo y el racismo, sin la dominación de género y de clase. Por nuestras realidades históricas hay sujetos

y sujetas que pueden hablar desde “la comodidad de un solo lugar”, pero hay otros que no  y este es el caso de las mujeres indígenas, afrodescendientes, lesbianas, pobres, para quienes no solo  existe  el  sexismo,  sino  el  racismo,  la  lesbofobia  y  la  exclusión  por  clase  social,  cuando menos.  ¿Cómo  se  puede  nombrar  una  realidad  así  estructurada?,  ¿Cómo  se  puede  explicar esta realidad a partir de las nociones divididas que hemos heredado?  Aquí me parece que la propuesta   de   otras   formas   de   conocer,  a   partir   de   otras   experiencias,   son   útiles.

Particularmente comparto lo generado por feministas negras,  indígenas, “del  tercer  mundo”, de “color”, “de las fronteras”, quienes desde hace casi tres décadas han venido insistiendo que lo  complejo  y  perverso  del  sistema  dominación  que  se  inscribe  en  sus  cuerpos  no  logra explicarse  con nociones unidimensionales.  Pero  que tampoco  se  trata de encapsular su realidad en una simple suma o reducirse en la popular frase de la triple opresión. La propuesta es  otra,  es  la  de  entender  como  las  formas  de  dominación  interactúan,  se  fusionan  y  crean interdependencias. De esta manera, la noción de  género puede tener otras connotaciones que cuando se explica solamente como si fuera el resultado de un patriarcado como único sistema de dominación.

Si bien, la  propuesta de  las mujeres negras e indígenas  no  se  puede  simplificar  en  una sola  vertiente, la idea que me interesa  rescatar, es la  confluencia de las múltiples formas de opresión y los  efectos  que  genera.  Bajo  esta idea propongo que el sistema patriarcal en Latinoamérica,  no  se  puede explicar  sin  la  colonización,  y  la  colonización  sin  la  opresión patriarcal.  Esta  discusión  ha  sido  difícil  en  Guatemala  donde  –aunque no se  nombre  de  esa manera- se  reivindica,  generalmente,  un  feminismo  de  la  igualdad.  Las  mujeres  indígenas tantas  veces  son  convocadas  como  seguidoras  de  un  feminismo  pensado  por  otras  más  que como   constructoras   en   interlocución   horizontal.   Adentro,  en la cotidianidad de las organizaciones  son  tratadas  como  hijas  o  hermanas  menores  antes  que  como  pares.  Esto mismo,  junto  a  otras  razones,  que  ahora  no  profundizaré,  tiende  a  alejar  a  las  mujeres indígenas  del  feminismo, y les confirma la necesidad de construir sus propios  caminos epistémicos y políticos.

3. Patriarcado y colonialismo: entramados de poder en evidencia

Desde una visión influida por el racismo y el etnocentrismo, el “atraso” de los indígenas conlleva inevitablemente a que  “su cultura” sea “más machista”, por ser “menos civilizada”.

Estas son percepciones que circulan cotidianamente, dejando paso a que las evidencias sobre la problemática de la vida de las mujeres indígenas sean explicadas, como el resultado de las relaciones  sociales  y  culturales  “entre  indígenas”, sin  observar  su  vínculo  con  la  forma colonial-patriarcal  en cuya  base se ha organizado la sociedad  guatemalteca. Paradójicamente existe un feminismo hegemónico que comparte esta forma de entender la misma problemática, elaborando un discurso sobre las mujeres indígenas en que “...se escoge y aísla la dimensión de género de las múltiples estructuras de poder en que las mujeres... están situadas, y se llega a conclusiones apresuradas respecto a las causas de la subyugación de “las mujeres” (Suárez en  Suárez  y  Hernández,  2008).  Este  modelo  de  feminismo  se  normaliza  como  un  proyecto civilizatorio  para  las  mujeres  sin  cuestionar  mucho su  paradigma  moderno  de  pretensión universalista,  en  cuyas  entrañas  se  gestan  los  procesos  de  colonización  y  se  legitima  el racismo. Para Chandra Mohanty (Cita en, Suárez y Hernández, 2008) este feminismo tiene un poder  discursivo  colonizador  de  la  vida  y  las  prácticas  de  las  mujeres  indígenas  que  se expresa  a  través  de  retóricas  de  asimilación  y  prácticas  influidas  por  el  racismo  y  el etnocentrismo. Al hablar de un feminismo hegemónico, dejo claro que, el feminismo no es un movimiento  monolítico  y  colonial  como  un  todo,  al  contrario  hay  esfuerzos  importantes  por construir  teoría  y  acción  política  democrática  y  descolonizadora,  pero  estos  enfoques  son minoritarios tratándose de contextos como el Latinoamericano.

 

Así,  desde  posiciones  unidimensionales, tal como la izquierda tiene una forma de entender lo indígena, separando la cuestión de clase, el feminismo también lo tiene separando la  noción  de  género.  Por  su  lado,  los  movimientos  indígenas  bajo  la  misma  lógica,  bien  sea que dan preponderancia a lo étnico como cuestión explicativa de la realidad de las mujeres, o, en otros casos, convierten la dimensión étnica en la única forma de entender la problemática de las mujeres indígenas. Todo esto evidencia una lucha entre ideologías y entre dimensiones analíticas  segregadas  para  entender  una  realidad  más  compleja  articulada  en  la  dominación colonial. Esta misma lucha de ideologías interfiere luego en la necesidad de problematizar la realidad, puesto que las  posturas androcéntricas  de los movimientos indígenas en su rechazo por lo “occidental” en tanto colonizador, repudian al feminismo y desechan las nociones que desde  allí  se  han  generado,  tal  como  la  categoría  de  género.  En  muchos  casos,  estos desencuentros  se  dan  desde  un  desconocimiento  mutuo, pero en otros casos las tensiones no se explican solamente desde allí. Me he enfrentado innumerables veces a experiencias en que la  sola  mención  de  la  categoría  de  género  causa  escozor,  principalmente  entre  algunos hombres  mayas  de  las  organizaciones,  quienes  sin  tomarse  el  tiempo  para  reflexionar  sobre ello, hablan “del género” como una “nueva forma de colonización”. No hay que hacer mucho esfuerzo para notar si una posición como esta constituye una preocupación sincera o con ello se  encuentra  la  justificación  perfecta  para  no  cuestionar  sus  relaciones  de  poder  frente  a  las mujeres  indígenas.

Comportamientos  como  fingir  no  entender  la  noción  de  género  frente  al mínimo  esfuerzo, demostrar  desinterés  sobre  la  insistencia  de  las  mujeres  indígenas  por problematizar  su  realidad  y  adscribirse  a  explicaciones  esencialistas  en  tanto  no  ponen  en riesgo sus poderes privados y públicos, son comunes de una actitud androcéntrica que goza de privilegios.   Es   difícil   pensar   que   quienes   así   actúan   desconozcan   los   efectos   de   su comportamiento,  pues  los  indígenas  sabemos  que  una actitud  de  defensa  es  muy  frecuente frente a la discusión del racismo en Guatemala cuando toca problemas de relaciones de poder.

 

Esto  indica,  que  se  repiten  comportamientos  defensivos  si  la  cadena  de  poder  nos  da privilegios y no son cuestionados. 

Las mujeres mayas en Guatemala, desde distintas  visiones, perspectivas y posicionamientos,  con  mucha fuerza  han  venido  hablando  y  denunciando  problemas  que afectan a las mujeres indígenas. Esto se vincula a distintos procesos organizativos y acciones políticas  cuyo  fundamento  filosófico  es  diverso,  siendo  uno  de  ellos  la  Cosmovisión  Maya, alrededor   de   la   cual   se   desarrollan   principios   como:   dualidad,   complementariedad   y equilibrio,  entre  otros.  Esta  elaboración  político-filosófica  hace  referencia  a  la  idea  que mujeres  y  hombres  mayas  establecen  una  relación  de completud  e  interdependencia  cuyos aportes  y  esfuerzos  compartidos  se  integran  para  construir  vida  y  sociedad.  Tal  como  ha sucedido con otras elaboraciones realizadas a partir de la Cosmovisión Maya, estas ha tenido una aceptación amplia entre mayas  y entre gente no maya que se identifica con estas luchas.

Una  de  sus  características  es  que  se  elabora  de  forma  independiente  a  la  teoría  feminista,  se inspira en el contenido de los idiomas mayas y en el análisis de formas reales de convivencia.

Así, como horizonte,  como utopía de sociedad tiene una función importante, pero cuando se busca  como  una  vivencia  actual  no  soporta  la  evidencia  de  la  realidad  puesto  que  lo  que  se capta  dentro  de  la  Cosmovisión  Maya  forma  parte  de un  entrejido  más  amplio  de  relaciones sociales  y  de  poder,  que  es  necesario  observar. Esto  es  así,  porque  la  realidad  que  viven mujeres y hombres mayas no se construye de forma cerrada “entre mayas” si no se estructura en  un  contexto  más  amplio  de  dominación  colonial-patriarcal. De esa cuenta,  sacralizar comportamientos y pensamientos,  separándolas de las relaciones de poder en que se establecen no ayuda a transformar la realidad, sino se  da  por  hecho  que  “todo  está  bien”,  y que  el  problema  radica  en  la  compresión  que  se  hace de  las  relaciones  mujeres-hombres mayas.

 

Las complejidades que existen en las relaciones  sociales  entre  mujeres y hombres mayas,  no  siempre son observadas de forma seria y cuidadosa desde algunas vertientes del feminismo,  como  ya  lo  he  dicho. Las posturas etnocéntricas también  han  alimentado y provocado  respuestas  esencialistas.  No  deja  de  impresionarme  cómo  algunas feministas hablan de las mujeres mayas cómo si fueran seres  incapaces de “rebelarse  contra el poder masculino” cuando “encarnan la cultura en sus cuerpos”. Me parece muy ilustrativa la idea de fósiles vivientes3 (Lagarde,  2001).  Desde este discurso feminista  no se repara en que la reivindicación de las formas de vida, en primer lugar forma parte de un derecho del que ellas sí gozan, y en segundo lugar, este tipo de luchas se establece frente al racismo y a las formas coloniales de poder que las colocan a ellas con privilegios frente a las mujeres indígenas.

Aspirar que las mujeres indígenas luchen solo como indígenas es imponer una condición femenina que no  es la de las mujeres indígenas pues sus condiciones de  género se crean no solo  frente a un patriarcado  occidental, sino frente a un  sistema colonial. Es así que, las rupturas y las distancias entre mujeres indígenas, negras y quienes no lo son, no radica en que vea a las mujeres no indígenas  ambiguamente como enemigas históricas por el pasado  de dominación  étnica  sino  porque  entre  ellas  contemporáneamente  existen  relaciones  de  poder, que muy poco se tiende  a discutir. En  este caso el patriarcado desde los hombres, pesa tanto como el racismo desde las mujeres. Mientras tanto, la subordinación de las mujeres indígenas en contextos coloniales  no solo favorece a los hombres indígenas, sino en una escala que va en  ascenso, beneficia a las mujeres y a los hombres no  indígenas  debido a la cadena de subordinaciones que el sistema stablece. De allí que,  paradójicamente  cuando los  hombres indígenas –y también mujeres- se cierran a discutir con seriedad las condiciones y situaciones de opresión de las mujeres indígenas, están haciendo intocable su lugar en el sistema colonial.

La realidad de las mujeres  muestra que el separar  “la  cultura” o el pensamiento, del entramado de la vida tiene riesgos pues se tiende a valorar mucho más el aporte de las mujeres que ellas mismas como seres humanas. Decir que las mujeres son de la cultura, es un hecho, las mujeres en la historia del mundo han sido responsabilizadas como guardianas de las  culturas,  de  “las  razas”,  de  los  parentescos y de los  linajes. El problema es que darle preponderancia a ello no deja ver que significa ser guardiana de la cultura en un contexto de desigualdad y opresión colonial-patriarcal. De igual manera, considerar los espacios como la familia, la comunidad y el lugar de las mujeres en ello como algo sagrado e incuestionable, no permite  ver  las  formas  en  que  se  dan  las  relaciones de  poder. Es importante  recordar que el tipo de familia y las comunidades, sin olvidar que son  reductos  de  resistencia,  fueron constituidas  conforme  a  las  “necesidades”  coloniales.  De  esa  cuenta,  ser  mujer u hombre indígena, ser mujer u hombre no indígena no es en absoluto ajeno a la configuración colonial de este país. Es decir, ha habido una colonización de la masculinidad y la feminidad tanto en mayas como en no indígenas, esta ha sido una experiencia construida en relaciones sociales y de poder. En tanto, las mujeres indígenas se ubican en el último estribo de la cadena colonial-patriarcal, su lugar es privilegiado para  observar  las  maneras  en  que  se  estructuran  y operan las formas de dominación. Es decir, su posición asignada por la historia, su experiencia y sus propuestas pueden ofrecer una epistemología renovada que supere las formas fraccionadas de leer  la  realidad,  que  hasta  ahora  solo  promueven  –para  las  mujeres  indígenas-  una  inclusión limitada o una excusión legitimada por los dogmas.

Su lugar de subordinación ofrece también proponer un proceso de liberación en donde no solo se observe las relaciones  mujeres y hombres, sino las que se establece también entre  mujeres-mujeres  y hombres-hombres. Esto, se relaciona con la idea  que las mujeres  -como  actoras- tengan la posibilidad de intervenir  y decidir sobre la vida que quiere llevar.

Bajo esta lógica, tanto el colonialismo como el patriarcado han sido capaces de afectar el sentido de la vida en el orden social en que vivimos porque interviene en las relaciones de poder y nos da forma de acuerdo a nuestra posición en el sistema de jerarquías y privilegios.

Nos  reorganiza  desde  adentro.  La colonización oprimió a los hombres en el mundo público pero los  empoderó  en  lo  privado  (Segato,  2010). Al igual que la colonización acercó a las mujeres blancas con los hombres por medio de un pacto racial, pues si bien los distancian las diferencias de género, los une  los  privilegios  de  raza.  Por lo mismo, pareciera que la reconfiguración interna de esa sociedad podría  darse a partir de conocer cómo operan en nuestras  vidas  las  relaciones  de  poder  que  hemos  hecho  nuestras.  Como  dice  Judith  Butler (2001), en todo ser humano el sometimiento es  paradójico. 

Una de las formas en que nos es más  familiar  entender el poder consiste en ser dominados  por  un  poder  externo a uno.  Sin embargo, descubrir que nuestra propia formación como sujeto depende de algún modo de ese poder, es algo muy distinto. Estamos acostumbrados a concebir el poder como algo que ejerce presión sobre el sujeto desde afuera, algo que subordina y relega a un orden inferior. Pero, si entendemos el poder como algo que también forma al sujeto, que le  proporcionan la misma condición  de  su  existencia  y  la  trayectoria  de  su  deseo,  entonces,  el  poder  no  es  solamente algo  a  lo  que  nos  oponemos,  sino  también  de  manera muy  marcada  es  algo  de  lo  que dependemos para nuestra existencia  y que abrigamos y preservamos  en los seres que somos.

En   otras   palabras,  el   poder   nos   es   impuesto   y   debilitados   por   su   fuerza   acabamos internalizándolo  o  aceptando  sus  condiciones.  Y solo  acabamos  aceptando  sus  condiciones cuando  dependemos  de  él  para  nuestra  existencia.  Así, el sometimiento consiste en la dependencia a un poder MUJERES INDÍGENAS, PATRIARCADO Y COLONIALISMO:

UN DESAFÍA A LA SEGREGACIÓN COMPRENSIVA

DE LAS FORMAS DE DOMINIO

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Aura Estela Cumes

Investigadora Maya-Kaqchikel de Guatemala

RESUMEN

Con  este  artículo  argumento  que  las  mujeres  indígenas  tienen  una  experiencia  de dominación  con múltiples  aristas  que  reta  la  comprensión  monista  de  entender  la  estructura social  bien  sea  a  partir  del  patriarcado,  de  la  dominación  étnica  o  de  clase  social.  Están cuestionando un sistema mundo opresivo e interconectado. Esta misma condición les permite aportar a la construcción de sujetos colectivos no ensimismado en la etnicidad, en el género o en  la  clase  social,  sino  creadores  de nuevas  formas de  vida  liberadoras  que  trasciendan  las miradas  unilaterales  de  los  procesos  de  emancipación.  Su voz es  importante  porque  no  es  lo mismo  cuestionar  el  poder  desde  el  centro  que  desde los  márgenes,  y  estas  voces  desde  los márgenes dan contribuciones fundamentales para tener otras lecturas del ejercicio del poder y sus desafíos.

Palabras    clave:   patriarcado,   colonización,    mujeres    indígenas,    conocimiento, experiencia, poder.

1. Introducción: El lugar de mujeres mayas en Guatemala Lo  colonial  es  un  escenario  que  define  el  lugar  material  e  intelectual  de  las  mujeres mayas  en  Guatemala.  Cotidianamente  no  se  ve  a  las  mujeres  como  sujetas  pensantes  sino como  hacedoras  “por  naturaleza”  del  trabajo  manual “no  calificado”.  En  otros  términos,  el lugar social de las mujeres indígenas es el de sirvientas. Esto se mezcla con un tratamiento de su  imagen  como  ornamento  en  tanto  “objeto  turístico”.  Es  tan  profundo  este  imaginario  que las prácticas que lo reproducen conviven con discursos que lo critican. Pero lo colonial no se reduce a una dominación étnica, sino cubre otros campos de diferenciación, como el género y la clase social a través de las cuáles se inscriben las desigualdades. Por lo mismo, cuando las mujeres  hablan  de  sus  experiencias  de  discriminación  evidencian  la  interconexión  o  difícil separación  entre  las  variables  de  etnia/raza,  sexo/género  y  clase  social.  En  las  vivencias cotidianas   es   difícil   separar   que   cosas   sufren   exclusivamente   como   mujeres   y   que específicamente   como   indígenas.   Pero   las   luchas   políticas   que   se   sintetizan   en   las organizaciones sí hacen esta separación. Así, hay mujeres indígenas que también escogen un lugar,  al  que  le  dan  mayor  preponderancia.  Algunas por  ejemplo  lo  hacen  reivindicando fuertemente su ser maya, sin perder  el hecho de ser mujeres, pero otras le dan centralidad al ser  mujeres  sin  perder  el  hecho  de  ser  mayas.  Otras más,  bien  sea  que  participen  en  ambas organizaciones o se sientan al margen de ellas pues no las convocan completamente. 

Las mujeres mayas, muy a pesar de su lugar en el contexto de colonización patriarcal, o quizás por eso mismo, tienen una fuerza importante Esta potencia está asociada a la vez con su heterogeneidad, que muy poco quiere verse porque se la entiende como debilidad. Implica que  no  tienen  una  sola  voz  y  no  piensan  en  una  sola línea.  Es  decir  junto  a  sus  palabras transgresoras,  están  sus  aciertos,  contradicciones, sueños  y  aportes  en  distintos  campos.  En este  pequeño  artículo  me  concentraré  no  en  hablar  de  su  trabajo  diverso  y  sus  posiciones heterogéneas, sino en verlas como sujetas cuya experiencia de opresión y lucha interroga a un contexto  complejo  de  dominación,  mostrando  otros  lados  perversos  del  poder  desde  su posición  en  los  márgenes.  Es  decir,  reivindico  su  calidad  de  autoridades  epistémicas  y productoras de conocimiento desde su experiencia múltiple no uniforme. 

Esta posición de humanizar a las mujeres indígenas, me parece políticamente necesario, pues  ayuda  a  desentrampar  el  otro  tratamiento  que  se  les  ha  dado:  el  verlas  como  “reserva cultural” o como “piezas de museo” no tocadas por la realidad circundante. Humanizar a las mujeres  indígenas  puede  ayudarnos  a  entender  que  no son  igualitas  como  en  ocasiones  se quiere verlas, que no son un grupo homogéneo y que no tienen el deber de pensar en una sola línea.  Si  bien  políticamente  la  cohesión  es  importante,  esta  solamente  es  sólida  cuando  ha habido  un  diálogo  interno  que  permita  construir  ese “nosotras”  que  queremos  ser.  Una cohesión   forzada   por   la   imposición   de una   sola   línea   de   pensamiento,   porque   es estratégicamente  útil  como  imagen  exterior,  es  solamente  aparente  y  además  es  suicida  pues mata la creatividad, la innovación y la posibilida de construir en libertad lo que queremos ser.

 

Ver  a  las  mujeres  indígenas  como  una  masa  sin  individualidades  ha  sido  la  tradición  del pensamiento  colonizador,  el  término  “maria”  que  se usa  en  las  calles  de  la  capital  para denigrar a las mujeres indígenas encierra esta negación al derecho a un ser seres individuales y con nombre propio.  Por el contrario, ver las formas tan heterogéneas en que están pensando las  mujeres  mayas  permite  visualizar  que  lejos  de  ser  nada  más  la  “reserva  cultural”,  están presentes en  el campo intelectual-político que es la arena en donde  finalmente se decide qué  tipo de sociedad, nación, pueblo o cultura queremos ser. Es frente a esto mismo que reitero la idea  de  analizar  cómo  la  experiencia  de  las  mujeres indígenas,  no  reta  solamente  la composición  de  los  espacios  en  que  participa,  sino modifica la forma en que  se  piensan las relaciones de poder y de dominación, y aporta nuevas formas de construir sociedad.   

2. Retando la segregación comprensiva de las formas de dominio Durante algún tiempo he venido insistiendo en que el fraccionamiento de la producción de conocimiento en los espacios políticos y  académicos en Latinoamérica y en Guatemala en particular,  tiene  altos  costos.  En  el  caso  de  los  movimientos  sociales,  son  muy  raros  los intentos  en  que  buscan  encontrarse,  comprenderse  para  caminar  juntos  o  por  lo  menos  en paralelo.  Más  que  reconocerse  y  armarse  cual  rompecabezas,  cada  cual  piensa  su  existencia como la más importante. Paradójicamente   pareciera que dirigen su crítica al mismo sistema de dominación, pero, comúnmente solo interpelan aquello que les afecta o aquello con lo que comulgan:  las  mujeres  cuestionan  al  patriarcado  y  al  sexismo,  los  indígenas  y  negros  al racismo  y al colonialismo, y otros, a la dominación por clase social. Los mismos parámetros se  repiten  dentro  del  quehacer  de  las  ciencias  sociales.  Es  muy  frecuente,  encontrar  una academia  elitista  no  interesada  en  interrogar  las  estructuras  heredades  del  colonialismo  y  el patriarcado como entidades que adquieren características particulares en nuestro medio.

A  partir  de  pensar  esto  me  surgen  muchas  preguntas, pero  dos  de  ellas  son  ¿Por  qué tanto la política como la academia, expanden sin mucho cuestionar explicaciones fraccionadas de  una  realidad  compleja?  ¿Por  qué  siendo  estos  espacios,  plataformas  emancipatorias  son incapaces  de  construir  una democracia cotidiana  que  les  lleve  a  caminar de  forma  paralela?,

¿Por qué si todas estas formas de opresión forman parte de un marco más amplio de dominio relacionado  a  la  civilización  occidental  capitalista,  nuestro  cuestionamiento  es  reducido?  Al respecto  tengo  tres  supuestos.  En  primer  lugar  el  sexo/género,  la  clase  social,  la  raza/etnia, entre  otras  situaciones,  no  solo  siguen  determinando  las  condiciones  para  crear,  sino  afectan el  mismo  conocimiento  (político-académico)  generado.  Se  universaliza  o  generaliza  la experiencia  de  un  sujeto  o  sujeta.  En  segundo  lugar,  los  privilegios  que  cada  sujeto  o  sujeta tiene en la cadena de poderes, no permite cuestionar su propio poder en la reproducción de las estructuras. Preocupados por entender una realidad, por interpretarla y por proponer como los otros  deben  cambiar  desde  el  lugar  epistémico  que  le  da  su  experiencia  única,  olvida preguntarse  qué  posición  tiene  en  la  sociedad  y  como  ha  llegado  a  ella.  En  tercer  lugar,  el medio se ha convertido en el fin. La identidad política (de género, etnia o clase) ha sido más importante que el cuestionamiento del sistema mundo que ha dado lugar al hecho de que ser diferentes  significa  ser  desiguales.  Es  decir,  que tanto  mujeres,  como  indígenas,  negros,  o clases  populares,  más  que  verse  como  sujetos  construidos  por  los  procesos  históricos,  se convierten en sujetos esenciales, reivindicando características culturales, sociales y biológicas como algo naturalmente dado. Así las identidades se convierten en incuestionables.

En  la  lógica  anterior  aprendemos  a  ver  la  dominación  de  clase  sin  el  sexismo  y  el racismo; el patriarcado lo vemos sin el racismo y dominación de clase; y el colonialismo y el racismo, sin la dominación de género y de clase. Por nuestras realidades históricas hay sujetos y sujetas que pueden hablar desde “la comodidad de un solo lugar”, pero hay otros que no  y este es el caso de las mujeres indígenas, afrodescendientes, lesbianas, pobres, para quienes no solo  existe  el  sexismo,  sino  el  racismo,  la  lesbofobia  y  la  exclusión  por  clase  social,  cuando menos.  ¿Cómo  se  puede  nombrar  una  realidad  así  estructurada?,  ¿Cómo  se  puede  explicar esta realidad a partir de las nociones divididas que hemos heredado?  Aquí me parece que la propuesta   de   otras   formas  de  conocer, a  partir de otras   experiencias, son útiles.

Particularmente comparto lo generado por feministas negras,  indígenas, “del  tercer  mundo”, de “color”, “de las fronteras”, quienes desde hace casi tres décadas han venido insistiendo que lo  complejo  y  perverso  del  sistema  dominación  que  se  inscribe  en  sus  cuerpos  no  logra explicarse  con nociones unidimensionales.  Pero  que tampoco  se  trata de encapsular su realidad en una simple suma o reducirse en la popular frase de la triple opresión. La propuesta es  otra,  es  la  de  entender  como  las  formas  de  dominación  interactúan,  se  fusionan  y  crean interdependencias. De esta manera, la noción de  género puede tener otras connotaciones que cuando se explica solamente como si fuera el resultado de un patriarcado como único sistema de dominación.

Si bien, la  propuesta de  las mujeres negras e indígenas  no  se  puede  simplificar  en  una sola  vertiente, la idea que me interesa  rescatar, es la  confluencia de las múltiples formas de opresión y los  efectos  que  genera.  Bajo  esta idea propongo que el sistema patriarcal en Latinoamérica,  no  se  puede explicar  sin  la  colonización,  y  la  colonización  sin  la  opresión patriarcal.  Esta  discusión  ha  sido  difícil  en  Guatemala  donde  –aunque no se  nombre  de  esa manera- se  reivindica,  generalmente,  un  feminismo  de  la  igualdad.  Las  mujeres  indígenas tantas  veces  son  convocadas  como  seguidoras  de  un  feminismo  pensado  por  otras  más  que como   constructoras   en   interlocución   horizontal.   Adentro,  en la cotidianidad de las organizaciones  son  tratadas  como  hijas  o  hermanas  menores  antes  que  como  pares.  Esto mismo,  junto  a  otras  razones,  que  ahora  no  profundizaré,  tiende  a  alejar  a  las  mujeres indígenas  del  feminismo, y les confirma la necesidad de construir sus propios  caminos epistémicos y políticos.

3. Patriarcado y colonialismo: entramados de poder en evidencia

Desde una visión influida por el racismo y el etnocentrismo, el “atraso” de los indígenas conlleva inevitablemente a que  “su cultura” sea “más machista”, por ser “menos civilizada”.

Estas son percepciones que circulan cotidianamente, dejando paso a que las evidencias sobre la problemática de la vida de las mujeres indígenas sean explicadas, como el resultado de las relaciones sociales  y  culturales  “entre  indígenas”, sin  observar  su  vínculo  con  la  forma colonial-patriarcal  en cuya  base se ha organizado la sociedad  guatemalteca. Paradójicamente existe un feminismo hegemónico que comparte esta forma de entender la misma problemática, elaborando un discurso sobre las mujeres indígenas en que “...se escoge y aísla la dimensión de género de las múltiples estructuras de poder en que las mujeres... están situadas, y se llega a conclusiones apresuradas respecto a las causas de la subyugación de “las mujeres” (Suárez en  Suárez  y  Hernández,  2008).  Este  modelo  de  feminismo  se  normaliza  como  un  proyecto civilizatorio  para  las  mujeres  sin  cuestionar  mucho su  paradigma  moderno  de  pretensión universalista,  en  cuyas  entrañas  se  gestan  los  procesos  de  colonización  y  se  legitima  el racismo. Para Chandra Mohanty (Cita en, Suárez y Hernández, 2008) este feminismo tiene un poder  discursivo  colonizador  de  la  vida  y  las  prácticas  de  las  mujeres  indígenas  que  se expresa  a  través  de  retóricas  de  asimilación  y  prácticas  influidas  por  el  racismo  y  el etnocentrismo. Al hablar de un feminismo hegemónico, dejo claro que, el feminismo no es un movimiento  monolítico  y  colonial  como  un  todo,  al  contrario  hay  esfuerzos  importantes  por construir  teoría  y  acción  política  democrática  y  descolonizadora,  pero  estos  enfoques  son minoritarios tratándose de contextos como el Latinoamericano.

Así,  desde  posiciones  unidimensionales, tal como la izquierda tiene una forma de entender lo indígena, separando la cuestión de clase, el feminismo también lo tiene separando la  noción  de  género.  Por  su  lado,  los  movimientos  indígenas  bajo  la  misma  lógica,  bien  sea que dan preponderancia a lo étnico como cuestión explicativa de la realidad de las mujeres, o, en otros casos, convierten la dimensión étnica en la única forma de entender la problemática de las mujeres indígenas. Todo esto evidencia una lucha entre ideologías y entre dimensiones analíticas  segregadas  para  entender  una  realidad  más  compleja  articulada  en  la  dominación colonial. Esta misma lucha de ideologías interfiere luego en la necesidad de problematizar la realidad, puesto que las  posturas androcéntricas  de los movimientos indígenas en su rechazo por lo “occidental” en tanto colonizador, repudian al feminismo y desechan las nociones que desde  allí  se  han  generado,  tal  como  la  categoría  de  género.  En  muchos  casos,  estos desencuentros  se  dan  desde  un  desconocimiento  mutuo, pero en otros casos las tensiones no se explican solamente desde allí. Me he enfrentado innumerables veces a experiencias en que la  sola  mención  de  la  categoría  de  género  causa  escozor,  principalmente  entre  algunos hombres  mayas  de  las  organizaciones,  quienes  sin  tomarse  el  tiempo  para  reflexionar  sobre ello, hablan “del género” como una “nueva forma de colonización”. No hay que hacer mucho esfuerzo para notar si una posición como esta constituye una preocupación sincera o con ello se  encuentra  la  justificación  perfecta  para  no  cuestionar  sus  relaciones  de  poder  frente  a  las mujeres  indígenas.

Comportamientos  como  fingir  no  entender  la  noción  de  género  frente  al mínimo  esfuerzo, demostrar  desinterés  sobre  la  insistencia  de  las  mujeres  indígenas  por problematizar  su  realidad  y  adscribirse  a  explicaciones  esencialistas  en  tanto  no  ponen  en riesgo sus poderes privados y públicos, son comunes de una actitud androcéntrica que goza de privilegios.   Es   difícil   pensar   que   quienes   así   actúan   desconozcan   los   efectos   de   su comportamiento,  pues  los  indígenas  sabemos  que  una actitud  de  defensa  es  muy  frecuente frente a la discusión del racismo en Guatemala cuando toca problemas de relaciones de poder.

Esto  indica,  que  se  repiten  comportamientos  defensivos  si  la  cadena  de  poder  nos  da privilegios y no son cuestionados. 

Las mujeres mayas en Guatemala, desde distintas visiones, perspectivas y posicionamientos, con mucha fuerza  han  venido  hablando  y  denunciando  problemas  que afectan a las mujeres indígenas. Esto se vincula a distintos procesos organizativos y acciones políticas  cuyo  fundamento  filosófico  es  diverso,  siendo  uno  de  ellos  la  Cosmovisión  Maya, alrededor   de   la   cual   se   desarrollan   principios   como:   dualidad,   complementariedad   y equilibrio,  entre  otros.  Esta  elaboración  político-filosófica  hace  referencia  a  la  idea  que mujeres  y  hombres  mayas  establecen  una  relación  de completud  e  interdependencia  cuyos aportes  y  esfuerzos  compartidos  se  integran  para  construir  vida  y  sociedad.  Tal  como  ha sucedido con otras elaboraciones realizadas a partir de la Cosmovisión Maya, estas ha tenido una aceptación amplia entre mayas  y entre gente no maya que se identifica con estas luchas.

Una  de  sus  características  es  que  se  elabora  de  forma  independiente  a  la  teoría  feminista,  se inspira en el contenido de los idiomas mayas y en el análisis de formas reales de convivencia.

Así, como horizonte,  como utopía de sociedad tiene una función importante, pero cuando se busca  como  una  vivencia  actual  no  soporta  la  evidencia  de  la  realidad  puesto  que  lo  que  se capta  dentro  de  la  Cosmovisión  Maya  forma  parte  de un  entrejido  más  amplio  de  relaciones sociales  y  de  poder,  que  es  necesario  observar. Esto  es  así,  porque  la  realidad  que  viven mujeres y hombres mayas no se construye de forma cerrada “entre mayas” si no se estructura en  un  contexto  más  amplio  de  dominación  colonial-patriarcal. De  esa  cuenta,  sacralizar comportamientos y pensamientos,  separándolas de las relaciones de poder en que se establecen no ayuda a transformar la realidad, sino se  da  por  hecho  que  “todo  está  bien”,  y que  el  problema  radica  en  la  compresión  que  se  hace de  las  relaciones  mujeres-hombres mayas.

Las complejidades que existen en las relaciones  sociales  entre  mujeres y hombres mayas,  no  siempre son observadas de forma seria y cuidadosa desde algunas vertientes del feminismo,  como  ya  lo  he  dicho. Las posturas etnocéntricas también  han  alimentado y provocado  respuestas  esencialistas.  No  deja  de  impresionarme  cómo  algunas feministas hablan de las mujeres mayas cómo si fueran seres  incapaces de “rebelarse  contra el poder masculino” cuando “encarnan la cultura en sus cuerpos”. Me parece muy ilustrativa la idea de fósiles  vivientes3(Lagarde,  2001).  Desde  este  discurso  feminista  no se repara en que la reivindicación de las formas de vida, en primer lugar forma parte de un derecho del que ellas sí gozan, y en segundo lugar, este tipo de luchas se establece frente al racismo y a las formas coloniales de poder que las colocan a ellas con privilegios frente a las mujeres indígenas.

Aspirar que las mujeres indígenas luchen solo como indígenas es imponer una condición femenina que  no  es la de las mujeres indígenas pues sus condiciones de  género se crean no solo  frente a un patriarcado  occidental, sino frente a un  sistema colonial. Es así que, las rupturas y las distancias entre mujeres indígenas, negras y quienes no lo son, no radica en que vea a las mujeres no indígenas  ambiguamente como enemigas históricas por el pasado  de dominación  étnica  sino  porque  entre  ellas  contemporáneamente  existen  relaciones  de  poder, que muy poco se tiende  a discutir. En  este caso el patriarcado desde los hombres, pesa tanto como el racismo desde las mujeres. Mientras tanto, la subordinación de las mujeres indígenas en contextos coloniales  no solo favorece a los hombres indígenas, sino en una escala que va en  ascenso, beneficia a las mujeres y a los hombres no  indígenas  debido a la cadena de subordinaciones que el sistema stablece. De allí que, paradójicamente  cuando los  hombres indígenas –y también mujeres- se cierran a discutir con seriedad las condiciones y situaciones de opresión de las mujeres indígenas, están haciendo intocable su lugar en el sistema colonial.

La realidad de las mujeres  muestra que el separar  “la  cultura” o el pensamiento, del entramado de la vida tiene riesgos pues se tiende a valorar mucho más el aporte de las mujeres que ellas mismas como seres humanas. Decir que las mujeres son de la cultura, es un hecho, las mujeres en la historia del mundo han sido responsabilizadas como guardianas de las  culturas,  de  “las  razas”,  de  los  parentescos y de los  linajes. El problema es que  darle preponderancia a ello no deja ver que significa ser guardiana de la cultura en un contexto de desigualdad  y opresión colonial-patriarcal. De igual manera, considerar los espacios como la familia, la comunidad y el lugar de las mujeres en ello como algo sagrado e incuestionable, no permite  ver  las  formas  en  que  se  dan  las  relaciones de  poder. Es importante  recordar que el tipo de familia y las comunidades, sin olvidar que son  reductos  de  resistencia,  fueron constituidas  conforme  a  las  “necesidades”  coloniales.  De  esa  cuenta,  ser  mujer u hombre indígena, ser mujer u hombre no indígena no es en absoluto ajeno a la configuración colonial de este país. Es decir, ha habido una colonización de la masculinidad y la feminidad tanto en mayas como en no indígenas, esta ha sido una experiencia construida en relaciones sociales y de poder. En tanto, las mujeres indígenas se ubican en el último estribo de la cadena colonial-patriarcal, su lugar es privilegiado para  observar  las  maneras  en  que  se  estructuran  y operan las formas de dominación. Es decir, su posición asignada por la historia, su experiencia y sus propuestas pueden ofrecer una epistemología renovada que supere las formas fraccionadas de leer  la  realidad,  que  hasta  ahora  solo  promueven  –para  las  mujeres  indígenas-  una  inclusión limitada o una excusión legitimada por los dogmas.

Su lugar de subordinación ofrece también proponer un proceso de liberación en donde no solo se observe las relaciones  mujeres y hombres, sino las que se establece también entre  mujeres-mujeres  y hombres-hombres. Esto, se relaciona con la idea que las mujeres  -como  actoras- tengan la posibilidad de intervenir  y decidir sobre la vida que quiere llevar.

Bajo esta lógica, tanto el colonialismo como el patriarcado han sido capaces de afectar el sentido de la vida en el orden social en que vivimos porque interviene en las relaciones de poder y nos da forma de acuerdo a nuestra posición en el sistema de jerarquías y privilegios.

Nos  reorganiza  desde  adentro.  La colonización oprimió a los hombres en el mundo público pero los  empoderó  en  lo  privado  (Segato,  2010). Al igual que la colonización acercó a las mujeres blancas con los hombres por medio de un pacto racial, pues si bien los distancian las diferencias de género, los une  los  privilegios  de  raza.  Por lo mismo, pareciera que la reconfiguración interna de esa sociedad podría  darse a partir de conocer cómo operan en nuestras  vidas  las  relaciones  de  poder  que  hemos  hecho  nuestras.  Como  dice  Judith  Butler (2001), en todo ser humano el sometimiento es  paradójico. 

Una de las formas en que nos es más  familiar  entender el poder consiste en ser dominados  por  un  poder  externo a uno.  Sin embargo, descubrir que nuestra propia formación como sujeto depende de algún modo de ese poder, es algo muy distinto. Estamos acostumbrados a concebir el poder como algo que ejerce presión sobre el sujeto desde afuera, algo que subordina y relega a un orden inferior. Pero, si entendemos el poder como algo que también forma al sujeto, que le  proporcionan la misma condición  de  su  existencia  y  la  trayectoria  de  su  deseo,  entonces,  el  poder  no  es  solamente algo  a  lo  que  nos  oponemos,  sino  también  de  manera muy  marcada  es  algo  de  lo  que dependemos para nuestra existencia  y que abrigamos y preservamos  en los seres que somos.

En   otras   palabras,  el   poder   nos   es   impuesto   y   debilitados   por   su   fuerza   acabamos internalizándolo  o  aceptando  sus  condiciones.  Y solo acabamos aceptando sus condiciones cuando  dependemos  de  él  para  nuestra  existencia.  Así, el sometimiento  consiste  en  la dependencia  a  un  poder  que  no  hemos  elegido,  pero  que  paradójicamente  sustenta  nuestra potencia.

 

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Tomado de:

http://revistas.um.es/hojasdewarmi/article/viewFile/180291/1

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