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PIEL NEGRA, MÁSCARAS BLANCAS. (Fragmento)

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Frantz Fanon                                                                                                                           INTRODUCCIÓN

Yo hablo de millones de hombres a quienes sabiamente se les ha inculcado el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, el arrodillamiento, la desesperación, el servilismo.

Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo, 1950.

La explosión no ocurrirá hoy. Es demasiado pronto... o demasiado tarde.

No vengo armado de verdades decisivas.

Mi conciencia no está atravesada por fulgores esenciales.

Sin embargo, con total serenidad, creo que sería bueno que se dijeran ciertas cosas.

Esas cosas, voy a decirlas, no a gritarlas. Pues hace mucho tiempo que el grito ha

salido de mi vida.

Y está tan lejano...

¿Por qué escribir esta obra? Nadie me lo ha rogado.

Especialmente no aquellos a los que se dirige.

¿Entonces? Entonces, con calma, respondo que hay demasiados imbéciles sobre

esta tierra. Y como he dicho, se trata de demostrarlo.

Hacia un nuevo humanismo...

La comprensión de los hombres...

Nuestros hermanos de color...

Yo creo en ti, Hombre...

Los prejuicios raciales...

Comprender y amar...

 

Por todas partes me asaltan y tratan de imponérseme decenas y centenares de páginas. Sin embargo, una sola línea bastaría. Una única respuesta que dar y el problema negro se despoja de su seriedad.

¿Qué quiere el hombre?

¿Qué quiere el hombre negro?

Aunque me exponga al resentimiento de mis hermanos de color, diré que el negro no es un hombre.

Hay una zona de no-ser, una región extraordinariamente estéril y árida, una rampa esencialmente despojada, desde la que puede nacer un auténtico surgimiento.

En la mayoría de los casos, el negro no ha tenido la suerte de hacer esa bajada a los verdaderos Infiernos.

El hombre no es solamente posibilidad de recuperación, de negación. Si bien es cierto que la conciencia es actividad de trascendencia, hay que saber también que esa trascendencia está obsesionada por el problema del amor y de la comprensión.

El hombre es un SÍ vibrante de armonías cósmicas. Desgarrado, disperso, confundido, condenado a ver disolverse una tras otra las verdades que ha elaborado, tienen que dejar de proyectar sobre el mundo una antinomia que le es coexistente.

El negro es un hombre negro; es decir que, gracias a una serie de aberraciones afectivas, se ha instalado en el seno de un universo del que habrá que sacarlo.

El problema es importante. Pretendemos nada menos que liberar al hombre de color de sí mismo. Iremos muy lentamente, porque hay dos campos: el blanco y el negro.

Tenazmente interrogaremos a las dos metafísicas y veremos que, con frecuencia, son muy disolventes.

No tendremos ninguna piedad por los antiguos gobernantes, por los antiguos misioneros. Para nosotros el que adora a los negros* está tan «enfermo» como el que los abomina.

* En Piel negra, máscaras blancas [Peau noire, masques blancs, 1952] Fanón utiliza continuamente noir y n égre (y sus derivados) a lo largo del texto. Noir remite al uso neutro de la cualificación derivada del color de la piel, mientras que négre ha conllevado una carga peyorativa vinculada

A la inversa, el negro que quiere blanquear su raza es tan desgraciado como el que predica el odio al blanco.

En lo absoluto, el negro no es más amable que el checo y en verdad se trata de dejar suelto al hombre.

Hace tres años que este libro debiera haberse escrito... Pero entonces las verdades nos quemaban. Hoy pueden ser dichas sin fiebre. Esas verdades no necesitan arrojarse a la cara de los hombres. No quieren entusiasmar. Nosotros desconfiamos del entusiasmo.

Cada vez que lo hemos visto aflorar por algún sitio, anunciaba el fuego, la hambruna, la miseria... También el desprecio por el hombre.

El entusiasmo es el arma por excelencia de los impotentes.

Esos que calientan el hierro para golpearlo inmediatamente. Nosotros querríamos la carcasa del hombre y partir. Quizá llegaríamos a este resultado: al Hombre manteniendo ese fuego por autocombustión.

Al Hombre liberado del trampolín que constituye la resistencia del otro y horadando en su carne para hallar un sentido.

Solamente algunos de los que nos lean adivinarán las dificultades que hemos tenido en la redacción de esta obra.

 

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(Edmond y Jules de Goncourt, Charles Demailly, 1860). Négre también puede referirse a las manifestaciones de la raza o la cultura negras en expresiones más neutras como danse, masque, sculpture négre; en este sentido, pero reivindicando su fuerza y su belleza, fue utilizado por los representantes del movimiento de la négritude, como se desprende de este texto de Aimé Césaire: «Et com m e le m ot soleil est un claquem ent de bailes / et com m e le m ot nuit un taffetas qu’on déchire / le m ot n égre / dru savez-vous / dutonnerre d ’un é té / que s ’arrogent / des libertés incrédules» (Corps perdu, 1949).

 

En castellano no existe una diferenciación semántica para marcar ese uso específico, recogiendo la palabra negro ambos campos semánticos; por esta razón hemos optado por marcar con cursiva la palabra negro cuando Fanón utiliza en francés la palabra négre, indicando así el uso específico de tal opción semántica. No hay que olvidar a la hora de comprender el uso fluido, pero conceptualmente sobredeterminado de estas opciones semánticas que ofrece la lengua francesa por parte de Fanón en Piel negra, máscaras blancas, que además de la profunda crítica antirracista del texto, en esta obra nuestro

autor polemiza tanto con la conceptualización sartreana de la cuestión racial y colonial en clave existencialista y marxistizant -Sartre escribe «Orphée noir» que aparece como prefacio a la A nthologie de la n ou velle p o ésie n égre et m algache (1948), editada por Léopold Sédar Senghor, así como el prólogo de Les dam nés d e la terre (1961), del propio Fanón-, como con el movimiento de la negritud lanzado durante la década de 1930 por Léopold Sédar Senghor (1906-2001), Aimé Césaire (1912-2008) y Léon-Gontran Damas (1912-1978), que reivindicaba un panafricanismo políticamente progresista y culturalmente dignificante para combatir tanto el racismo como el imperialismo occidentales. Para abundar en la delimitación de los campos semántico de estos términos, consúltese Le Trésor de la Langue Frangaise informatisé [http://atilf.atilf.fr/]. [N. delE .]

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En una época en la que la duda escéptica se ha instalado en el mundo, donde, según banda de canallas, no es ya posible discernir el sentido del no sentido, se hace arduo descender a un nivel en el que las categorías de sentido y de no sentido aún no se emplean.

El negro quiere ser blanco. El blanco se empeña en realizar su condición de hombre.

A lo largo de esta obra veremos elaborarse un ensayo de comprensión de la relación negro-blanco.

El blanco está preso en su blancura.

El negro en su negrura.

Intentaremos determinar las tendencias de ese doble narcisismo y las motivaciones a las que remite.

A principio de nuestras reflexiones, nos había parecido inoportuno el explicitar las conclusiones de lo que se va a leer.

La única guía de nuestros esfuerzos es la inquietud por terminar con un círculo vicioso.

Es un hecho: los blancos se consideran superiores a los negros.

Es también un hecho: los negros quieren demostrar a los blancos, cueste lo que cueste, la riqueza de sus pensamientos, la potencia igual de su mente.

¿Cómo salir de ahí?

Hace un momento hemos usado el término de narcisismo. En efecto, pensamos que sólo una interpretación psicoanalítica del problema negro puede revelar las anomalías afectivas responsables del edificio complexual. Trabajamos para una lisis total de este universo mórbido. Consideramos que un individuo ha de tender a asumir el universalismo inherente a la condición humana. Y cuando adelantamos esto, pensamos indiferentemente en hombres como Gobineau o en mujeres como Mayotte Capécia. Pero, para llegar a esta aprehensión, es urgente desembarazarse de una serie de taras, secuelas de la época infantil.

La desgracia del hombre, decía Nietzsche, es el haber sido niño. No obstante, no podemos olvidar, como lo da a entender Charles Odier, que el destino del neurótico sigue estando en sus manos.

Por penosa que nos resulte esta constatación, estamos obligados a hacerla: para el negro no hay más que un destino. Y es blanco.

Antes de abrir el proceso, nos limitaremos a decir algunas cosas. El análisis que vamos a emprender es psicológico. No obstante, para nosotros sigue siendo evidente que la verdadera desalienación del negro implica una toma de conciencia abrupta de las realidades económicas y sociales. Sí hay complejo de inferioridad, éste se produce tras un doble proceso:

- económico, en primer lugar;

- por interiorización o, mejor dicho, por epidermización de esta inferioridad, después.

 

Como reacción contra la tendencia constitucionalista de finales del siglo XIX, Freud, mediante el psicoanálisis, pedía que se tuviera en cuenta el factor individual.

Sustituía una tesis filogenética por la perspectiva ontogenética. Veremos que la alienación del negro no es una cuestión individual. Junto a la filogenia y la ontogenia, la sociogenia. En cierto sentido, para responder al voto de Leconte y Damey1 digamos que de lo que se trata aquí es de un sociodiagnóstico.

¿Cuál es el pronóstico?

 

Pero la sociedad, al contrario que los procesos bioquímicos, no se hurta a la influencia humana. El hombre es eso por lo que la sociedad llega a ser. El pronóstico está entre las manos de los que bien querrían sacudir las raíces carcomidas del edificio.

El negro ha de luchar sobre los dos planos: puesto que, históricamente, se condicionan, toda liberación unilateral es imperfecta, y el peor error sería creer en su dependencia mecánica. Por otra parte, los hechos se oponen a semejante inclinación sistemática. Nosotros lo demostraremos.

 

La realidad, por una vez, reclama una comprensión total. Sobre el plano objetivo tanto como sobre el plano subjetivo, debe aportarse una solución.

Y no merece la pena venir con aires de «cangrejo ermitaño» y proclamar que de lo que se trata es de salvar el alma.

 

No habrá auténtica desalienación más que en la medida en que las cosas, en el sentido más materialista, hayan recuperado su lugar.

Es de buena educación prologar las obras de psicología con un punto de vista metodológico. Vamos a faltar a la costumbre. Dejamos los métodos a los botánicos y los matemáticos. Hay un punto en el que los métodos se reabsorben.

Querríamos situarnos. Trataremos de descubrir las distintas posiciones que adopta el negro frente a la civilización blanca.

No se tratará aquí del «salvaje de la sabana». Para él hay ciertos elementos que aún no tienen peso.

 

Consideramos que, por el hecho de la presentación de las razas blanca y negra, se ha apelmazado un complexus psicoexistencial. Mediante el análisis, nosotros apuntamos a su destrucción.

Muchos negros no se reconocerán en las líneas que siguen.

Paralelamente, tampoco muchos blancos.

Pero el hecho de que yo me sienta ajeno al mundo del esquizofrénico o al del impotente sexual no ataca en nada su realidad.

Las actitudes que me propongo describir son verdaderas. Me las he encontrado un número incalculable de veces.

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1 Maurice Leconte y Alfred Damey, Essai critique des nosographies psychiatriques actuelles, París,  G. Doin et Cíe., 1949.

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En los estudiantes, en los obreros, en los chulos de Pigalle o Marsella, identificaba el mismo componente de agresividad y pasividad.

Esta obra es un estudio clínico. Los que se reconozcan en ella habrán, creo, dado un paso adelante. Yo quiero verdaderamente conducir a mi hermano, negro o blanco, a sacudir lo más enérgicamente posible el lamentable hábito creado por siglos de incomprensión.

La arquitectura del presente trabajo se sitúa en la temporalidad. Todo problema humano pide ser considerado a partir del tiempo. Lo ideal sería que el presente sirviera siempre para construir el porvenir.

Y ese porvenir no es el del cosmos, sino el de mi siglo, de mi país, de mi existencia.

De ninguna manera debo proponerme preparar el mundo que vendrá detrás de mí. Yo pertenezco irreductiblemente a mi época.

Y debo vivir para ella. El porvenir debe ser una construcción sostenida del hombre existente.

Esta edificación se apega al presente en la medida en el que yo planteo este último como algo que sobrepasar.

Los tres primeros capítulos se ocupan del negro moderno. Tomo al negro actual y trato de determinar sus actitudes en el mundo blanco. Los dos últimos se consagran a una tentativa de explicación psicopatológica y filosófica del existir del negro.

El análisis es sobre todo regresivo.

Los capítulos cuarto y quinto se sitúan en un plano esencialmente distinto-.

En el cuarto capítulo critico un trabajo que, en mi opinión, es peligroso. El autor, Octave Mannoni, es, por otra parte, consciente de la ambigüedad de su posición.

Ahí radica quizá uno de los méritos de su testimonio. Ha intentado rendir cuentas de una situación. Nosotros tenemos derecho a declararnos insatisfechos.

Tenemos el deber de mostrarle al autor cuánto nos apartamos de él.

El quinto capítulo, que he titulado «La experiencia vivida del negro», es importante en más de un sentido. Muestra al negro frente a su raza. Se darán cuenta de que no hay nada en común entre el negro de ese capítulo y el que buscaba acostarse con la blanca. En este último volvíamos a ver el deseo de ser blanco. Una sed de venganza, en cualquier caso. Aquí, por el contrario, asistimos a los esfuerzos desesperados de un negro que se empeña en descubrir el sentido de la identidad negra.

La civilización blanca, la cultura europea le han impuesto al negro una desviación existencial. Probaremos en otro lugar que, a menudo, eso que se llama el alma negra es una construcción del blanco.

El negro evolucionado, esclavo del mito negro, espontáneo, cósmico, siente en un momento dado que su raza no le comprende.

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2 Octave Mannoni, Psychologie de la colonísation, París, Seuil, 1950.

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O que él ya no la comprende.

Entonces se felicita y, desarrollando esa diferencia, esa incomprensión, esa disarmonía, encuentra el sentido de su verdadera humanidad. O, más raramente, quiere ser de su pueblo. Y con la rabia en los labios y vértigo en el corazón se adentra en el gran agujero negro. Veremos que esa actitud tan absolutamente bella rechaza la actualidad y el porvenir en nombre de un pasado mítico.

Siendo yo de origen antillano, mis observaciones y conclusiones sólo son válidas para las Antillas, al menos en lo que concierne al negro en su tierra. Se tendría que dedicar un estudio a la explicación de las divergencias que existen entre los antillanos y los africanos. Puede que lo hagamos un día. También puede ser que se vuelva inútil, algo de lo que sólo podríamos congratularnos.

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Tomado de:

http://www.arquitecturadelastransferencias.net/images/bibliografia/fanon-piel-negra-mascaras-blancas.pdf

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