HOMBRE-DIOS Alfredo López Austin.

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El enfoque escéptico.

Hace 90 años uno de los más grandes investigadores del México antiguo, Daniel G. Brinton, se negó a aceptar la historia de Quetzalcóatl como el relato de la vida de un ser humano. Lo que siglos antes había servido para apuntalar la tesis de la avenida de Santo Tomás a tierras americanas -la multi presencia de testimonios, diseminados por buena parte del continente-hizo que el filólogo norteamericano, con un campo de observación que rebasó con mucho los límites de lo que hoy llamamos Mesoamérica, descubriera la existencia de una serie de conceptos religiosos demasiado parecidos.

Hablan de un héroe nacional, civilizador mítico y maestro, que al mismo tiempo era identificado con la deidad suprema y con el creador del mundo. Frecuentemente gemelo o uno de cuatro hermanos, nace de una mujer virgen, o al menos sin necesidad de ser engendrado por contacto sexual. El héroe entra en conflicto con su gemelo o sus hermanos, y al final obtiene el triunfo. El lugar de su nacimiento está asociado con el oriente. No muere, sino desaparece milagrosamente y se cree que habita en el lugar de origen, de donde algún día a devolver. Se le representa como hombre blanco, barbado, de abundante cabellera y ataviado con amplios mantos.

Hacer de Itzamná el Maya, o de Quetzalcóatl, o de Michabo el algokino, o debiera Viracocha el inca seres humanos, sería aceptar vidas demasiado paralelas y llenas de episodios míticos. Éstos y otros más, según Brinton, no son sino personajes que deben ser identificados con las deidades de la luz. La lucha constante -lo que nuestro Quetzalcóatl sostiene con Tezcatlipoca- es sólo la sucesión del día y la noche, de la luz y de la oscuridad. Si en alguna versión Topilzin aparece como hijo de Tezcatlipoca-Camaxtli, se debe a una metáfora demasiado clara: el día proviene de la noche. Su abundante cabellera, la gran barba, de color cercano al rojo, son características de los dioses del alba, rayos de luz que surgen de su cuerpo. Los españoles, blancos y barbados, fueron por eso confundidos por los indios con la gente del viajero divino no sólo en el México central, sino entre los mayas de Yucatán, los musicas de Bogotá y los quichuas del Perú. Quetzalcóatl tiene como fecha de nacimiento Ce ácatl, sino que también sirve para designar la región oriental. Sus nombres son llamados “hijos del sol”, “hijos de las nubes”, “aquellos que corren todo el día sin descansar”, y desaparecen junto con su dios de la luz. Tollan no es sino el Lugar del Sol -nombre sincopado- y, por tanto, un lugar mítico; no es sino el resultado de la tendencia de glorificar los buenos viejos tiempos, y los toltecas mismos, de convertir a los antepasados en divinidades o en hombres extraordinarios.

Pese a la violencia de alguna que otra etimología para acomodar las piezas de su versión, no cabe duda que el trabajo de Brinton es magistral. No sólo marca un importante momento de la historiografía del México prehispánico, sino que plantea una serie de problemas en buena parte vigentes y las bases metodológicas para su solución. Mucho se puede aprender, 90 años después, de todos los intentos de solución del filólogo. Parece que hemos dado la vuelta a la página del siglo con demasiada precipitación, antes de aprovechar buena parte las enseñanzas de este estudioso.

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Tomado del libro HOMBRE-DIOS religión y política en el mundo náhuatl, de Alfredo López Austin. UNAM1973. Pág. 27

 

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